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Linda Montano entra en la sala con la pose de Bob Dylan y un señor con unas enormes alas de mariposa. Linda Montano vuelve a entrar en la sala pero vestida ahora de gallina clueca. Linda Montano nos pone a todos a bailar, a manosearnos, Linda Montano nos toca la cabeza, se inclina ante el público, gira, usa el micro como si fuera un estilete, un falo, una antorcha. Linda Montano es una leyenda del arte del performance y ahora nos muestra un video en el que se reúne con un montón de jóvenes de estética hippy en un frondoso jardín de su casa en los EE.UU.

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La artista que llevó el performance a su más psicodélica expresión deambula vestida de gallina, o de pollo Kiriko, no sabría decir, mientras explica a voz en grito cómo sufrió una horrorosa anorexia que la dejó pesando sólo treinta y seis kilos mientras intentaba convertirse en una devota acólita de la orden de la congregación de hermanas misioneras de Maryknoll (que alcanzó cierta fama cuando varias hermanas fueron asesinadas por los escuadrones de la muerte en El Salvador). De repente, Linda Montano, vestida de Mujer Pollo, me llama y quiere que baile a su lado, pero no con ella.

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Porque Linda Montano, con todos sus excesos, proviene de la más estricta fe católica, de familia medio italiana medio irlandesa, una fe que la fascinó y oprimió a partes iguales hasta que vio en el arte del reto y el absurdo una salida a su delirante creatividad y a su creciente pérdida de fe.

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Su primera actuación se llamó La Mujer Pollo, lo que no deja ninguna duda sobre su objetivo en el proceloso mundo del arte. Su empeño, que raya la testarudez, le ha llevado a grandes y no menos extraños hitos en el mundo de la performance: por ejemplo, fue capaz de estar atada con una cuerda con el también artista taiwanés Tehching Hsieh veinticuatro horas al día durante todo un año. Especialmente celebrado fue su ‘Three day blindfold’, en el que permanecía tres días con los ojos vendados, o el diálogo artístico teológico que mantuvo durante nada menos que tres años en un monasterio zen. ‘El arte no es sólo para ser visto con los ojos’, dice Marina Abramovic, tal vez la artista de este género más universal, ‘debería ser visto con todo el cuerpo también…’. Montano nos lo corrobora: ‘el arte también puede ser paciencia y empatía’ y recuerda entonces que una vez le escribió una carta al mismísimo Papa de Roma para mostrarle su perplejidad sobre la complicada convivencia en una sola persona de la devoción católica y del arte de la performance…

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Sus performances exceden la categoría de actuación cara al público y se convierten en formas de vida temporales que reivindican el arte de lo diario. Otro ejemplo: ‘Siete años de arte viviente’, un periodo que no es precisamente corto y durante el cual vistió exclusivamente prendas monocromáticas, que cambiaba cada año, pasaba un rato al día en una habitación con colores chillones y escuchaba siempre un mismo tono musical que correspondía a su chakra. Con ser una experiencia agotadora, Linda Montano tuvo el coraje suficiente para comenzar su nuevo proyecto: ‘Otros siete años de arte viviente’, en los que no usó color alguno y se dedicó más bien a escuchar el tono de su chakra. Su iniciativa fue tan agotadoramente celebrada que incluso recibía al público en su actuación y comentaba aspectos de su creación.

 Podría seguir con sus ocurrencias, sus locuras o sus genialidades, que cada cual decida lo que quiera, pero sería larguísimo y tan policromado como su eventual monocolor. Su vida, además de ciertamente disparatada, forma una elipse en la que termina volviendo al mismo lugar del que partió: el catolicismo militante. Ahora Linda Montano peregrina a los lugares más sagrados del catolicismo recorriendo todo el mundo y grabando vídeos sobre sus referentes en la fe: el padre James Lebar, conocido por sus exorcismos, Santa Teresa de Ávila o caracterizada como la Madre Teresa de Calcuta. Tal vez por ello yo la encontré en Polonia, donde el papa Juan Pablo II está por todas partes y es, él mismo, dogma de fe…

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Su último show, que dura tres horas, alude a su particular ‘vivo sin vivir en mí’ y combina recuerdos y vivencias en blanco y negro, confesiones que suenan a cierto mientras te acaricia la coronilla y unas extrañísimas interpretaciones en playback de Bob Dylan. Linda Montano, inevitablemente mayor tras una vida dedicada a la persecución de sus límites (con episodios realmente turbadores y otros indudablemente perjudiciales para la salud) pero con una energía envidiable, se despide de su público. De su exiguo público. Porque el arte de Linda no es, precisamente, de masas…

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Aquí podéis conocer algo más de esta extraña artista en esta entrevista:

http://www.artpractical.com/column/women-in-performance-the-new-endurance-of-linda-mary-montano-part-1/