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Dicen las más limpias crónicas de la Antigüedad que el jabón más puro del mundo podía encontrarse en la muchas veces milenaria ciudad de Alepo. Que se elaboraba en las fábricas de Bab el Quinnasrin con aceite de oliva y que le añadían aceite de laurel, hidróxido de sodio y agua pura de manantial. Resultaba así una pasta que reunía las propiedades hidratantes y suavizantes de la oliva, la antiinflamatoria y antiséptica del laurel, al tiempo que un aroma embriagador que atrajo la atención de los sudorosos habitantes del oriente medio. Gracias a la habilidad de sus artesanos con esos sabores,  que daban ganar de morderlo más que de limpiarse, la ciudad de Alepo, que en árabe significa ‘Leche Fresca’, se granjeó una fama de limpia sin parangón.Decían de su jabón que resultaba especialmente beneficioso para las pieles sensibles y para lasafectadas de soriasis, que hacía desaparecer la dermatitis y el acné, que embellecía y daba buen olor. Hoy Alepo no huele precisamente bien sino todo lo contrario y nadie podría imaginar a los barbudos artesanos de antaño fabricando quintales de los primeros jabones duros como piedras que fabricaba el ser humano en las rudimentarias fábricas enterradas hoy bajo sus ruinas.

 
Tal vez no fueron los primeros en producir el jabón que hoy conocemos porque los fenicios, un poco más al oeste de aquella mítica Alepo, ya fabricaban una amalgama semilíquida que utilizaban a modo de nuestro actual gel. Pero sí fueron los primeros en darle la forma cuadrada, dura, pétrea, con la que identificamos hoy al jabón. Dicen que los celtas usaban grasa de cabra y cenizas de abedul en sus pastillas, que los galos acudían al sebo de jabalí y cenizas de haya o que los egpcios se conformaban con una mezcla del natrón, que es un carbonato de sodio extraído de los lagos, y altramuces remojados en agua de lluvia. Lo importante, por lo que vemos, era la limpieza, quitarse la costra de inmundicia que, seamos señores o bellacos, se nos acumula en la piel. Lo cierto es que el jabón que fabricaban los vecinos de Alepo fue un éxito sin precedentes y que los fenicios, tan comerciantes ellos, regaron con el nuevo producto sus asentamientos por todo el Mediterráneo: Cádiz, Cartagena, Nápoles o Marsella acogieron las primeras olorosas partidas y, cuentan las crónicas, los avispados habitantes de esta última ciudad se quedaron con la copla para reproducirlo tiempo después en su afamado jabón de Marsella: claro que hay quien lo traslada unos siglos más tarde, cuando los francos volvieron de sus cruzadas en tierra santa para deslumbrar con sus rapiñas a las malolientes damiselas del Mediterráneo galo.

Con Alepo hecho una ruina y Siria en guerra, aquel primer jabón queda en el recuerdo, superado ya por la poderosa industria del buen olor y la limpieza corporal. Pero en el centro histórico de Sidon, la legendaria ciudad fenicia que hoy lleva el arabizado nombre de Saida, se levanta, solitario y escondido, el museo del jabón. Construido en el interior de una vieja casa de ladrillo del siglo XVII, Sidón reclama el recuerdo de aquellos tiempos en los que su pintoresca costa veía partir buques repletos de pastillas de jabón traídos del interior del país, de Alepo, o fabricados en las factorías de la misma ciudad de Sidón, o incluso de Trípoli, una ciudad algo más al norte que llegó a producir 40.000 quintales de jabón con destino Egipto. [spacer size=”20″]La peregrina idea surgió de un adinerado banquero, Raymond Audi, un vecino de la ciudad que salió para hacer fortuna y no volvió más: con el museo y con el jabón tal vez haya lavado la mala conciencia de los que nos vamos de nuestras cunas para no regresar. Dejando valoraciones fuera, el museo introduce al visitante en una de aquellas factorías antiguas, perdidas en el interior de sus laberínticas calles, apenas surcadas las sombras por algún caprichoso rayo de luz. Puede uno imaginar al babilónico en cuclillas, trabajando la pasta 3.000 años atrás, y puede también uno ponerse en la posición del aprendiz que cocinaba en un horno de piedra al lento fuego de leña la amalgama que luego tomaría forma de jabón, jabón del duro y del oloroso. En el siglo XVII los jabones de Sidón, de Saida para mis amigos musulmanes, era tan famoso que hay quien vuelve a identificar al jabón de Marsella, referencia mundial en esto de la limpieza, con aquel momento de febriles mercachifles: fenicios, cruzadas o barrocos, Marsella siempre mira a Oriente Medio para justificar sus orígenes.

 
Del jabón hablan las tablillas de los sumerios del tercer milenio antes de Cristo, y hablan los textos asirios y mesopotámicos, y hasta los papiros egipcios. Por no hablar de la misma Biblia, donde el profeta Malaquías dice de Yahvé que ‘es como fuego purificador y como jabón de lavadores’ y Jeremías que ‘aunque te laves con soda y uses mucho jabón, la mancha de tu iniquidad está aún delante de mí’ (dice el mismo Yahvé). Aseguran en el museo que el jabón surgió en Oriente Medio gracias a los huertos de olivos y a un arbusto llamado Salsola Kali, o planta de la ‘sosa’, que crecía en las cercanas estepas sirias y jordanas. Hoy Alepo es un un lugar poco recomendable que huele mal, hediondo de muerte y putrefacción, un sitio que ha perdido la fragancia de su más antigua aportación a la humanidad. Fundada en el segundo milenio antes de Cristo, la vieja Alepo ha caído muchas veces en guerras, saqueos, terremotos y temblores para volver a levantarse y ofrecer sus encantos al mundo. En Sidón todavía puede olerse el aroma de lo que fue Alepo.