En el muro de la revolución que desemboca en la plaza Al Solh alguien ha pintado el motivo de todo este lío: una captura de whatsapp. No es cualquier muro ni es cualquier whatsapp. La captura es irónica, claro, falsa, con matices, amarga, en el fondo. Los integrantes del gobierno de Saad Hariri discuten en un grupo llamado Líbano en ambiente de mucha guasa sobre un nuevo incremento de impuestos: esta vez veinte céntimos de dólar por cada llamada de whatsapp. Le contesta Gebran Bassil, el presidente del Movimiento Patriótico Libre, ‘¡bien jugado, hermano!’. Nabih Berri, presidente del parlamento libanés, y cabeza visible del movimiento chiíta Amal, también interviene, ‘no olvides mi parte’, le dice. De pronto alguien entra en el grupo y comienza a expulsar a los integrantes: echa a Hariri, fulmina a Bassil y a Berri y termina por cambiar el nombre del chat. Ahora se llama Líbano 2…

Las gotas saltaron el vaso y llenaron las calles de gritos de revolución, gente variopinta y música

Transcurre un mundo entre la última gota posible en un vaso y la primera que arrastra las demás en un desbordamiento de cascada. Un mundo o muy poco, según se vea. La conversación del whatsapp resume, a los ojos irónicos de su autor, la infinita voracidad de los políticos libaneses, su eterna necesidad de más dinero para sus altos sueldos, para repartir entre amigotes y parientes, en rocambolescos equilibrios que mantengan calmos los numerosos grupos religiosos del país (que tienen asignados 128 escaños fijos en el parlamento, hagan lo que hagan, a repartir a medias entre musulmanes y cristianos, a saber, desde católicos maronitas a católicos melkitas pasando por ortodoxos griegos y cristianos armenios, frente a los musulmanes suníes pero también chiítas, aluítas y drusos, sean los drusos lo que sean…). ‘Somos una ensalada’, me dice una chica que golpea una pared con una cacerolita, ‘pero una ensalada que está harta de que le roben el aceite y la sal’. ‘No son políticos, son comisionistas’, me dice su compañera, ‘nosotros les pagamos esas villas de lujos, esos apartamentos de extralujo, esa inmensa colección de coches de alta gama’.

Así que cuando el 17 de octubre se conoció que el gobierno pensaba cobrar veinte céntimos de dólar por cada llamada de whatsapp el espíritu de todo libanés sintió que ya no cabía en el vaso y que arrastraba, o que se sentía arrastrado, otras muchas gotas. De repente la callada indignación por la subida del impuesto a las gasolinas se hizo estentórea, de pronto la subida del precio del pan se hizo insoportable, los repetidos cortes de luz alcanzaron la categoría de inaceptables, la apropiación de los mejores lugares de la costa para chiringuitos de uso exclusivo de las elites se convirtió en afrenta criminal. Los periodistas cayeron entonces en que la libertad de prensa no existía, los doctores salieron con sus batas blancas para exigir mejores equipos y sueldos, los desempleados gritaron la miseria de sus vidas, los estudiantes dejaron las aulas. La gota del whatsapp era demasiado gruesa y arrastró tras de sí todo el contenido del vaso. El vaso estaba ahora medio vacío y las calles llenas.

La plaza de los Mártires de Beirut es el centro de una revolución que tiene algo de jolgorio mientras mira de reojo el futuro porque esto no deja de ser el Líbano y el pasado pesa…

Un señor muy serio eleva una linterna volante al cielo en la plaza de los Mártires de Beirut: ‘que con ella se vayan también los políticos’, me dice ceñudo mientras la linterna asciende lentamente rumbo a la mezquita Mohammed Al Amin. ‘No era solo el whatsapp’, me comenta un joven a su lado, ‘también querían ponerles impuestos al Messenger de Facebook y al facetime… necesitarían más dinero para sus porsches…’. ‘No creo que lleguemos muy lejos’, me dice Bruna, una chica bien que se acerca a las manifestaciones ‘porque me coge de camino’. ‘Somos perezosos, cualquier día la gente se aburrirá y dejará de venir’, me predice, ‘aunque tienen razón en todo lo que piden’. Y esa es la tónica general: todos están de acuerdo en las exigencias, la revolución que inunda calles y plazas de gente gritona tiene un consenso muy grande: los políticos son los culpables y deben irse porque han robado a manos llenas y el dinero del libanés no se ha invertido en mejorar las cañerías, la red eléctrica, las carreteras, sino en un latrocinio convertido ya en habitual.

Porque el gobierno libanés ha robado tanto, dicen, que ahora no puede afrontar el pago de una deuda pública de 86.000 millones de dólares, el 150% de su PIB. ¿Y dónde está el dinero de nuestros impuestos? Caras de póker en el parlamento y brillantes ideas: si tasamos las llamadas de internet podemos exprimir unos doscientos cincuenta millones de dólares anuales, si bajamos las pensiones y subimos los impuestos, si retiramos beneficios a los militares jubilados… La lista de condicionales prendió la mecha de la indignación, la que explota un día sin saber por qué y ya no hay manera de apagarla, la que te echa a la calle y no te aparta del asfalto. De repente los musulmanes de a pie gritaban consignas con los cristianos de a pie, señoras emperifolladas con sus calurosos chadores ondean banderas junto a chicas cristianas de ropa ceñida, los niños se envuelven en la enseña nacional, todos juntos cantan muy serios y con el brazo estirado el himno del país. Hay jubilados que marchan rumbo a las inmediaciones del parlamento, una columna de sindicalistas desfila por una autopista y saluda a los refugiados sirios que viven en el interior de un edificio a medio construir (o a medio destruir, quién sabe), los militares contemplan la thawra con guasa porque sus hermanos, sus primos, sus novias están por ahí, entre el gentío.

Manifestación de periodistas pidiendo libertad de prensa
La sociedad civil se moviliza por cambiarlo todo
Los médicos dicen que están hartos

El gobierno del primer ministro Saad Hariri comenzó a sudar tinta china porque, quiera o no, tenia que perfilar unos presupuestos para 2020 y el dinero tiene que salir de alguna parte. No de cualquier parte sino de alguna parte, de una parte muy concreta. Porque los gerifaltes, anclados en sus particulares usos y costumbres, no pensaron en renunciar a algún privilegio. ¡Antes muerta que sencilla! No pensaron en reconocer el saqueo, en pedir disculpas, en devolver siquiera una parte de lo usurpado. Y mucho menos pensaron en marcharse. ¡Cómo renunciar!. Pero sin presupuestos no hay modo de acceder a los 11.000 millones de dólares concedidos por la comunidad internacional para hacer funcionar un país cercano al colapso y reformar, como objetivo prioritario, un sistema económico arcaico y en declive. Hariri prometió entonces el oro y el moro, bajadas de impuestos donde antes prometía subidas, reducir el sueldo de los altos cargos donde antes solo había aumentos, eliminar ministerios inútiles para evitar gastos superfluos. Pero no cayó en la cuenta de que él mismo era un problema para sus ya no tan queridos súbditos, que lo veían no como mandatario sino como hijo de otro mandamás y miembro de una casta que vivía muy bien subida en sus cargos y prebendas. No en vano su padre fue Rafik Hariri, asesinado en 2005 por un comando de Hezbollah que hizo volar su coche con una bomba que indignó, y sacó a la calle también, a medio país.

Saad Hariri, el hijo, repetía como primer ministro por segunda vez, o incluso por tercera si tenemos en cuenta un extraño incidente ocurrido en 2017, cuando apareció en Arabia Saudí anunciando su dimisión por miedo a un atentado de Hezbollah para poco después desdecirse de su dimisión y volver como primer ministro al servicio, dicen las malas lenguas, de los saudíes, que llegaron a torturarlo (eso dicen…). De Hariri dicen que es la fortuna número 59 del mundo, con más de dos mil millones de dólares en sus cuentas bancarias. ¡Un apellido millonario como la copa de un pino instalado desde hace décadas en el poder perfilando impuestos que sus ciudadanos ven como una afrenta! ¡Y peor aún son sus camaradas de gobierno, nombres presentes en la alta política libanesa desde la guerra civil, muchos de ellos al frente de milicias armadas entonces! 

El cielo de Beirut se pinta de puntitos luminosos y me pregunto dónde caerán

En las calles no solo vuelan linternas: han colocado lucecitas en las patas de un grupo de palomas y parece que una invasión alienígena se cierna sobre la noche beirutí. Un muchacho trepa sobre un poste de la luz y ofrece una magnífica postal con su bandera desplegada. Porque en la protesta, que no sé yo lo que tendrá de desorganizada, no hay más símbolos que la bandera nacional. Y el himno patrio. Dicen que Samir Geagea, el cristiano maronita que encabeza Fuerzas Libanesas está encantado con el momento y trata de aprovechar el viento a su favor, pero más allá del grafiti en el que sale del grupo de los políticos ladroncetes no hay signos de su formación. Tampoco el druso Waid Jumblat, del Partido Socialista Progresivo, se deja ver más allá de pedir calma y contención tras la muerte del último mártir de la Thawra, Alaa, precisamente un miembro de su partido asesinado por un soldado que se lio a tiros con los manifestantes que cortaban una carretera en Beirut. ‘Pudo ser cualquiera’, dijo en un intento de evitar que el buen rollo dé paso a una indignación caldeada que podría ser suicida.

Los manifestantes se convocan a través de una web relacionada con esta cuenta de Instagram. Todas las noches lanzan su programa para el día siguiente: por favor, acérquense a la plaza de los Mártires para recoger la basura, por favor, interésense por la charla sobre la resolución de los problemas económicos en la plaza de los Mártires, por favor, necesitamos sangre para un herido en una autopista del norte. Leo una que me interesa: acampada a las puertas de la empresa nacional de la electricidad. Y allí están: sentados en el suelo, y bajo la atenta mirada de unos militares con caras de aburridos, una buena cantidad de jóvenes escucha la arenga de un señor con barba.

Manifestantes acampan a las puertas de la empresa nacional de electricidad

‘Nunca se arreglará el problema si los que deben hacerlo son rehenes de la mafia del motor’, dice entre miradas de aprobación. ¿Quién es la mafia del motor?, pregunto a una chica alta, muy alta. ‘Los dueños de los generadores eléctricos privados’, me dice, ‘no van a permitir que el sistema eléctrico funcione bien porque se han hecho ricos con los cortes de luz’. ¡No sé si llorar o reír! No hay libanés que no sufra esos cortes, muchas veces microcortes que no obstante obligan a reiniciarse a todos los cachivaches: sobre todo internet, que es lo que más cabrea a los jóvenes. ‘Y la lavadora, el frigorífico, el ascensor, la televisión…’, me enumera desde el suelo un chaval con pinta de empollón.

Sentada ante la empresa nacional de electricidad: de repente, como si fuera una venganza de los gerifaltes, se fue la luz unos segundos…

Sí, pienso, pero con una generación tan enganchada a nivel mundial a las redes ya es jodido saber que pagas por un servicio patatero como para encima ver que el gobierno te quiere incluso gravar el whatsapp: tal vez el gobierno libanés deba servir de ejemplo a todos los demás gobiernos del mundo: no toquéis internet a los jóvenes que os va el cargo en ello… La mafia del motor genera unos mil millones de euros anuales porque el gobierno programa cortes eléctricos ante la incapacidad de mantener permanentemente el servicio y ahí aparecen los generadores, cubriendo lo que el gobierno no termina de cubrir. Los generadores privados abastecen de luz las tres horas que se corta la luz en Beirut, por ejemplo, y cuyos inicios y finales se sienten en esos microcortes. Con ser desesperante peor aún es a final de mes, cuando te llegan dos facturas, la oficial y la de la mentada mafia. El que puede las paga, el que no, se queda sin luz. Si el edificio está compuesto de gente sin muchos recursos, toca subir las escaleras porque el ascensor, si lo hubiera, está dormido. ¿Resultado? Robo de luz, cables empalmados, fusibles manipulados para que la compañía estatal, la que no puede asegurar el suministro, incremente su deuda con electricidad robada que nadie paga. ‘Pero los que pagamos no la recibimos bien’, dice el empollón nuevamente, ‘por lo que hay que pagar doble’. ‘Mi familia también paga dos facturas de agua’, dice otro muchacho ante mi horror. ¡¡Un país de facturas dobles por servicios dudosos!!

‘Por eso no queremos que cambie el gobierno, queremos que se vayan todos los políticos y les sustituyan tecnócratas que den un cambio de rumbo fuera de sectarismos y corrupciones’. Me dice eso un tal Bimal, que agarrado a un micrófono maravillaba a un amplio público en un tenderete a los pies del edificio conocido como El Huevo. ‘¿Quién los va a sustituir, sus primos, sobrinos, hermanos?’, Bimal se desfigura de la indignación, ‘Por otra parte Hezbollah tiene demasiado poder y ve peligrar sus privilegios obtenidos a lo largo de muchos años, Aoun (el presidente del país) y Basri son sus hombres y no van a permitir que se queden fuera del juego’. Entonces Bimal me enseña unas fotos en su móvil de unas mujeres con caras de susto. ‘Ese día vinieron los matones de Hezbollah y Amal dando porrazos a todo el mundo y con una ristra de bulldogs que atacaban a la gente’. ¿Bulldogs? Entiendo la cara de susto de las mujeres, de horror más bien.

Y aún así, Hariri, el primer ministro, decidió dimitir el 29 de octubre. Pero para nada porque el gobierno no se pone de acuerdo en quién poner mientras que la gente en las calles se acostumbra a manifestaciones diarias y piensa continuar mientras no se vayan todos. Pero si se van todos, ¿quién viene? ‘Alguien que nos evite tener un país tan pequeño en lo geográfico como grande en lo diverso’, me dice Bruna. ¿Grande en lo diverso? ¡¡Pues claro!! Los chiítas tienen sus propias escuelas y universidades, hospitales y medios de comunicación, los sunitas también, y los maronitas, por no ser menos, también, y hasta los drusos y los melkitas. Cinco realidades en una nación que equivale a la provincia de Huelva en extensión. Y los chiítas de Hezbollah son los que ahora tienen menos interés en que la cosa cambie porque llevan años exigiendo un hueco que peligra ahora que lo han conseguido. Han organizado una red de ayudas sociales y de educación que ahora puede desmoronarse por un whatsapp y unos jovenzuelos gritando en la calle. ¡Antes muerta que sencilla! Sus partidarios han agredido a manifestantes, y periodistas, en Beirut y amenazan con ráfagas de metralleta al aire a los pocos valientes que se atreven a salir a las calles en bastiones chiítas como Baalbek. Pero me cuentan que muchos simpatizantes de Hezbollah comienzan a romper la disciplina ideológica porque ‘también sufren los cortes de luz, la corrupción, el desempleo…’. Vamos, que son humanos que sufren y padecen porque Hezbollah no está fuera del Líbano y sufre sus mismas desdichas aderezadas además con el corte de subvenciones procedentes de Irán, sometido a su vez al bloqueo norteamericano.

En la plaza de la Estrella se ha establecido un campamento con varias tiendas de campaña donde se suceden charlas sobre economía, sociedad, política, cómo cambiar el país, cómo mejorarlo…

En la plaza de los Mártires de Beirut una multitud enciende y apaga móviles al ritmo del maestro de ceremonias del escenario. Un grito unánime resuena: thawra, thawra, thawra. O revolución. ‘Al final no pasará nada’, me dice Carla, una mezcla de libanés y brasileña decepcionada con todo: ‘somos libaneses, se nos pasará la emoción de los primeros días y todo seguirá igual, como ha sido siempre’. Pero la revolución ya ha cumplido un mes y la gente sigue llenando las calles. Las gotas del vaso indignado amenazan con formar un charco persistente, de esos que no se van. Me uno a la ola de móviles indignados y grito, yo también, thawra. O zaura. Revolución, en todo caso…