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Hel por Hachero

La tumba de los defensores polacos de Hel sigue frecuentada por los bisnietos de los heroicos defensores de la península que tuvo el extraño privilegio de contemplar dos veces la misma tragedia. Porque Hel no deja de ser un pueblecito de pescadores al final de una larga lengua de tierra que se interna en el mar Báltico y que se asemeja así a una suerte de isla sin serlo. Durante el verano miles de turistas arrastran sus autocaravanas, disfrutan de sus hotelitos y balnearios, persiguen a los miles de cisnes que nada despreocupados a pocos metros de la orilla, inundan campings y pensiones, abarrotan las playas y bailan frenéticos al son del último éxito de este país de discotequeros ochenteros. Pero en Hel ocurrieron dos tragedias paralelas y desconcertantemente parecidas. Y todo gracias a su especial configuración geográfica. Hel es una isla sin serlo, un fin de trayecto, una estación término, la punta de una protuberancia que no llega a ser exactamente península ni tómbolo. Más bien callejón sin salida, primero para el ejército polaco en la invasión de los nazis, finalmente para los nazis en el contraataque del ejército Rojo.

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El 1 de septiembre de 1939 el ejército alemán entró en Polonia como Perico por su casa y coronó su invasión de Polonia en pocos días. Sin embargo, al norte del país, en el interior del mar Báltico, resistía una débil lengua de arena que había pertenecido a los alemanes durante casi tres siglos: la península de Hel. Mientras todo el país se derrumbaba como un complicado laberinto de fichas de dominó, los 3.000 soldados de la Unidad Fortificada de Hel resistieron como la casi isla que eran en una nación que ya estaba de rodillas. El 2 de octubre de 1939, cuando ya Polonia no existía sino como conquista alemana, el batallón de Hel se rindió, exhausto y malhumorado. Los últimos de Polonia resistieron como pudieron, parapetados al final de este extraño corredor: hundieron un destructor alemán, hicieron caer una cincuentena de aviones nazis, los buques anclados a sus orillas contribuyeron con sus marineros a la defensa de la exigua ciudad, los polacos demostraron un valor inexplicable lanzando, de cuando en cuando, contraataques que desconcertaban a los nazis, tan seguros de su victoria. La alternativa a la muerte en la lucha no resultó mucho más alentador: a pocos kilómetros se abrió el primer campo de exterminio nazi fuera de Alemania.

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El mayor grado de paroxismo se alcanzó el 25 de septiembre cuando los polacos colocaron unas potentísimas bombas procedentes de torpedos que destruyeron la lengua de arena en sí misma y dejó el extremo oriental de la península convertida, ahora sí, en isla. Hoy no se nota la cicatriz y sí que, sin embargo, el descabellado acto no fue más que un reflejo de la desesperación porque apenas una semana después, el 1 de octubre, el contralmirante, angustiado por la falta de víveres y de refuerzos en un país que ya no existía sino como una gran máquina de picar carne, capituló y los alemanes se apoderaron del último rincón de Polonia que no estaba aún en sus manos.

Hel por Hachero

La entrada a Hel no deja de ser un tanto tétrica en otoño

La historia no dejaría de tener su interés exclusivamente para los estudiosos de la II Guerra Mundial, que son muchos, de no ser porque, apenas seis años después fueron los soldados del ejército nazi los que capitularon cuando la Alemania nazi era un recuerdo cercano. El 10 de mayo de 1945, días después de la capitulación del Reich, los soldados alemanes, alrededor de 30.000 más otro tanto en civiles que huían de los rusos, seguían parapetados en este remoto rincón del Báltico, asediados por el Ejército Rojo, sin más pasillo que recorrer, sin víveres ni vituallas, con su Fürher ya cadáver y el otrora imperio nazi desaparecido, nunca mejor dicho, en combate.

Hel por Hachero

Hel por Hachero

Hel por Hachero

Hel por Hachero

Los monumentos que recuerdan a los héroes de Hel están por todas partes, eso sí. Aquí se conmemora la rendición de Hel, el dos de octubre, allí el momento en el que decayeron las fuerzas, un día antes, a las afueras del pueblo los nostálgicos aún visitan la tumba de los caídos en el 39, más allá un museo al aire libre recrea las trincheras y rescata algunos proyectiles de la época…

 Hel por Hachero

Hel por Hachero

Hel por Hachero

Hoy Hel tiene su ojos en otra cosa: el turismo, una industria de lo más estacionaria porque en otoño e invierno el clima no es que sea frío: es que duele, y las decenas de hoteles y restaurantes que jalonan la desolada calle principal están vacíos o en semipenumbra. En el puerto los pescadores sacan cubos de arenques y en el mar, con el frío que hace, cientos de cisnes despliegan sus alas en una extraña imagen.

Hel por HacheroHel por Hachero

La contraofensiva no dejó de tener su interés. En marzo de 1945, el ejército rojo de la Unión Soviética avanzó por el frente de la Pomeramia, desmantelando todo el entramado nazi que se derrumbaba como un castillo de naipes. El 28 de marzo, el Primer Frente Bielorruso del Ejército Rojo tomó Gdynia y Gdansk, con casi veinte mil prisioneros y cuarenta y cinco submarinos alemanes capturados, y el 5 de abril los soviets embotellaron a los alemanes en la trampa donde antes ellos mismos habían embotellado a los polacos.

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Hasa el 10 de mayo de 1945 el ejército ruso no se hizo con este extremo de la dichosa península. Hitler, que había tenido su base no lejos de aquí, llevaba ya diez días muerto, nueve en el caso de Goebbels, y el Jefe del Estado Mayor del Alto Mando de las fuerzas germanas había hecho pública su rendición sin condiciones tres días atrás, el 7 de mayo. Como la rendición se había realizado ante los altos mandos de los ejércitos británico y estadounidense, los rusos se molestaron un pelín y llevaron casi que en volandas a los jefes de la Wehrmacht ante el todopoderoso general Zhukov, comandante en jefe de los ejércitos rojos: la rendición se hizo extensiva a todos los frentes y los disparos comenzaron a silenciarse. Curioso, me digo mientras paseo por este balneario gélido, que en este lugar los alemanes acorralaran a los polacos sintiéndose invencibles y que luego fueron acorralados por los soviéticos mientras se sentían los últimos guarapos del imperio. Los alemanes trasladaron a todos los civiles a esta lengua de tierra, ahí se acumularon los últimos soldados defensores de la cruz gamada, todos huyendo en desbandada de la Gran Venganza Rusa para terminar emparedados entre la sed de justicia y un mar helado y lleno de cisnes… Cuando el último soldado nazi salió de Hel, la Alemania nazi ya no existía y sus víctimas serían ahora sus verdugos…

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