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Bonos del estado, de las provincias, pesos que no valían, otros que valían menos, patacones… el corralito argentino supuso una esquizofrenia monetaria..

El 15 de junio de 1985 el presidente argentino Raúl Alfonsín resopló agobiado y estampó su firma en el Decreto 1096, una norma que condenaba a muerte al Peso Argentino, el de toda la vida, el de más o menos siempre, víctima de una hiperinflación brutal, para sustituirlo por una nueva moneda, el Austral, acompañada de toda una batería de medidas económicas. La nueva moneda, recordemos: el Austral, sin embargo, no llegó a controlar la inflación y se depreció respecto del dólar nada menos que un 5.000% (cinco mil por ciento).

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La situación resultaba tan dramática como llamativa y obligó al nuevo gobierno, el del ‘Turco’ Carlos Menem, a ejecutar mortalmente a la nueva moneda, recordemos: el Austral, para sustituirla, a su vez, por un peso redivivo, aunque portador de un apellido distinto: el Peso Convertible, llamado así por la ley de convertibilidad de 27 de marzo de 1991. Una ley que estuvo vigente durante 11 años, hasta 2002, y que estableció que a partir del 1 de abril de 1991 la moneda nacional y el dólar estadounidense tendrían una relación cambiaria fija, a razón de un dólar por diez mil Australes, recordemos: la moneda de Alfonsín que ya apenas valía nada y que fue reemplazada por una unidad mayor, el Peso Convertible, que tenía el mismo valor que un dólar. Así, a lo Juan Tamariz, el antiguo Peso Argentino, que caía en picado tras una dictadura atroz y un crack económico, pasó a valer lo mismo que el dólar norteamericano y los argentinos que cobraban tres mil pesos nacionales se vieron con sueldos de tres mil dólares norteamericanos.

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Con una economía inflada artificialmente, los argentinos se sintieron los reyes del mambo. Había quien viajaba a Nueva York de fin de semana, para comprar en la quinta avenida porque, ‘¡qué barato nos parecía todo!’. Había quien despreció los productos argentinos porque, ‘¡qué calidad la de los autos alemanes!’. Hubo quien sólo bebía vino francés y el que se dedicó a viajar por todo el planeta. En la intimidad, todos pensaban lo mismo: ‘che, esto no puede durar’. En los corrillos se sucedían las caras raras, los misterios de la economía global, lo estupendo del gobierno de Menem. Si alguien dudaba, el tiempo corría en su contra: ‘che, llevamos así años, no seás agorero’, y los años pasaban, al principio con temor, más tarde con extrañeza, después de un lustro parecía claro que Argentina tenía su lugar en el mundo, cuando se alcanzó la década la euforia eclipsaba a los prudentes.

 

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el paroxismo de los mercadillos del trueque: una niña ofrece sus peluches

 

Once años después, Argentina quebró y el gobierno lanzó un aviso: el dinero vuela de los depósitos, las deudas públicas son impagables, la situación se nos ha ido de madre. No se nos enfaden mucho porque no les dejaremos sacar su dinero de los bancos. Lo que comenzó siendo un corralito, por aquello de tener encerrado el dinero, se transformó en corralón, porque gracias a la ley de emergencia pública y reforma del régimen cambiario y al decreto 71/2002 el Peso Convertible mudó su convertibilidad: donde antes era de uno a uno ahora sería de uno a uno con cuarenta. El cambio fijo no convenció a nadie y el Peso Convertible comenzó su descenso a los infiernos. Poco después, los argentinos descubrieron que donde guardaron un Peso Convertible tenían entonces sólo veinticinco centavos de dólar, y donde había cuarenta mil dólares sólo quedaban diez mil Pesos Convertibles.

 

 

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..los billetes se llevaban clasificados según el tipo de bono…

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billete de una red de trueque

 

Y en ese disparate de Pesos Argentinos, Australes y Pesos Convertibles, la gente se dio cuenta de que el poco dinero que les había quedado estaba atrapado en los bancos pero los estómagos gruñían del mismo modo que si tuvieran la mesa puesta con chinchulines y bifes de chorizo. Los gobiernos, a su vez, no tenían dinero con el que pagar sus sueldos y entonces confundieron aún más a sus vecinos con la emisión de bonos de emergencia, emitidos por decreto y que expiraban en unos meses. El principal de todos ellos resultó ser el Lecop, por aquello de que los emitía el estado y se suponía respaldado por un gobierno (en ruina absoluta, pero gobierno al fin y al cabo), un gobierno efímero, el del presidente Fernando de la Rúa, pero presidente al fin y al cabo. Al Lecop le siguió otro bono, esta vez provincial, el de la provincia de Buenos Aires, llamado Patacón, en honor a los indígenas que habitaban la Argentina antes de la llegada de los españoles. El Patacón alcanzó gran popularidad, incluso entre los bonaerenses, porque el mercado se inundó con ellos y hasta se podían pagar impuestos, comprar en las tiendas y cobrar el sueldo.

 

 

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Pagando con billetes de trueque en un mercadillo de trueques

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Patacones

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billetes de una red de trueque en Buenos Aires

Abierta la caja de Pandora, pareciera que cada gobernador provincial se hubiese comprado una impresora casera y los bonos de emergencia ocuparon buena parte del país:

El Lecor: bonos de emergencia de la provincia de Córdoba

El Federal: bonos de emergencia de la provincia de Entre Ríos

El Cecacor: bonos de emergencia de la provincia de Corrientes

El Bocade: bonos de emergencia de la provincia de Tucumán

El Quebracho: bonos de emergencia de la provincia del Chaco

El Boncafor: bonos de emergencia de la provincia de Formosa

El Petrom: bonos de emergencia de la provincia de Mendoza

El Bono Público: bonos de emergencia de la provincia de Catamarca

El Bocade Serie A: bonos de emergencia de la provincia de La Rioja

El Huarpes: bonos de emergencia de la provincia de San Juan

El Patacón I: bonos de emergencia de la provincia de Jujuy

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¿Es posible un mayor disparate? ¡¡Sí, lo es, es posible!! Los ciudadanos con menos recursos veían pasar los billetes sin posibilidad de que alguno se les colara en los bolsillos y tuvieron entonces la brillante idea de agruparse en Trueques. Al principio intercambiaban mercancías para subsistir: yo te doy una tarta de manzanas y tú me arreglas la ventana, yo te cedo mi osito de peluche pero vos me arreglás la ventana del dormitorio, yo le escribo cartas, señora, pero láveme la ropa… Pero los ciudadanos sin recursos crecían y acudían cada vez más a estos mercadillos improvisados, mercadillos de trueque que se complicaban conforme el público se multiplicaba. Así que alguno hubo que pensó con gesto oficial: ¡¡hagamos una moneda para nuestro trueque!! ¡¡Y así fue!! El Trueque de la Zona Oeste disponía de billetes propios, pero también lo tenía la Red del Trueque Solidario y la Red Global del Trueque zona Sur, una señora me comentaba ufana que ‘los argentinos somos así, tenemos monedas de todo tipo que no sirven para comprar nada’. Frente al congreso se levantaba un mercadillo de trueque patrocinado por las Madres de la Plaza de Mayo, bajo un puente se movían sombras entre tinieblas que presagiaban un mercadillo de bajos fondos, en un antiguo caserón de San Telmo una niña balanceaba sus pies en una silla mientras su colección de ositos descansaba triste sobre una mesa, en un centro comercial que respiraba lujo burgués de los tiempos de Gardel señoras de abrigos de piel miraban muy serios por encima de sus anteojos. Bonos convertibles, billetes de trueque, billetes de monopoly, de juguete, algunos al borde de la desintegración, billetes que no eran más que una triste representación de la economía del país.

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Muestrario de billetes argentinos durante el corralito