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En el siglo III después de Cristo, los seguidores del profeta Zoroastro recopilaron un extenso libro al que llamaron Avesta y en el que se recogían las directrices de un extraño culto que hablaba a través de himnos, oraciones e instrucciones para rituales atávicos que se perdían en la noche de los tiempos. Decía Zoroastro que el fuego era crucial en la lucha contra el mal y que Ahura Mazda, el Sabio Señor y Creador Omnipotente, destruirá el viejo mundo, cargado de pecados y males, mediante llamaradas y explosiones y ascuas e incendios. Y tanto amor tenía a las lumbres este dios sin rostro que a su propio hijo llamó Atar y sus adoradores, que no sabían cómo representar al padre, lo identificaron de inmediato con el mismo fuego. Y como un guiño del destino, el texto original del Avesta, que fue escrito sobre pieles de vacas, cayó en manos de Alejandro Magno, quien lo debió de mirar contrariado porque ordenó, cruel ironía, quemarlo.

Un tanque armenio de la guerra del Nagorno apunta simbólico a Azerbaiyan
Aunque ni siquiera existe constancia de que el tal Zoroastro existiera de veras, los azeríes, que son los habitantes de Azerbaiyan, lo consideran suyo, fechan su nacimiento en el año 700 antes de Cristo y señalan al horizonte de su capital, Bakú, como la prueba más gráfica de que el culto al fuego nació en sus tierras: o mejor dicho: en sus aguas. Frente a sus costas se levantaban llamaradas, lenguas de fuego, extraños lagos de barro ardiente que los antiguos azeríes usaban como combustible, materia divina para Zoroastro y los suyos, materia ardiente que inflamó la calenturienta mente del más orate de los filósofos, Friedrich Nietzsche, y que nos ha premiado a los contemporáneos con una industria floreciente de petróleos, una guerra sangrienta en el Nagorno Karabagh y una estirpe de empresarios que crearon tanta destrucción como homenajes al bien. Hoy resisten unas pocas decenas de miles de seguidores de esta religión perdidos, sobre todo, en los alrededores de Bombay, en la India, y en la isla de Ormuz, en el golfo Pérsico. Y uno de ellos, nacido en la isla de Zanzíbar, se hizo muy famoso cantando canciones de un rock legendario y marcado acento británico: su nombre, Farrokh Bulsara, más conocido como Freddy Mercury, alma del grupo Queen…
Puerto de Batumi, en el mar Negro de Georgia
El fuego de Bakú, como las desventuras que narra el Avesta, se revela pues como una moderna caja de Pandora, capaz de escupir lo peor y lo mejor. Dicen las crónicas que entre 1898 y 1901, Bakú produjo más crudo que los Estados Unidos. Cuentan los antiguos viajeros que los templos zoroástricos rebosaban de gas inflamable procedente de los infiernos del subsuelo y que las arenas del Caspio eran negras, impregnadas de petróleo y holladas por sus adoradores. En 1871 el gobierno ruso permitió a dos extravagantes suecos, llamados Robert y Ludwig, la explotación de semejante y sucia anécdota, y los avispados empresarios trasladaron a finales de esa década la primera carga de crudo a bordo del primer petrolero, que se llamó, precisamente, ‘Zoroastro’. El negocio creció como la espuma porque todo el mundo quería probar aquella fuente de energía que tan sólo valoraban los seguidores de aquel extraño dios y pronto, al norte de Bakú, creció un suburbio que sus vecinos conocieron como La Ciudad Negra: tanto era el espeso humo que provocaban sus doscientas refinerías…
No sería justo obviar el apellido de los hermanos Ludwig y Robert, ni tampoco el nombre de su hermano menor, un tal Alfred. Alfred Nobel. Si Alfred ya era inmensamente rico gracias a uno de sus inventos, llamado Dinamita, y a otros menores, como la gelignita o la balistita, todos poderosos explosivos que revolucionaron la minería y la guerra, sus inversiones en las empresas de sus hermanos le permitieron ganar tantísimo dinero que aún hoy se sigue agasajando a personalidades de todo el mundo con una importante suma de dinero y un premio que lanza al agraciado a la fama eterna.
La población de Bakú se multiplicó por veinte en las décadas siguientes pero la remota situación geográfica de Azerbaiyan le impedía despegar como merecía. Tan difícil era extraer el crudo y exportarlo que sus vecinos georgianos prefirieron importarlo directamente de los Estados Unidos. El Caspio es un mar interior expuesto a frecuentes tormentas, unas aguas difíciles y amenazantes, así que los azeríes tuvieron que repensar su negocio: construirían un oleoducto gigante, el mayor del mundo en ese momento, un oleoducto que uniría Bakú, en el Caspio, con Batumi, en el mar Negro. Con esa idea, el petróleo se acercó a Occidente pero además atrajo, al estilo de aquella caja de Pandora, todos los males posibles. Los alemanes vieron posibilidades en el lejano Cáucaso, los británicos declararon la región como zona de especial prioridad, los bolcheviques hicieron la revolución mirando de reojo su patio trasero y la zona, como dijo aquel, se jodió. Hitler soñaba con los grandes pozos de petróleo del Caspio que su admirado Nietzsche ensalzó hasta el delirio cuando un mal día se decidió a invadir la Unión Soviética y el poderío que demostró luego el malvado Stalin, nacido cerca de Bakú, en Georgia, se basó en gran medida en las llamaradas de los antiguos zoroástricos del Caspio.
Batumi es hoy una ciudad que aspira a Las Vegas, repleta de turistas, casinos y edificios iluminados al caer la noche
Hoy Azerbayan vive peleada con su vecina Armenia tras la horrorosa guerra del Nagorno Karabagh de la década de los noventa y su pretensión de sacar el crudo por tierra oscila entre la negativa a los rusos, unidos por la inestable Daguestán, y la negativa a los armenios, cuya entrada en el Nagorno se antoja imposible por un conflicto enquistado y soportado en parte por el ejército ruso gracias a los diplomáticos de Erevan. Tan sólo Georgia, la tierra de Stalin, permitió la salida de un enorme conjunto de tuberías que serpentea por los límites del Nagorno Karabagh, evita Armenia de manera milagrosa, se interna en Georgia, roza Tbilisi para descender bruscamente luego hacia Turquía, cuya península de Anatolia cruza casi al completo para salir al Mediterráneo en las afueras de Ceyhan. En total 1768 kilómetros, el segundo más largo del mundo, un oleoducto que atraviesa tres fallas en Azerbaiyan, cuatro en Georgia y siete en Turquía, una tubería que roza el conflicto del Nagorno Karabagh, el de Osetia del Sur y el del Kurdistán turco. Un oleoducto que arroja beneficios tan millonarios que permite al corrupto gobierno de Bakú soñar con un futuro bélico en el que su esmirriado ejército pueda imponerse por fin al de Armenia y recuperar una tierra que considera suya. Tanto como los armenios, al fin y al cabo.
Soldados armenios patrullan por Agdam, territorio de Azerbaiyan ocupado por Armenia
El Cáucaso tiene un olor especial: un olor a guerra antigua y a guerra por venir, a guerra entre armenios y azeríes, una guerra que repetirá las masacres de armenios que vivió Bakú a principios de los noventa, o las de azeríes en Shushi a principios del siglo XX, una guerra de llamaradas zoroástricas, de sangre mezclada con keroseno, de altares dedicados a Ahura Mazda, una guerra latente. ‘Pero no será ahora’, me comentó un vecino de Tbilisi, ‘recuerde que Bakú acoge el festival de Eurivisión y no le interesa un conflicto precisamente ahora: luego, ya veremos…’