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En las montañas de Mleeta, apenas a veinte kilómetros de la frontera del Líbano con Israel, se levanta el último delirio de Hezbollah. Tanques al revés, soldados de mentira camuflados en la maleza, cañones anudados para que no puedan disparar. Es el ‘Museo de la Resistencia’, un fastuoso recuerdo de los años de la guerra, financiado con dinero iraní, que en su primer mes recibió la visita de casi trescientas mil musulmanes venidos de todo el mundo.
‘El Abismo’, museo de Mleeta

Por ejemplo, Khalil, que vive en Colombia pero aprovecha sus vacaciones en el Líbano para enseñar a su hija quién es el enemigo. Pasea por la ladera de la montaña que sirvió de base a los guerrilleros de Hezbollah durante los años de la guerra mostrándole las cañones y los fusiles dispuestos como si estuvieran en un museo, tras una cinta y con su correspondiente panel explicativo en árabe y en inglés. ‘Este museo es la prueba de que los musulmanes llegaremos a Tel Aviv’. Khalil sigue los pasos de miles de musulmanes venidos de todos los rincones del mundo, sobre todo del islámico.

Abú Abdalá, guía de Hezbollah, comenta que al día reciben casi diez mil visitas, lo que convierte al museo de la Resistencia en el más frecuentado del Líbano, aunque los datos son incontrastables. Mientras tanto, las fabulosas ruinas de Tiro se calientan al sol apenas visitadas por algún turista occidental despistado y el fabuloso museo arqueológico de Beirut languidece con un goteo incesante pero insuficiente de visitas. Lo cierto es que el recinto de Mleeta registra un ajetreo continuo, con autobuses repletos que aparcan en una explanada preparada para recibir a miles de turistas. ¿Vienen extranjeros? ‘Claro, sobre todo de Bahrein y Kuwait, pero también de Arabia Saudí, de Omán, de Irán…’. Desde que abrió sus puertas el 25 de mayo de 2010, el Museo de la Resistencia se ha convertido en la última provocación de Hezbollah, una aspiración justa, aseguran, para recordar cómo plantaron cara al ejército más poderoso de la zona. Israel, en cambio, lo califica de parque temático y ya lo llaman, no sin desprecio, ‘Hezbolandia’.

En la antigua ciudad fenicia de Tiro, jalonadas sus carreteras por las banderas amarillas de Hezbollah y salpicadas por frecuentes controles del ejército libanés y por fuerzas de la ONU, no es difícil, sin embargo, encontrar un tour turístico preparado por los chiítas. En Tiro el recuerdo de la guerra es ineludible, las carreteras abolladas por bombardeos no tan lejanos, los tanques de la ONU en cada cruce, el cementerio plagado de tumbas de combatientes libaneses que cayeron en su lucha contra el invasor israelí.

Tumba de un combatiente libanés muerto en Mleeta: la lápida lleva el distintivo de Hezbollah

Contratamos el viaje en una tienda de discos donde nos hacen hueco en un minibús en el que viajan otros ocho entusiastas del grupo considerado en occidente como terrorista. No es difícil encontrar estos touroperadores: sólo hay que seguir el rastro de banderas amarillas, las de Hezbollah, presentes casi que en cada farola y poste de la luz en el sur del Líbano. En el interior del vehículo flota un ambiente de fervor místico. En un desvencijado radiocasete retumba la voz de Hassan Nasrallah, el fogoso líder del Partido de Dios, parece rapear algo parecido a una canción de hip hop. ‘Mi padre ha hecho el editado con discursos grabados de la radio’, comenta orgulloso mi vecino de asiento, Rachid, un joven de diecisiete años que traduce al líder del Partido de Dios: ‘pronto llegaremos a Israel y los sionistas tendrán que abandonar sus casas de Tel Aviv’. Todos ríen, hay quien mira por la ventanilla recordando los años de la ocupación, quién sabe si batallas pasadas, años de combates y privaciones, convencidos de volver ya a lo que siguen llamando Palestina. Mientras el minibús avanza a duras penas por empinadas cuestas, atravesando ciudades en las que los rostros de los mártires ondean en faroles y árboles, otros vehículos, privados y públicos, se dirigen también al museo de las montañas. La costa queda muy atrás, separada por el valle de la Bekaa, el calor de la playa da paso al frío de las alturas, parece como si nos encaminarámos a una feria…

Tienda de Cds donde comienza nuestro viaje turístico al museo de Hezbollah

 

Confieso que esperábamos algo sencillo, alguna muestra de material incautado a las tropas israelíes y un breve túnel excavado en la tierra. La llegada me despeja dudas: los chiítas han invertido una fortuna, alrededor de tres millones de dólares, y lo han hecho por todo lo alto. La explanada de aparcamientos es enorme y un sinfín de familias deambula por ella. La entrada es apoteósica, en línea al gusto local: un gran arco de cemento a medio acabar, con andamios y cintas de prohibido el paso, saluda al visitante. A dólar y medio la entrada, Hezbollah desechó la idea de la entrada gratis para que, según ellos mismos, ‘no se convirtiera en una feria’. Y sin embargo, tiene algo de eso: parece un parque temático, con la entrada inmaculada, una avenida que atraviesa edificios nuevos y modernos, cuidadas fuentes y jardines, una tienda de recuerdos, la cafetería, la inevitable sala de oraciones, dispensadores gratuitos de agua fría en cada esquina…

El museo comienza en lo que denominan ‘El Abismo’, una gran superficie surcada por un sendero que zigzaguea por el talud hasta desembocar a ras de suelo. Y en ese suelo, una extraña sucesión de material bélico: tanques al revés, cañones retorcidos, cientos de cascos israelíes, botas, morteros fundidos con la pared, cohetes Katiusha, misiles iraníes Raad 1…

‘La red

Abú Abdalá, nuestro guía de Hezbollah, nos explica cada detalle. El museo abrió sus puertas al 25 de mayo, décimo aniversario de la retirada de las tropas israelíes del sur del Líbano, ocupa sesenta mil metros cuadrados, de los que casi cinco mil son construcciones, participaron más de cien arquitectos e ingenieros e incluso en cada proyectil colocado aparentemente sin sentido existe una intención. Un muro con caracteres hebreos simboliza el progresivo encierro que sufren los sionistas en todo el mundo, desgrana Abú Abdalá, ese tanque al revés rodeado de una red alude a la telaraña en la que envolvieron al ejército israelí en la guerra de 2006, aquel cañón retorcido representa a una fuerza de ocupación que no volverá a disparar. En Israel denominan a este lugar Hezbolandia, le decimos al guía. La broma no le hace gracia. ‘Sí, está la guerra, pero hay otras muchas formas de luchar, está la cultura, está internet… para Hezbollah los medios de comunicación son algo muy importante y con este museo queremos que se conozca nuestra causa, sobre todo entre las nuevas generaciones…’

Y sobre todo nuevas generaciones son las que pululan por entre los restos de la guerra. Sí, por este enclave pasaron unos 7.000 guerrilleros durante los años de la ocupación, de los que más de 1.300 perdieron la vida, en cada rincón hay una placa que recuerda a un mártir caído en combate, pero sobre todo hoy es un parque a disposición de los jóvenes. Sobre aquel tanque se encarama un niño vestido de guerrillero que mira curioso dentro del cañón. En aquel mortero se fotografía un grupo de niñas tocadas con hiyab. Un padre salta la cinta protectora con su hijo para enseñarle el manejo de una ametralladora de nido. Hezbollah parece haber encontrado un nuevo filón en su lucha por Palestina.

Desde la última guerra, en 2006, no ha vuelto a salir un misil disparado desde el sur del Líbano: si acaso piedras desde la Puerta de Fátima, construida justo encima de la línea fronteriza y a la que acuden turistas libaneses para descargar su ira contra el vecino judío. El propio Nasrallah, el escurridizo dirigente de Hezbollah, afirmó que de haber sabido la guerra a la que tuvo que hacer frente, se hubiera pensado mejor eso de tirar misiles. Sin embargo, aunque el discurso permanece agresivo, forma parte de un cuidado atrezzo. Israel sospecha que la guerrilla chiíta se está rearmando con material enviado desde Siria pero los dirigentes de Hezbollah se limitan a dejar en suspenso cualquier noticia amenazante y a mostrar cómo sus hombres lucharon con armas que parecen de juguete.

Su poder en el Líbano es innegable, patrullan, cortan calles y se imponen a los soldados libaneses dejando claro quién manda en el país. En Beirut nos topamos con el entierro de uno de los líderes de la organización chiíta, de Hezbollah, una auténtica marea humana ha tomado las calles, los muchachos del ‘Partido de Dios’, vestidos de riguroso negro, ocupan las posiciones estratégicas, están sobre un puente, en las terrazas, asomados a los balcones, todo el operativo tiene algo de cutre pero, al mismo tiempo, de extraordinario: demuestran ser una organización con todas las palabras, capaces de poner en jaque al mismísimo ejército de Israel. La marea humana crece y crece hasta que aparece el vehículo con los restos del jeque Mohammed Hussein Fadlallah, uno de los máximos dirigentes de Hezbollah. El coche está a punto de reventar, aplastado por guardaespaldas histéricos que dan voces a diestro y siniestro. Las mujeres se golpean la cabeza, los hombres lloran, de la multitud surgen manos con teléfonos móviles que captan el momento… ¿no está prohibida la imagen en el Islam?… me pregunto sin saber si esto tiene que ver con una demostración religiosa o tiene más de folklore… En medio de la muchedumbre se abre paso un cortejo de personajes importantes: es la plana mayor de Hezbollah, vienen a mostrar su respeto al que ha sido líder espiritual durante 50 años escoltados por agresivos guardaespaldas que les abren paso.

Fadlallah

Fadlallah había sobrevivido en su existencia incluso a un coche bomba que asesinó a ochenta personas y a un ataque con misiles israelíes que reventó su casa cuando se encontraba fuera. Entre los suyos se le veía como un líder que insistía en la educación como modo de elevar la dignidad de su pueblo y con una mirada relativamente progresiva con las mujeres. Claro que los judíos recuerdan que este hombre tan liberal negó el Holocausto y fue uno de los máximos oponentes a la existencia del estado de Israel.

Una organización, Hezbollah, que ahora, además, se presentan como empresarios turísticos que manejan hábilmente las emociones de los miles de visitantes de sus enclaves, el principal de ellos: las montañas de Mleeta.

Seguimos el trayecto por Mleeta esquivando a las familias que se arremolinan junto a los tanques haciendo fotos. El circuito desciende por un camino allanado por la ladera de la montaña. ‘Aquí cayó Said Madi, el hijo de Nasrallah’, señala Abú Abdalá, ‘sólo tenía veinte años’. Entre la maleza, maniquíes vestidos de guerrilleros, una motocicleta, un cañón, minas asomando entre el follaje, rocas de cartón piedra bajo las que se escondían los guerrilleros, todo con su panel explicativo en árabe e inglés. ‘Ese es el retrato de Sayyid Abbas Al Musawî, el secretario general de Hizbollah caído en combate en 1992, ahí se sentaba a rezar para pedir la victoria. Dos metralletas, un Corán y un morral de camuflaje rinden culto al primer jefazo del grupo chiíta, y una multitud de niños se agolpa a sus pies como si alcanzaran una meta largo tiempo soñada. Entre el grupito que admira las reliquias, una eslava búlgara, tocada con hiyab. ‘Ya le dije que las visitas son de todo el mundo’, asegura satisfecho Abú Abdalá.

Por fin llegamos a la entrada de la caverna. Escondida entre la maleza, los turistas luchan por entrar en su interior. Un guardia de seguridad mantiene el orden: ‘sólo pueden pasar quince’. Contamos, nos cuentan, y entramos. Una abuela, tocada con velo integral, da palmas al aire, sofocada: ‘es el azúcar’, dice, pero ante la insistencia de que tome asiento ella responde, ‘los muchachos no descansaron por nosotros, yo tengo que seguir por su memoria’. Otra mujer llora bajo su chador mientras contempla los cuartuchos que habitaban los integrantes de Hezbollah. Durante tres años más de mil hombres se dieron el relevo para cavar trescientos cincuenta metros de túnel, de los que apenas nos dejan ver sesenta. Un trabajo gigantesco que extrajo del interior de la montaña mil toneladas de roca y arena.

La visita desemboca en un mirador desde el que se ve Israel. ‘Israel no, Palestina’, corrige Abú mientras muestra el infinito a los pies de la montaña. Tres niños vestidos de guerrilleros juegan con metralletas de plástico. ‘Me preparo para defender a los niños del Líbano contra el ejército de Israel’, asegura una niña bajo la sonrisa protectora de su madre.

El fervor que muchos traían en el bolsillo aflora fácil tras el breve paseo por el recuerdo de los años de guerras que han dejado al Líbano exhausto y permanentemente asustado. En los rostros de muchos visitantes se dibuja una sombra, una admiración a los que lucharon por ellos aquí, un rencor que ha encontrado alimento en la visita y en la habilidad de Hezbollah. Un rencor, por cierto, que permanece vivo gracias a los miles de minas antipersonas enterradas en el sur del Líbano, a los permanentes cortes de luz, de agua, a los pueblos que el ejército israelí borró del mapa en su huida…

 

La visita termina en otro museo, éste cubierto, adornado con urnas de cristal y un pozo en el que descansan máscaras antigás, camillas, cananas y maletines de munición. En la pared, un inquietante mapa con las coordenadas de cada ciudad y punto crucial del vecino del sur. ‘Nasrallah contesta así a la amenaza del gobierno sionista de que en cualquier momento pueden volar el aeropuerto de Beirut: si lo hacen, con sólo apretar un botón volarán misiles a cada ciudad de Israel’. No sabemos si considerarlo una bravata o una amenaza en serio. Lo único cierto es que Hezbollah ha encontrado un nuevo modo de lucha: convertir el hastío acumulado durante décadas de los musulmanes de oriente medio en un parque temático para subir el fervor de sus simpatizantes. A las banderas amarillas que se pueden comprar en cualquier tienda se une la venta de camisetas, tazas, bandejas para el té y llaveros con el logotipo de Hezbollah, y hasta viajes emocionales a los tiempos más duros de la guerra. En el minibús de vuelta a Tiro, los turistas viajan en silencio. Miran por la ventanilla, intentan asumir el mensaje de Hezbollah, el rencor masticado y digerido contra el odiado Israel. Perdón, Palestina. Cada día, cerca de diez mil personas vuelven a sus hogares con una sensación parecida. Tel Aviv se enfrenta ahora a un desafío colosal: su peor enemigo convertido en una especie de Mickey Mouse que crea parques temáticos a pocos kilómetros de su frontera y convierte la frustración en la convicción de que nada es imposible.