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chabacano Hachero

Saludar a alguien en Zamboanga, al sur de la isla filipina de Mindanao, no deja de resultar una experiencia turbadora para un español. ‘¿Qué tal tú?’, te espeta cualquiera con desparpajo y uno no sabe si le está vacilando o es que ha entendido algo mal. ¿Cómo que qué tal yo? Si además el desconocido quiere entablar conversación y se preocupa por saber cómo te llamas, añadirá: ‘¿Cosa tu nombre?’ y un no menos turbador: ‘¿habla usted chabacano?’, seguido de una mención a los heroicos episodios de la conquista española que puede terminar con un amable: ‘mucho gusto de conocer contigo’. Las frases de esta peculiar lengua van desde la reconocible: ‘hace mucho tiempo no hay yo mira contigo’, para decir que no te ven regularmente, a la no tan fácil ‘Jendeh gayot bastante un lenguaje lang’, para decir que eso de hablar una lengua nunca es suficiente.

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Vicente es concejal en el ayuntamiento de Zamboanga y hoy me invita a una ‘fiesta’ en un barrio un tanto apartado de la capital. En una vereda exuberante y en el zaguán de una casa de madera una banda de músicos con instrumentos de viento y un bajo eléctrico se esfuerzan por interpretar ‘Aquellos ojos verdes’. ‘El chabacano’, me cuenta, ‘es una lengua que nació aquí, en Zamboanga, y más concretamente en el fuerte del Pilar, que fue el primer puesto avanzado del ejército español en la isla de Mindanao’. Los vecinos de la ciudad están tan orgullosos de su lengua que prefieren ignorar que la palabra, chabacano, en España tiene una connotación tan negativa que sólo puede resultar una afrenta para los chabacanoparlantes. Pero no lo es, y ellos mismos luchan por separar el estigma de la palabrita del idioma que con tanta dignidad conservan tras tantos siglos.

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‘Zamboanga Hermosa’ es la letra de una conocida canción que puedes ver en el video de aquí abajo

‘El chabacano comenzó en el fuerte del Pilar’, continúa Vicente, ‘porque los españoles trajeron trabajadores de todas las Filipinas: los había de Cebú, de Ilo Ilo, venían de Manila, y el idioma común era el castellano, aunque no todos lo hablaban bien y cada cual introdujo palabras de su cosecha’. El resultado es, como decía, desconcertante para un español. Según la fuente, este idioma oscila entre un 60% y un 80% de palabras castellanas, unidas por unas reglas gramaticales un tanto heterodoxas para un castizo. El resto del vocabulario une palabras de islas filipinas como Cebú o las Visayas con palabras portuguesas, quechuas del Perú y hasta Nahuatl del extinto Tenochtitlan, o México, una amalgama de lenguas que aclara bastante el origen de los primeros colonos: más que españoles de España, españoles del continente americano, los que lo tenían más fácil para poblar las Filipinas.

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Este es el Fuerte del Pilar y esto lo que quedaba de la gran celebración del Chabacano…

En la oficina de turismo de Zamboanga, pegada al fuerte del Pilar, Isabel se lamenta: ha llegado usted tarde, me dice, la celebración del chabacano fue hace dos días atrás, y nos acordamos mucho de la reina de España. ¿Ein? ¿De la reina de España? Sí, de la reina Sofía, la de España, que estuvo aquí hace unos años y nos honró con su presencia. Los pasos de la reina se adivinan por doquier en este enclave recóndito, apartado de las rutas turísticas por el conflicto bélico entre el gobierno filipino y los rebeldes musulmanes (sobre todo por los terroristas de Abu Sayyaf), un peligro que las embajadas se encargan de recordar con mensajes de pánico que sitúa aún más lejos a la que con orgullo denominan Ciudad Latina del Sudeste Asiático. Un lugar que sorprende con carteles en un extraño castellano, avisos en un castellano aún más raro, mezclas de inglés y castellano, expresiones que uno entiende sin comprender y hasta poemas reconocibles sin ser reconocidas. Tiene un algo al criollo de Haití, en el que creía entender el francés pero sin poder reconocer una sola palabra porque es más africano, con acento galo, que francés en sí. Sin embargo, el chabacano no es único ni exclusivo de Zamboanga: al menos tiene seis dialectos, que son: caviteño, ternateño, ermiteño, zamboangueño, cotabateñ (así, terminado en Ñ) y castellano Abakay, aunque el más conocido y reconocido es el de Zamboanga, donde lo habla casi toda la población.

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Junto al fuerte de Nuestra Señora del Pilar, en el que los españoles soportaban los embistes de los piratas musulmanes atrincherados en las cercanas islas de Basilan y las Jolo, la imagen de la Virgen consume velas, feligreses de rodillas y austeras cruces. Una señora reza en voz alta y confirmo luego mis sospechas: es el padrenuestro, pero el padrenuestro en chabacano:

Tata de amon talli na cielo,

bendito el de Usted nombre.

Manda vene con el de Usted reino;

Hace el de Usted voluntad aqui na tierra,

igual como alli na cielo.

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Zamboanga no sólo es una isla de este extraño castellano en otra isla en la que resuena el tagalo con murmullos en árabe del Corán. También lo es del cristianismo, católicos romanos, dicen con orgullo, un cristianismo que llevaron los primeros jesuitas, responsables también del chabacano para muchos estudiosos, que resistieron a aquellos piratas incluso cuando los militares españoles dejaron temporalmente la isla aburridos ya de luchar contra tanto Sandokan de los mares de China. La imagen de la virgen del Pilar que corona uno de los muros exteriores del fuerte fue colocada allí en 1719 y desde entonces ha adquirido una fama extraordinaria de milagrosa y protectora: tanto que en cualquier momento uno se encuentra allí a la feligresía, de rodillas y entregada. Desde 1903 la ciudad de Zamboanga estuvo gestionada por los nuevos colonos, los norteamericanos, que la situaron en el epicentro de la que denominaron Isla de los Moros, la de Mindanao, aunque los habitantes del lugar mantuvieron su peculiar idioma contra viento y marea y aún hoy se diferencian del resto de la región por su idioma y su cristianismo militante.

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‘Tonight we will eat Lechón’, me dice Arnold, que a la sazón es primo mío por estas curiosas historias de la Historia. Arnold Hachero prefiere el inglés pero un inglés salpicado de expresiones y palabras en castellano. Y el lechón tiene un aire al que tantas veces he comido en Colombia, y que allí llaman ‘lechón tolimense’, que al clásico asado de cerdo patrio. Un lechón invariablemente acompañado por una interminable sucesión de botellines de cerveza San Miguel, una marca que resulta tener su origen en el barrio de San Miguel, en Manila. La huella del castellano en las Filipinas no deja de ser general y de sorprender en zonas donde nadie lo entiende pero manejan ciertas palabras: ‘treinta, treinta, treinta’, grita una pescadera en el mercado de Puerto Princesa, en la isla de Palawan, ‘cuarenta, cuarenta’, le responde el del puesto vecino. Los números se dicen en castellano, en el restaurante te sorprenden con una caldereta o con pollo en adobo, si es lunes te dirán eso, que es lunes, la farmacia es la botica y si te mueres te mandarán al cementerio. Pero uno tan sólo acierta a cazar alguna palabra perdida en el maremagnum del idioma tagalo.

chabacano HacheroEl chabacano es distinto por esa extraña forma de conservar el castellano, ‘corrupted spanish’, dicen ellos mismos entre risas, pero tal vez no, tal vez sea un ‘future spanish’, un idioma que lleva un nombre que en España viene a significar ‘ordinario, de mal gusto, grosero’ pero que en la otra parte del planeta es un orgullo, una identidad mantenida contra viento y marea, una lengua que nos recuerda que España fue un imperio y que los españoles tienen una memoria tan débil como fuerte el empeño de los chabacanoparlantes en mantener vivo ese recuerdo aunque sólo sea en el otro lado del mundo.

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