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Urfa por Hachero
A los pies de la montaña desde la que cayó Abraham sobre un lecho de rosas que amortiguó su caída se levanta un mausoleo con una tumba vacía. A los peregrinos no parece importarles que dentro de los muros protegidos por gruesas paredes y un poderoso enrejado no haya nada más que un agujero sin nadie. Pero lo cierto es que peregrinan desde toda Turquía para rezarle a un sepulcro sin cuerpo, a un santo ausente. El responsable de esta extraña historia es Beduzzaman Said Nursî, un hombre que murió cerca de allí, de su tumba vacía, en la primavera de 1960, en la muy sagrada ciudad de Urfa, y lo cierto es que sus admiradores lo enterraron a toda prisa porque se olían que ese santo varón podía desequilibrar al estado turco incluso enterrado en una cripta. Pero fue en vano. El gobierno, con cierto pánico de que se les estuviera gestando un mito religioso, y encima un kurdo, se puso manos a la obra para evitar que la tumba se convirtiera en un centro de peregrinación.
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Así que, el 12 de julio de 1960, un grupo de soldados fuertemente armados rodeó la tumba, levantada en un maravilloso jardín surcado por canales donde enormes carpas saltan despreocupadas, desenterró el cadáver y se lo llevó a un lugar secreto cerca de la ciudad de Isparta donde introdujeron los restos en una cámara que posteriormente sellaron para enterrarlo nuevamente sin testigos ni devotos. Hacía bien poco que el general Cemal Gürsel había encabezado un golpe de estado para imponer el ideario de Atatürk, el líder turco que basó el desarrollo del país en el occidentalismo por narices, y lo primero que quiso evitar el militar fue que le salieran santones por las esquinas. El cadáver, pues, de Said Nursi descansa en un lugar desconocido, al tiempo que su alma lo hace en uno conocido, aunque un rumor asegura que dos de sus seguidores encontraron el nuevo sepulcro y trasladaron nuevamente sus restos a otro lugar. Dice más la tradición: dice que cuando uno de ellos muere, el que aún resta vivo comparte el secreto con otra persona, de manera que siempre hay dos devotos que conocen el paradero de la tercera tumba de Said Nursî. Pocos mortales tienen el extraño privilegio de tener tres tumbas, si el rumor es cierto (aunque, y si no lo fuera, tendrá dos, que tampoco está mal).
Urfa por Hachero

Said Nursî es la sorpresa inesperada de la antigua ciudad de Urfa, Sanliurfa para los turcos (‘la gloriosa Urfa’), una urbe que fue la antigua Edessa de los selyúcidas o la Justinopolis de Bizancio pasando por Riha para los siríacos, Ruha para los árabes o Urhai para los armenios. A pesar de que está considerada la cuna de Abraham o también, cosas de la historia, residencia del Santo Job, o a pesar de que por aquí pasaron sumerios, acadios, babilónicos, persas y caldeos, armenios y romanos, o incluso los mismísimos cruzados, Urfa es hoy el centro de atracción de los seguidores de Said Nursî, que son legión y viven su devoción calladamente, de modo casi clandestino, no vaya a ser que el gobierno turco les trate como trató a su maestro.

Urfa por Hachero
La montaña desde la que arrojaron al profeta Abraham
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Entre los méritos de Said Nursî, o tal vez el mayor de todos, se encuentra la colección Risale-i Nur, Cartas de la Luz, unos comentarios sobre el Corán con más de seis mil páginas, un tocho considerable en el que este teólogo sunita consideraba que la ciencia debía de entrar en los colegios religiosos y que la religión no podía estar fuera de los colegios. Sus enseñanzas no son ninguna broma, sobre todo porque a día de hoy sus devotos se agrupan en el conocido como movimiento Nurcu, que tiene en Muhammed Fethullah Gülen a su figura más conocida y otro de los grandes enemigos de la patria turca (junto a los kurdos). Gülen vive en Pennsylvania, no sabría yo decir si exiliado o autoexiliado, aunque lo más probable es que acabe en la cárcel si vuelve a pisar Turquía. Las enseñanzas de Gülen se extienden por Asia Central, Extremo Oriente y África (y dicen que hasta por América Latina) y, aunque enlazan con la de Nursî, el profeta de la tumba vacía, exceden de estas y van más allá: tanto que el movimiento Nurcu, tras al vendaval de Muhammed, se transformó en el actual movimiento Gülen y el propio Gülen es ahora uno de los cien pensadores con mayor influencia del planeta.
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Said Nursî mantuvo desde muy joven el prefijo de Bediuzzaman, que significa La Maravilla de su Tiempo, un tratamiento que haría sentirse incómodo a cualquiera con un mínimo sentido del pudor. Pero Said Nursî era uno de esos hombres tocados por el dedo del destino y tal vez no le desentonara semejante distinción. Ya de muy joven demostró unos conocimientos sobre religión que nos retrotrae a Nuestro Señor Jesucristo de niño dejando boquiabiertos a los maestros del Talmud. Nacido en 1878, o en 1873, depende de quien lo diga, el atribulado líder vivió los últimos años del gran Imperio Otomano y pronto sintió una poderosa atracción por todos los conocimientos de su época. Dedicado durante su juventud al noble arte del estudio, el joven Nursî se convirtió en un compendio de sabiduría ecléctica, lo mismo dominaba las matemáticas que la astronomía, lo mismo charlaba sobre biología o física que sobre filosofía. Un espíritu tan culto no podía encorsetarse en un solo conocimiento pero los periódicos publicaron una frase de Lord Gladston, secretario para las colonias británicas, en la que decía: ‘mientras los musulmanes tengan el Corán, no podremos dominarles: hay que alejarlos de la religión’, a lo que el pío Nursî respondió empezando su enciclopédica obra escrita. Durante cuarenta años, El Único y Más Grande de su Tiempo escribió su obra magna, Risale-i Nur, un intento de modernizar la vida de los musulmanes mediante reflexiones sobre su propia vida que debió de impregnar la obra de emociones de todo tipo porque lo mismo escribía montado a caballo que hundido en una trinchera.
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Y reflexiones tenía para dar y regalar. Participó en la primera guerra mundial, fue hecho prisionero por los rusos cuando defendía la región de Van y encarcelado en Siberia, donde se libró de un fusilamiento rezando, a su vuelta a Turquía sufrió persecuciones, palizas y cárcel, trataron de envenenarlo diecisiete veces, los piadosos musulmanes más tradicionales lo declararon fuera del islam por esas ideas de querer modernizar algo que provenía de los desiertos,  y Mustafá Kemal, el legendario Atatürk, lo persiguió por todo lo contrario, porque quería evitar a toda costa la imagen del típico país de Oriente Medio dominado por santones y profetillas de tres al cuarto. O tal vez Atatürk lo persiguiera por su rechazo al cargo de Ministro de Asuntos Religiosos para las provincias orientales de Turquía. A su heroico regreso de Rusia, los gobernantes turcos lo vieron como el revulsivo que necesitaba la patria para enderezar al alicaído imperio con un mesías de andar por casa pero el rebelde Nursî, que de un vistazo caló a sus interlocutores, los recriminó por pensar más en la modernidad europea que en los verdaderos ritos islámicos. Y a partir de ahí, su descenso a los infiernos. Madrasa o universidad que fundaba, madrasa o universidad que cerraban, estudiantes que lo seguían, estudiantes que terminaban encarcelados.
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Sin embargo, y a pesar de todo, el alegre Nursî seguía congregando multitudes, ya fuera en la cárcel o en las calles, en mitad de una guerra o en la quietud de una madrasa. Su creencia sunita derivó hacia el misticismo sufí, tal vez rememorando aquel padre tan estricto en sus ideas que tapaba con un trapo las bocas de sus vacas para que no comieran nada de huertos ajenos. Y así pasó el resto de su vida, entrando y saliendo de la cárcel, torturado y envenenado por los policías, rodeado de un número creciente de admiradores y venerado todavía hoy, medio siglo después de su muerte, como un gran sabio del islam que incluso descendía de Mahoma.
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Sus últimos días se sienten en Anatolia Junction, de Fred A. Reed, el pobre y anciano ya Said perseguido por el tiránico gobierno del presidente Menderes a bordo de un Sedan de color oro atravesando la Anatolia occidental, viajando de noche por carreteras secundarias para pasar desapercibido, rodando por caminos embarrados y tosiendo la pulmonía que consumía sus últimos días. Su llegada a Urfa fue un acontecimiento tan grande que la policía no se atrevió a intervenir y cuando se armó de valor para detenerlo imponiéndose a la multitud, el abuelo ya estaba muerto. Por si fueran pocos los problemas del gobierno turco, sus admiradores siguen siendo millones hoy en día en todo el país, ocultos tras una fachada de islamismo común y corriente, esperando el momento en el que el gobierno abra la mano para dedicarse a las enseñanzas de su maestro, el ocupante de las tres tumbas.