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La gran Caro como la Gran Frida

México es un país tan contradictorio que dos de sus mujeres más famosas vivieron vidas indebidas, vidas guiadas por una extraña luz interior que, además de alumbrarlas, deslumbraban a sus vecinos, espantadas de sus amores, adoloridas por sus males, escapando de sus otros yoes de lejos de sus fronteras y reconocidas como musas locales a regañadientes y cuando ya no hubo más remedio. La primera fue Frida, la Kahlo, la hija del alemán, la loca que pintaba con colores estridentes y avergonzaba a sus vecinos con amores indebidos. La segunda fue Chavela, Isabelita, la costarricense que cantaba la esencia del mexicano con voz bajita y como de hombre, la que tenía amores indecentes. Las dos sufrieron la misma traumática enfermedad que atormentó sus infancias, polio la Vargas, polio la Kahlo, aunque esta última con el añadido de una viga de hierro que la atravesó de parte a parte, las dos se vistieron de hombre en una época y un país poco amigo de extravagancias, la Vargas con pantalones y fumando, la Kahlo subida a un ring, boxeando. Las dos arrastraron su arte por los últimos rincones de sus Méxicos queridos, se codearon con la crème del momento, la Vargas cantando en la boda de la Taylor, la Liz de las películas, la Kahlo reinando sobre el universo surrealista de André Breton. En sus vidas paralelas, la Vargas sólo pudo alcanzar la fama de barrio, la del boca a boca porque las autoridades mexicanas, tan sobrias y dignas ellas, le prohibieron de por vida actuar en la televisión o en los teatros públicos, no fuera a corromper a los muy machos televidentes, la Kahlo aclamada por los suyos sólo después de que la llevara en volandas la crítica internacional que encabezó Picasso y corroboró Kandinski.

La verdadera Frida, y tras ella Diego Ribera, en su Casa Azul de Coyoacán, en el D.F
¡Y de amores! ¿Qué decir de los amores? Si Frida cayó rendida ante el más grande muralista mexicano, el excesivo Diego Rivera, Chavela fue más discreta y se limitó a pasear su colt al cinto para recordarles a todos que ella era la Vargas, la sublimación del pistolero de las películas, la del poncho rojo, la que era tan macho como cualquiera de esos bigotudos que la retaban con la mirada. Si los amores de la Kahlo avergonzaron a sus paisanos, porque no le importaba perderse entre las sábanas de un comunista venido a menos como era Trotsky o unir su entrecejo al pubis de alguna de sus musas, la Vargas arrastró su fama de maricona, como le decían al pasar, sin importarle convencionalismos ni santas gaitas, hundiéndose en el pubis de quien le dio la gana sin que sus nombres tengan por qué sonarnos más allá de la Macorina anónima del momento.
Hace ahora cincuenta y ocho años murió la primera en espantar conciencias, elevada hoy a mito, Frida Kahlo, la artista que pintó sus realidades para olvidar sus sueños. Hace ahora sesenta años, Frida acogió en su casa a Chavela, la maricona del poncho rojo que llevaba pistola y cantaba rancheras con voz de aguardiente. Dice la leyenda que se vieron reflejadas, que se desearon carnalmente, que se enamoraron como dos volcanes y que hasta dejaron cartas de amor. Si iniciaron un romance o el deseo no pasó de brochazos furiosos y letras enfurecidas queda en el mundo de lo incierto. De lo que no cabe duda es de que, seis décadas después, Chavela ha vuelto a ella, a admirar a esa esmirriada que era ‘demasiada mujer para su tamaño’ y que, si el Más Allá merece la pena, Diego Ribera le habrá hecho un espacio entre sus sábanas para que las tristes canciones de la Vargas se iluminen con los alocados colores de la Kahlo.