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‘Son cabezas de yihadistas del Daesh (el Estado Islámico)’, bromea guasón un muchacho tras su puestecillo de cabezas de oveja, ‘¡haga una foto!’.

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¿Un puestecillo de cabezas de ovejas? Los pobres bichos conforman una suerte de cuadro fúnebre, la más literal definición de naturaleza muerta. Además de resultar muy revelador sobre el humor de los vecinos de este extraño país. Unos vecinos que tienen a tiro de piedra la vanguardia del Estado Islámico, pero que se declaran enemigos jurados de los yihadistas, alérgicos a las barbas y amigos sin cortapisas de los infieles blancos de los Estados Unidos. ¿Quiénes son estas gentes?

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Al norte de Irak existe un país que ni nombre tiene siquiera. Aspira a formar parte de una entidad superior, lo que viene a ser una nación de verdad, aunque la dificultad es tan grande que, por si acaso, ellos han comenzado ya a vivir su ficción de país. Por eso tienen capital con parlamento, presidente y fronteras, aeropuerto internacional y unos visados sin gracia que conceden automáticamente a cualquier europeo que se decida a visitarlos. El país en cuestión se llama Kurdistán Iraquí, su capital es Erbil y tiene como fronteras Turquía al norte, Siria al oeste, Irán al este y el resto de Irak al sur. Confieso que viajé al Kurdistán Iraquí con cierta aprensión porque la sola palabra ‘Irak’ ya impone, por mucho que lo adornen con eso de Kurdistán, y uno no sabe nunca qué demonios va a encontrarse.

Erbil por Hachero

Las kurdas iraquíes de Erbil salen en vaqueros, llevan minifaldas, fuman pipa de agua y pasean en grupos sin hombres mientras que a unos kilómetros, en territorio del Estado Islámico, enseñar el cabello o presentar un aspecto indecoroso puede significar la muerte…

Ya en Estambul el encargado de la compañía aérea me mira con ojos escrutadores: ¿para qué quiere ir a Irak?, me pregunta sin pudor alguno, ¿y a usted qué le importa?, le respondo malhumorado, ¿viaja solo?, insiste el azafato, ‘tal vez no’, le digo antes de recuperar mi pasaporte, la tarjeta de embarque y la tranquilidad para colocarme en la cola. Miro a mi alrededor: un trío masculino parece recién salido de alguna remota aldea de las montañas, una señora inusualmente emperifollada riñe a una niña vestida con ropa de Disney, en mi delirio imagino a todos involucrados en guerras, espionajes, asuntos turbios y crímenes sin nombre.

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Pero no. El viaje ofrece tiempo suficiente para pensar en muertes convulsas, coches bombas y secuestros indignos pero la llegada a Erbil comienza a despejar dudas. El aeropuerto es nuevo como recién salido de una tienda de regalos, la terminal de llegada recuerda vagamente a la terminal 4 de Barajas (perdón: Adolfo Suárez), la cinta de equipajes es desconcertantemente rápida y el visado se consigue en unos segundos. Una vez en el exterior comienzo a asumir que realmente estoy en Irak: los alrededores del aeropuerto son una continuación del desierto, veo helicópteros patrullando, algún vehículo militar que rompe el horizonte y al fondo, a siete kilómetros, Erbil, la aldea que aspira a ser emirato del golfo pérsico. Y empeño le pone. Sobre el horizonte se recortan las decenas de barrios que se construyen a toda prisa, altos edificios de lujo, trabajadores orientales, un tráfico denso sin resultar aún agobiante, mucho vehículo nuevo japonés y coreano.

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Erbil llevaba buen camino: el petróleo te da la posibilidad de la apariencia, los amigos norteamericanos músculo y el rumor de un nuevo paraíso consumista te acerca ricachones de todo oriente medio dispuestos a gastar petrodólares en nuevos comercios, nuevos casinos, nuevos desagües. La atracción que sienten los kurdos iraquíes hacia los estadounidenses es tal que hay referencias en los sitios más insospechados: banderas en las tapicerías de los taxis, en las alfombras tejidas a mano, establecimientos de comida rápida, torres de oficinas, concesionarios de automóviles, barrios con nombres como ‘English Village’ o ‘Italian Village’.

Erbil por Hachero

John F. Kennedy como tapiz kurdo: ¿quién se entretiene en tejer la cara de Kennedy en una alfombra?

El taxista me lleva al hotel con una rapidez que no volveré a encontrar durante mi estancia: la ciudad ha crecido tanto en tan poco tiempo que los hoteles crecen como setas tras una lluvia otoñal y es imposible conocerlos todos. Erbil se ha desarrollado en círculos concéntricos y su centro es la famosa Citadela, declarada patrimonio de la Humanidad por la Unesco y uno de los asentamientos humanos más antiguos poblados ininterrumpidamente. La mezquita de Shekhalla, su bazar, teterías y organismos oficiales, consulados incluidos, ocupan el segundo círculo, y conforme se abren los círculos se moderniza la ciudad hasta alcanzar el delirio de bosques de rascacielos con estupendos acabados, familias que devoran comidas en restaurantes a la última moda y centros comerciales, muchos centros comerciales, por doquier y como símbolo del progreso. Las marcas de moda en París, Londres o Madrid tienen réplica aquí y proliferan tanto como los hoteles.

Erbil por Hachero

La citadela de Erbil se levanta sobre cuarenta y cuatro siglos de historia y el talud que acoge la última ciudad tiene, al menos, otras nueve ciudades debajo

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La historia de Erbil comienza hace la friolera de cuarenta y cuatro siglos, en el XXIII A.C., aunque puede ser incluso anterior. De hecho existe un texto del siglo XXI A.C. que ya habla de Erbil como sede del templo de Ishtar, diosa babilónica de la fertilidad. La citadela se yergue majestuosa aunque un tanto kitsch con esos ladrillos vistos que la UNESCO se esfuerza en rehabilitar. ‘Antes vivían algunas familias, ahora sólo queda una’, me informa un vigilante que, no obstante, no me deja recorrer las calles del interior porque todo está en obras. ‘Hubo una empresa española pero se fue porque no le pagaban’, me dice el buen hombre y pienso entonces en la calamidad que tenemos los españoles, negados siempre en el cobro.

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Bajo mis pies, la ciudad de Erbil pero también al menos otras nueve ciudades que han florecido y declinado en el mismo terreno, dejando ahora la sensación de estar subido en una colina que resulta ser una montaña de escombros con restos de cuarenta y cuatro siglos. Una locura, me digo mientras observo cómo sobresalen de la montaña ladrillitos, piedras labradas, restos que sabe Dios de qué siglo serán.

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Porque la ciudad tuvo tanta relevancia que por ella lucharon los reyes de Asiria con los de Babilonia, los medos la tomaron cuando destruyeron Nínive y el rey persa Ciro II El Grande la incorporó a la satrapía de Asiria. Leer la historia de Erbil es como meterse en un comic de caballeros de imperios desconocidos y lejanos. Darío I derrotó aquí a los sagartios y Alejandro Magno hizo lo propio con Darío I, los Partos se enseñorearon de la región y se la disputaron los turcos selúcidas, los armenios la arrasaron pero huyeron ante el empuje de los romanos y Trajano la hizo parte de la región de Asiria. Por si fuera poco en Erbil se establecieron los primeros cristianos y en el año 100 D.C tenía hasta un obispo aunque poco antes fue judío y se le conoció como Adiabane. Uno siente escalofríos al pensar que esos vestigios están ahí abajo, un enorme cúmulo de sedimentos históricos, y todavía no he hablado de nuestra era: la de Cristo. Pero eso será en el próximo post…

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