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El monarca saluda a sus marineros y me pregunto qué sentiría yo si me devolvieran el saludo desde un buque con el nombre de mi madre…

El capitán general de las Fuerzas Armadas de España pasa revista al grueso de su flota de guerra. Presidiendo el desfile naval, Felipe VI saluda militarmente, levanta un brazo, otea el horizonte, su figura se recorta solitaria elevado sobre el puente de mando. Nada es baladí en esta estampa: cuando mi nombre sea un galimatías a medio borrar en una lápida olvidada, el suyo seguirá impreso en los libros de historia como integrante de un linaje que reinó un país.

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Tal vez por eso Felipe, el sexto de su estirpe, resiste estoico la lluvia de fotografías que los corresponsales de prensa arrojan sobre su rostro.

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No hay gesto que escape, no hay mueca que no se escudriñe, no hay mirada que no se capte. Pero Felipe VI ni siquiera parece caer en la cuenta: somos parte de su entorno habitual.

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Cuál es el mecanismo mental de un rey, me pregunto entonces, el mecanismo que te eleva sobre el resto de mortales, que en este caso son súbditos, es decir, que se subordinan, que se someten, que son inferiores en casta y en alcurnia, pueblo en todo caso, gentes que habitan tus dominios y que acatan las órdenes que tú les das, cómo piensa una mente que desde su más tierna infancia se sabe diferente, integrante de una familia aparte, distinta, ‘mejor’

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Sea como sea, y haya avanzado el mundo lo que haya avanzado, un rey no deja de ser un rey, cúspide absoluta de la sociedad según la pirámide que el tiempo ha cincelado a base de leyes y de mandobles, el jefe de todos, lo queramos o no. Y ahí está todo un rey, Felipe VI, número que sigue a Felipe V, que en su día pudo tener tantos o más detractores que este, el VI, pero que ahí permanece en los anales, materia para el estudio, retrato en el Prado, fotografía en los libros de historia, estatuas ecuestres, nombre de calles, avenidas, parques y jardines, del mismo modo que este, el VI, lo será en su momento para las generaciones futuras y su imagen ilustrará monedas, sellos, pósters, portadas y banderas, ya monte a caballo, capitanee un velero o tome una copa de vino (español).

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Claro que el anterior Felipe, el V, no heredó el trono exactamente del mismo abolengo, el de los Borbón, sino del anterior, el de los Austria, al que sí pertenecía plenamente su tío abuelo, el de Felipe V, que no era otro sino Carlos II, lo cual viene a demostrar que aunque troncos distintos al final todos comparten una suerte de gen que te hace volar sobre el resto de los mortales porque eres rey, o duque, noble en todo caso. Felipe V, que ya era Borbón, nació en Versalles, era el nieto de Luis XIV, el rey Sol, y bisnieto de Felipe IV de España, quien a su vez era nieto de Felipe II y parte de la casa de los Austria, el más poderoso monarca que ha tenido España, y de Carlos I, que también era V de Alemania. Reyes, en todo caso, reyes para siempre y para todos, sin importar si eran alemanes, ingleses o franceses, si guerrearon sus padres o se casaron sus primos. Gentes nacidas para un oficio hereditario. Reinar.

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El rey pasea por el interior de la fragata siendo el centro de las miradas, no sólo ya de la prensa sino de sus marineros, que se deshacen en parabienes por mostrarle el funcionamiento de todos los aparatos del buque del mismo modo que a su antepasados les mostraban los tercios de Flandes o tribus amerindias arrancadas de sus islotes para mejor comprensión de la grandeza de sus posesiones.

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¿Y cómo se acostumbra una persona a ser rey? ¿Cómo soportas que a tu alrededor decenas, si no cientos, de ojos se posen en tu figura, que te lancen hordas de fotos, que ningún gesto se escape del escrutinio general? ¿Alejándote de tu pueblo, viéndolo como yo veo unas hormigas por el pasillo de mi casa, de mi habitación, de mi salón, pequeñas presencias molestas pero partes integrantes de mi propiedad? No deja de sorprenderme ese estoicismo y al tiempo desapego para ser el centro de gravedad de cualquier acto que se celebre a lo largo de toda una vida. La vida del rey. Del Rey.

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Al menos su padre, que también fue rey, Juan Carlos I, debió de ganarse un trono que la dictadura de Franco le arrebató a su padre, Juan, del mismo modo que la II República se lo arrebató a su abuelo, Alfonso XIII, también Borbón, claro está. Felipe VI, probablemente gracias a Dios, no ha tenido que bregar con semejantes cuitas terrenales, desagradables todas, y ha podido dedicar su niñez y su educación a prepararse para lo que hoy es: rey, pero no cualquiera sino el primer rey de la historia de España que tiene títulos universitarios y posgrado. Por eso podemos deducir que ha tenido más tiempo para pensar en cómo reinar, y no si podría llegar a reinar, más tiempo para saberse rey, y no para imaginarse rey, más tiempo para despegarse del suelo y dedicarse a la tarea del monarcado, y no a patearse el suelo recordando quién fue su abuelo, a qué estirpe pertenece y cómo derrochar simpatía para volver al sitio que Él, en su infinita bondad, le ha deparado por sangre: la corona.

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Felipe VI carece pues de ese bagaje, que en su padre fue necesidad, aunque, es de pensar, tendrá otro: mejor educación, mayor conocimiento teórico, más elementos de juicio, menos presión. ¿Y eso lo convertirá en mejor rey? Sólo Dios, que está siempre de su parte, lo sabe. Si mira atrás verá de todo: a su padre, abdicando tras ciertos escándalos desagradables pero con un apoyo popular innegable, a su abuelo Alfonso huyendo de España sin honra ni trono, a su antepasado Fernando VII, tal vez el rey más indigno que ha tenido la corona patria, a Carlos III embelleciendo Nápoles, a Carlos V guerreando por Europa agarrado siempre a un crucifijo, a los Reyes Católicos conquistando Granada y flipando con esos indios que traía el tal Colón de sus extraños viajes, a Juan de Castilla matando infieles…. Un hito que no puedo ni imaginar porque no conocí a mis abuelos y no tengo mayor noticia de quiénes fueron mis bisabuelos, por no hablar ya de antepasados más antiguos…

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En todo caso, y sea la alcurnia lo que quiera que sea, prefiero considerar la monarquía carne de folclore y para ello nada mejor que esta anécdota. Corría el año 2012 y Cádiz celebraba el bicentenario de la constitución de 1812, la PEPA. El rey de España, Juan Carlos I, visitaba la ciudad y una multitud de entusiastas seguidores agitaba banderitas rojigualdas en la plaza de España. Una señora destacaba por sus gritos y vivas al rey y me acerqué micrófono en mano para conocer de primera mano el motivo de su admiración. ‘Señora’, le pregunté, ‘¿es usted monárquica?. La señora me miró con aire guasón y contestó ‘no hijo, yo soy de Cádiz Cádiz’…