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Mar de China por Hachero 1

 Allá en el horizonte se esconden las doscientas islas de la discordia. Los vietnamitas las conocen como las islas de las ‘Arenas Largas’ (truong Sa), los chinos les dicen ‘El archipiélago de las Arenas del Sur’ (Naansha Qundao) y los filipinos ‘Islas de la Libertad’, o Kalayaan en tagalo. Los tres países consideran suyas unas islas que en algunos casos ni siquiera sobresalen de las aguas más que unos centímetros (en marea baja). Por si fuera poco, el extraño país de Brunei dice que algunas de esas islas son suyas, como el arrecife Louisa, Malaisia dice que el archipiélago se llama Kepulauan Spratley y lo reclama como suyo, Taiwan afea a los demás tanta ambición y dice que son los auténticos dueños de las Nansha Qundao (como chinos que son utilizan el mismo nombre que Pekín). Desde la isla de Palawan no acierto ni siquiera a intuirlas, a pesar de que la marea baja obliga al mar a retroceder cientos de metros (no exagero: cientos de metros). Pero ahí deben de estar, en el mar del sur de China, islas codiciadas por seis países y un motivo de fricción que puede acabar en un conflicto cuando menos se espere.

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Un extraño mar del que sobresalen islotes que desaparecen y florecen tallos verdes

Entre las Filipinas y Vietnam sobresalen levemente del mar las islas Spratlys, el botín deseado por todos los vecinos del Mar del Sur de China
Cortesía de: http://www.dailymail.co.uk/news/article-2088414/Dispute-oil-rich-islands-South-China-Sea-escalate-state-state-conflict-U-S-admiral-warns.html

Mi primo Joel, que es filipino, se indigna con la polémica: ‘mira el mapa, están al lado de las Filipinas, está claro que son nuestras’, se indigna con gesto adusto y regusto patriótico, ‘¿qué quieren esos chinos?’. Pues esos chinos, y aquellos vietnamitas, y aquellos malaisios, y hasta los taiwaneses y como se llamen los de Brunei quieren lo que quieren todos: petróleo, gas y pesca. Mucho petróleo, mucho más gas y aún más pesca: dicen los expertos que en esas aguas puede habitar una décima parte de la pesca de todo el planeta. Frunzo el ceño y miro el agua incrédulo cuando un alevín de pez espada se asoma para mirarme a su vez.

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Para ponerlo sobre el papel: Brunei reclama el arrecife del sur del archipiélago, las Filipinas ocho islas del conjunto y parte del mar de China, un reclamo este último (el del mar de China) que choca frontalmente con las peticiones de los gobiernos de China, Vietnam y Taiwan. Un mar que para Pekín es de ‘interés estratégico’ y unas islas que, en honor a la verdad, están entre las Filipinas y Vietnam. El periodista y estratega norteamericano Robert D Kaplan encuentra similitudes entre el Caribe y este mar de China, no tanto en su estética (que también) sino en el papel que le permite jugar a una gran potencia. En el caso del Caribe fueron los Estados Unidos quienes lo conquistaron a finales del siglo XIX (a costa de España) y les dio impulso para lanzarse a la conquista del resto del planeta. Si a Washington le importó realmente poco eso de la soberanía nacional y plantó su bandera en Puerto Rico y en otras muchas islas, lo que vino a ser como poner una piscina en su patio trasero… Los chinos, que también leen historia (sobre todo porque tienen más que nadie) tienen ambiciones: sospechen mal y acertarán: eso de la cercanía en un mapa les importa un soberano pimiento. Se trata de geoestrategia, de liderazgo y de recursos energéticos.

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A bordo de una bangka, la típica embarcación de las islas Filipinas, navegando por el mar del sur de China

Y para corroborar el enorme lío y que la fuerza tiene voz y voto en este conflicto internacional, basten estos datos: China ha ocupado por la fuerza ocho arrecifes del conjunto (que suman entre todos menos de una hectárea), Malaisia ha ocupado tres arrecifes y un banco de arena (además de construir una isla artificial), Filipinas tiene ocupadas siete islas, dos arrecifes y un islote, Taiwan posee una isla (la mayor del archipiélago, Itu Aba) y un arrecife, y por último Vietnam ha ocupado siete islas, quince arrecifes y tres bancos de arena. La mayor parte de esas ocupaciones son cayos o islotes sin mucha importancia, sobre todo porque casi todos sólo son visibles cuando baja la marea. El lugar es tan extraño que ni siquiera se sabe el número exacto de islas y los mapas compiten en mostrar puntos que bailan de un plano a otro.

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Visto el archipiélago desde el aire con el google earth se aprecian construcciones levantadas sobre algunas de las remotas islas

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Dice Kaplan en su último libro, ‘Asia’s Cauldron’, que la aspiración de China a esta cadena de islas viene de lejos y que desde el siglo XV al XIX las dinastías Ming y Qing las incluyen en sus planos. Sin embargo, y con un mapa en la mano, los chinos parecen los menos indicados para reclamar nada. Pero la geopolítica y los intereses de una superpotencia en expansión como la china tienen otros razonamientos y aquí impera la fuerza. De hecho los chinos tienen un modo muy peculiar de reclamar las islas: la línea de la lengua de vaca, le dicen,  un mapa que el Kuomintang chino elaboró a mediados de siglo para justificar sus reclamaciones. En el plano, la línea zigzaguea por el mar del sur de China para, casualmente, acaparar todas sus aspiraciones y darles una consistencia de legalidad en una reclamación un tanto errática que, vista sobre el mapa, adopta esa forma: la de una lengua de vaca. Claro que la consistencia es débil, más allá de la fuerza militar de Pekín, y recuerda a la que Kaplan mencionaba antes, la del Caribe, donde no hubo ni siquiera este burdo intento. Los chinos parecen decir: es nuestro y sanseacabó. Los demás protestan, con poca esperanza de conseguir nada más que una mirada de desprecio, y acuden a la armada norteamericana para que les eche un capote y equilibre fuerzas. Pero cada día que pasa los chinos tienen un mayor potencia económico y pronto llegará el día en el que Pekín ocupe tranquilamente las islas sin que nadie le tosa. Todos los aspirantes tendrán que mirar desde el horizonte, rezar para que la superpotencia económica no les hunda sus economías y recordar cuando sus pescadores se paseaban por unas playas que nunca han dejado de ser un paraíso en la tierra (y un infierno cuando soplan esos tifones huracanados y el mar se levanta en maremotos desbocados).

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Kaplan no es el único en intuir tambores de guerra en la zona: Susan George, en su Informe Lugano, considera más que posible un enfrentamiento entre China y Taiwan, por un lado, y con Vietnam y Filipinas, por otra parte, a resultas de estas islas y Miguel García Reyes alude a fuentes rusas para cifrar entre 15.000 y 30.000 millones de barriles de petróleo el yacimiento que esconde el lecho de las Spratlys (ver su libro ‘Estados Unidos, petróleo y geopolítica‘). La literatura es abundante y coincidente en la posibilidad de la guerra y, al tiempo y paradójicamente, en su imposibilidad dada la gran superioridad de China en todos los sentidos. Mientras, los habitantes de Palawan, la tierra firme más cercana a las Spratlys, sobreviven como pueden, ahora un tifón, ahora un terremoto, más tarde el olvido del gobierno. Sus playas son paradisíacas, los turistas tienen para elegir El Nido, al norte de la isla, o el río subterráneo navegable más largo del mundo, además de naturaleza desatada y pesca y anacardos a espuertas, pero sometidos, por tanto, al capricho del turismo internacional, que aquí se ve como un maná y al tiempo como una maldición. Mi prima Carmen me regala, así de pronto, dos kilos de anacardos. ‘Le vendrán bien para el viaje hasta España’, me dice tan fresca que le beso la mano en agradecimiento. Si fallan los turistas, falla la economía de la isla y falla todo…

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Los vietnamitas, volviendo al tema de las Spratlys, dicen que las islas son suyas con algo más de razón que los chinos porque están justo enfrente de sus costas y, además, los franceses las ocuparon durante la colonia de Indochina, por lo que, razonan en Vietnam, es la demostración más palpable de que la isla es nuestra. Para liar la cosa resulta que existen unos escritos del siglo XVII, de la dinastía Nguyen, que las mencionan como propias y se quejan de la falta de agua fresca en esos peñascos repartidos por el mar. Las islas, vistas desde el cielo con el googlemaps, ofrecen bellas estampas de atolones con tonalidades marinas de azules imposibles y sensación de aislamiento absoluto. En algunos casos pueden verse islas donde han construido pistas de aeropuerto tan grandes que duplican la misma longitud del islote, y en otros casos no puede verse absolutamente nada porque la zona está sombreada y se presume que habrá algún tipo de despliegue militar. El petróleo y el gas tienen su importancia pero dicen los expertos que aquí puede encontrarse una décima parte de la pesca de todo el planeta. Tanta es la tensión que los pesqueros chinos navegan acompañados de patrulleras chinas y que no hay semana en la que se produzca alguna fricción que haga temer lo peor a los geoestrategas del sudeste asiático. A ras de suelo no se adivinan esas tensiones y sí un mar de aguas transparentes con extrañas medusas que dormitan en el fondo con la cabeza hundida en la arena…

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Algunos islotes han sufrido remodelaciones que los han dejado irreconocibles, como esta isla filipina Kalaayan, mientras que otras, como la de abajo, aparece sombreada en los mapas, no vaya a verse qué hacen y quiénes…

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Pero si lo que reclaman los vietnamitas parece más coherente que las razones chinas, los filipinos lo rompen con un rápido vistazo al mapa: las islas están a tiro de piedra de Palawan, la isla de mis primos perdidos, el motivo de mi visita a las Filipinas y a Palawan. Claro que también son los más débiles de todos los vecinos, con un gobierno errático y perdido en corruptelas y luchas intestinas contra rebeldes musulmanes y terroristas islámicos radicales, como los que me contó el padre Max en Zamboanga (pincha aquí). Los filipinos tienen verdadera necesidad de acceder a los recursos energéticos y pesqueros de las Spratley pero no parece que sean los que se lleven el gato al agua. Los filipinos, como dije antes, llaman a las islas Kalayaan, que significa Tierra de la Libertad, o Freedomland, despreciando ese nombre tan lioso de Spratly, en homenaje a su supuesto descubridor, un tal Richard Spratley, capitán de un ballenero, y prefieren el nombre que les dio un millonario filipino, Tomás Cloma, que tomó posesión oficialmente en 1956. De hecho las Spratlys están tan cerca de Palawan que los habitantes de las exiguas islas van a Puerto Princesa para avituallarse y hasta el alcalde de Pagasa, uno de esos islotes, vive allí porque los tifones y las olas le impiden residir permanentemente en su hogar. Entre los filipinos la impresión es de que les han robado en sus propias narices y que no pueden hacer nada por evitarlo. Es más: tienen miedo de que les invadan Palawan y están convencidos de que, antes o después, ocurrirá. No tranquiliza saber que incluso los matones de Abu Sayyaf han sido capaces de atacar hoteles en esta estupenda isla y de trasladar a los rehenes al archipiélago de las Jolo y las islas Sulu, que no están precisamente cerca…

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Los taiwaneses también aspiran a pillar cacho. De momento tienen 140 hombres, según asegura Kaplan, en Itu Aba, la mayor de las Spratlys, y como buenos chinos que son, pero isleños, utilizan los mismos argumentos que sus acérrimos enemigos de Pekín. Las islas son nuestras y se acabó, y las razones se solapan con las de los chinos porque, no olvidemos, son los mismos chinos que los del continente, aunque en una isla desde que Mao Zedong expulsó a Chan Kai Shek a lo que hoy es Taiwan.

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La aspiración malaisia es más reciente y hay que remontarse a 1979 cuando Kuala Lumpur pareció caer en que perdía el paso si no reclamaba algo de este embrollo. Y qué decir de Brunei, que reclama como suyas dos arrecifes que están más cerca de Vietnam que de sus remotas costas. Pareciera como que el que no llora no mama en esta región. Y mientras mis primos le hincan el diente a un gran cangrejo que aquí llaman algo así como ‘Cucracho’, asisto atónito al vaciado de la marea.

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La marea baja en Palawan y parece que el agua huya de los humanos. Intento llegar a la orilla pero está tan lejos que me canso de andar y me siento en un charco a observar cómo los lugareños revuelven la arena en busca de mariscos. Sacan esponjas, cangrejitos, pequeños crustáceos y pienso entonces cómo en ese justo instante alguien en la gaditana playa de la Caleta hace exactamente eso mismo. Pero la marea aquí baja una barbaridad, si trasladara la proporción a Cádiz creo que podría andar desde el castillo de Santa Catalina hasta la mismísima base de Rota sin mojarme los pies. No me extraña entonces que haya tantos islotes que sólo asoman con marea baja. La marea baja aquí es realmente baja… Joel me observa divertido y recuerda que algunos de los islotes en disputa no son otra cosa que producto de la marea baja.

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Por si fuera poco el nivel de tensión que generan esas islas dispersas, las Spratly tienen una historia añadida que les confiere un puntito de marihuanero pasado de rosca. En 1914 un británico llamado James George Meads tomó posesión de algunas islitas, se nombró a sí mismo rey James I y estableció el que llamó Reino de la Humanidad, un reino efímero que desapareció durante la segunda guerra mundial, cuando los japoneses ejecutaron a la guardia real y pusieron a la fuga al heredero, el supuesto rey Franklin I. En 1959 un alemán oriental, Christopher Schneider, fundó la República de Morac Songreti Meads, un reino rival del de la Humanidad, aunque un tifón se lo llevó por delante y murió a principios de los setenta. (Aquí puedes encontrar información sobre la rivalidad de estos dos reinos) . Un lugar apto para orates de la otra parte del mundo que sufran accesos monárquicos y autoritarios de islote. Abandono Palawan sin poder pisar ninguno de los islotes, hacen falta muchos días para embarcarse en un pesquero o varios permisos para sobrevolarlos y no tengo más tiempo. La próxima vez será…

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