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Apenas la pequeña Havva comenzaba a desarrollar sus encantos naturales, su madre pensó: ya es hora de casarla. Y buscó un pretendiente que se la llevara a otro pueblo y que aliviara, al tiempo, la paupérrima economía familiar, donde una boca de más era mucho más y una boca menos un respiro. Así que, a cambio de algo de dinero, la pequeña Havva salió de su pueblo acompañado de un señor al que no conocía de nada y que la habría de convertir de niña en señora. De sus seis hermanos el que más sufrió fue el pequeño Abdullah, un chico tímido que tenía en su querida Havva a su confidente y a su norte y guía. Hasta aquí la historia es común entre los kurdos, sobre todo en los kurdos de generaciones pasadas y, aún hoy, en los de zonas remotas. Lo relevante en esta historia es que Havva tenía un apellido que hoy retumba en toda Turquía, y hasta más allá: Ocalan. Y su hermano Abdullah comparte ese apellido: es Abdullah Ocalan, el carismático y sanguinario líder del PKK, el Partido Kurdo de los Trabajadores y jefe absoluto de la guerrilla que desafía cada día, desde hace treinta años, al gobierno de Ankara.
Siete eran los hijos de la familia Ocalan, un padre prolífico pero siempre enfermo e incapaz a todas luces de mantener una prole de esta envergadura, y frente al padre una madre enérgica y siempre enfadada, superada por la magnitud de esa familia en un entorno de pobreza supina, sin apenas ingresos y con tantas bocas abiertas que el salón parecía más una montaña agujereada de cuevas en la Capadocia que otra cosa. Y la enérgica señora no desperdiciaba un momento para humillar al lánguido padre, incluso en público, o de espolear a sus hijos con prédicas que en otro lugar se verían siempre como machistas radicales. El pequeño Abdullah, por ejemplo, que era un chico tímido, como dije y como ha dicho él mismo en alguna entrevista, no podía volver si le habían pegado sin haberse vengado del modo más bruto porque su madre no le dejaba entrar en casa y así, el apocado Abdullah, llegó a convertirse en el esbozo de matón que desarrollaría más tarde. Pero entre tanta oscuridad, gritos y mal rollo en el hogar, la luz de Havva, su hermana querida, brillaba sobre todas y el día en el que la pobre casadera abandonó el hogar Abdullah se sintió más solo que nunca.
Los kurdos son un pueblo tan anclado en sus tradiciones como cualquier otro de los que pueblan Oriente Medio. No es raro ver a niñas de quince años ya casadas por sus familias en matrimonios de conveniencia, matrimonios como los de toda la vida, a veces a cambio de dinero o incluso de ganado, matrimonios que pueden convertirse en una pesadilla para las pequeñas. Y, en este caso, para su hermano, el paradójico tímido matón, el pequeño Abdullah Ocalan. Un momento en el que debió desarrollar un espíritu vengador, y hasta vengativo, oprimido por la pobreza, por la prolífica prole, por su madre tiránica, por su padre enfermo y por la pobre Havva que debió de abandonar el hogar mirando atrás con el rostro empapado en lágrimas. Tal vez por eso la guerrilla que Ocalan levantó años después tuvo un marchamo muy particular: un marcado, pero a su manera, sentimiento feminista.
Por las calles de las ciudades, incluso de las más rurales y apartadas, Ocalan es un héroe y las mujeres lo aclaman, gritan su nombre, llevan su foto y el número de ellas me parece muy alto para lo que se estilan las cosas en esta región del mundo. Llevan las banderas kurdas que se asocian al PKK, rojo, amarillo, verde, llevan pañuelos con esos mismo colores, llevan la cabecera de las manifestaciones y llevan muchos años llevando todo esto. En el monte, en el interior de la guerrilla, tienen también gran parte del peso de esta lucha ultramontana, y hay un punto de diferencia con otras organizaciones de la zona, como las palestinas, las árabes que luchan en Siria, y qué decir de las de clara orientación wahabita, donde las mujeres no pueden ni asomar la nariz de sus rigurosos chadores. En el PKK la mujer está en una situación de mayor igualdad, producto no necesariamente de la pobre Havva y del trauma que dejó en el impactado Abdullah sino en la orientación ideológica de estos rebeldes, anclados en un marxismo libertario que ha originado una sociedad más abierta en temas de género. Todo esto sin olvidar las sangrientas represiones internas y externas que propulsó el ‘feminista’ Ocalan, unas purgas que, por aquello de la igualdad, no respetó a hombres por ser hombres pero tampoco a las mujeres por ser tales. Una lucha que, por cierto, tampoco ha cambiado muchas de las costumbres y que deja a los hombres poblando los cafés jugando al dominó mientras ellas cargan con el peso del hogar.
En los inicios del PKK las mujeres no abundaban en una región en la que, como Havva, estaban destinada a casarse pronto y aliviar la situación económica familiar quitando una boca, como decía, y atrayendo dinerito fresco. Pero a partir de finales de los años ochenta, cuando se infiltraron en las universidades y Ocalan pretendió conferir un espíritu más urbano y cosmopolita a su lucha, las mujeres comenzaron a aflorar. Al principio como meras administrativas (porque una guerrilla necesita de todo, no se vayan a creer). Pero luego, una vez que la guerra aumentó de intensidad y los hombres kurdos terminaban en la cárcel por decenas de miles, tuvieron que multiplicar sus tareas, tapar las bocas hambrientas, buscar dinero donde lo hubiera, comportarse como hombres y mujeres al tiempo. Alguna hubo que llegó incluso a altos cargos en los primeros partidos kurdos que alcanzaron el Parlamento, como la carismática Leyla Zana, que pasó a la historia por hablar en kurdo en el hemiciclo por primera vez en la historia de Turquía y que terminó, por ello mismo (porque estaba prohibido por una ley que decía que el kurdo no existía y los kurdos tampocos), perseguida judicialmente y amenazada de muerte.
Como explica Aliza Marcus en su excelente Blood and Believe, a principios de los noventa las mujeres son ya un tercio de la guerrilla y el mismo Abdullah Ocalan aseguraba que su movimiento tenía, entre otras prioridades, la liberación de las mujeres. Una especie de shock colectivo en aquella sociedad rural y primitiva en la que las niñas eran carne de negocio, las mujeres en general carne de esclavitud y la sociedad todo un monumento al Patriarcado más rancio y casposo. Las mujeres vieron en la lucha de Ocalan su propia lucha y estuvieron, al parecer, dispuestas a olvidar incluso las barbaridades que el loco Abdullah hacía en sus propias filas. Las mujeres entrenan en el valle de la Bekaa, en el Líbano, entran en combate en la región turca de Sirnak, permanecen parapetadas en el norte de Iraq, o en las regiones kurdas de Siria, son parte integral ya del movimiento. Para muchas, la durísima vida en el monte es preferible a la vida esclava del hogar y las familias, a pesar de que muchas veces se resisten, no pueden evitar que se echen al monte porque, al fin y al cabo, se suponen que lo hacen por la patria kurda y que negarse a este acto de sacrificio es negarse a ser kurdo y eso está muy mal visto entre los vecinos. Y las jovencitas, aliviadas por lo que consideran un modo de escapara del destino de la pobre Havva, se echan al monte como escapatoria del pasado y como modo de reivindicar su papel en la utópica Kurdistán.
Pero, paradojas de la vida, no dejamos de estar en oriente medio, no dejamos de estar en una sociedad con ramificaciones de lo más tribal y, aunque comunistas, musulmanes de obra y acción. El temor principal de los hogares es que las niñas, pues muchas no son aún ni mujeres, pierdan la virginidad, el honor más grande para las familias. Así que el PKK se adapta: mujeres sí, emancipación también, pero esto no es las FARC de Colombia, que en ocasiones parece un campamento de adolescentes hasta las cejas de éxtasis, sino una guerrilla recatada, pacata y muy de su región: Oriente Medio. El amor estaba prohibido y las relaciones sexuales se llegaban a pagar con la ejecución del gallito robacorazones. Claro que era difícil prohibir una cosa como el amor, tan etérea ella, y mucho más fácil de castigar un pollito, cogido in fraganti, una deshonra para la familia de la jovencita y un descrédito para la guerrilla, de la que podían pensar que era un despiporre y que tú, querida hija mía, al monte no te vas con esa pandilla de sátiros. La situación, decían, era de guerra, no de fiesta, aquí se viene a luchar y el sexo, el amor y todas esas paparruchadas están fuera de la lucha por la patria. Valor tenían de decirlo bajo un icono revolucionario tan del gusto de los kurdos como el del Che, que está por todas partes, un tipo que precisamente no tenía precisamente fama de cortarse un pelo con las rebeldes.
El mismo Ocalan fue muy criticado cuando se casó con su compañera de partido, Yesire Keldirim, una pija, a decir de todos, que no veía el mundo en la línea revolucionaria de su marido sino que quería su casa como Dios manda y que discutía con el germen del futuro Amado Líder delante de todos, para su oprobio y de los demás. Abdullah, atrapado entre el recuerdo de su enérgica madre, su no menos enérgica esposa, el recuerdo de su pobre hermana y la ideología izquierdista que predicaba la igualdad más allá de razas y géneros, no tenía otra vía que desarrollar un feminismo… a su manera, de Oriente Medio, y aunque terminó divorciándose y mandando a su otrora esposa a Grecia para efectuar labores internacionales (sobre todo para que no la ejecutaran en una de las purgas que no dejaba títere con cabeza), Ocalan la recordaba agradecido en las entrevistas, la mujer que le enseñó a intentar comprender a las mujeres (que ya es mucho para un kurdo ultramontano). Por eso, cuando la manifestación me lleva en volandas en un pueblo tan remoto como Cizre, a pies del Tigris y pegado a las fronteras siria e iraquí, parece que sólo veo mujeres, mujeres coloridas, mujeres que llevan banderas rojoverdeyamarillas, mujeres que gritan Ocalan a todo pulmón mientras esquivan las bombas lacrimógenas de la policía, mujeres con velo pero también muchas mujeres sin velo, mujeres que ululan y chasquean sus lenguas y hacen el signo de la victoria a dos manos, en la calle, desde las azoteas, las niñas más niñas y las abuelas más abuelas. Porque el movimiento kurdo es un movimiento con mucho de femenino, un movimiento feminista a su manera, una guerrilla de género donde, paradojas de la vida, el amor está prohibido por decreto.