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Frontera de Turquia con Siria en el paso de Kilis
El trueno de un caza rompe el cielo de Diyarbakir, la ciudad más grande de la Anatolia. Me pregunto a dónde irá. Tal vez a la cercana frontera con Irak, un país de opereta dominado en sus regiones del norte por los kurdos, a los que el gobierno de Ankara acusa de albergar bases clandestinas del PKK, considerados por Turquía, y por la comunidad europea, terroristas. En los últimos días aviones turcos han bombardeado varias de estas bases situadas en territorio iraquí, enclaves de sus hermanos de raza de la Union Patriotica del Kurdistan en la provincia de Erbani, en lo que es una muestra evidente de que las fronteras en esta parte del mundo no tienen mucha credibilidad.
Pero esperen, puede que el caza vaya a algún punto de la extensa provincia turca de Diyarbakir, donde me encuentro y donde actúan esos miembros del PKK, o esos terroristas que ya no son iraquíes sino turcos, aunque no menos kurdos. De hecho hace unos días reventaron una comisaría cerca de la capital, de Diyarbakir, dejando un soldado muerto y seis más heridos, y luego les dio por poner un coche bomba en una localidad cercana ya a Irán, donde murió un niño y hubo otros dieciocho heridos, una cadena de atentados que fue respondida por el ejercito turco con un incremento evidente de controles y presencia. O tal vez me equivoque en ambos casos y el caza que rompe el cielo de Diyarbakir se dirija a otra frontera, la de Akçacale, que comunica con Siria, donde las bombas del régimen de Al Assad caen puntuales día sí y día también, desviadas, se excusan los baazistas, ‘sin querer’ en su loca carrera por derrotar a los rebeldes sirios que se parapetan en la última ciudad antes de la barrera, un ‘sin querer’ que ha dejado ya cinco muertos turcos y la tensión al rojo vivo entre los dos países.

 

Con tantos objetivos potenciales imagino al caza soltando bombas aquí y allá, casi que al tun tun porque caiga donde caiga, acertará a algún enemigo de Ankara. Porque Turquía tiene un problema, y Recep Erdogan, su presidente, lo sabe, cómo no saberlo, un problema de una magnitud aún por calibrar en la Anatolia. Kurdos, turcos, kurdos iraquíes y rebeldes sirios, todos parecen en empeñarse en destruir el sueño turco de Mustafa Kemal, el legendario Atatürk que latinizó su desfasado alfabeto árabe y giró el rostro del agónico imperio otomano hacia occidente a principios dels giglo XX. En este sentido, Erdogan viene de visitar a Angela Merkel en Berlín, la gran lideresa que recibe en un palacio neoimperial a los monarcas extranjeros y a los que aspiran a formar parte, más o menos colonizados, de su gran corral europeo donde ella es, paradojas del destino, el gallo mayor. En este caso Erdogan ha insistido en su europeidad al estilo Ataturk mientras que, por lo bajini, pide ayuda desesperada porque en sus fronteras ya se acumulan 110.000 refugiados sirios, y aunque ACNUR le agradezca que mantenga las fronteras abiertas para que los civiles puedan seguir huyendo, la situación se adivina apocalíptica si no hay un cambio pronto.

Unas cifras que sólo pueden crecer y que la propia ACNUR considera que se duplicaran en los próximos meses. En la ciudad de Kilkis se levanta el primer campo de refugiados de casas prefabricadas, con su mezquita y su hospital y también con sus quince mil sirios, pero cerca está el de Islahiye, con tiendas de lona y famoso desde que Angelina Jolie lo visitara con un hiyab, y más allá está el de Osmaniye, y el de Nizip… Miles de historias que esperan bajo el sol la solución a un drama que, conforme pasa el tiempo, tiene menos fácil la solución. Desde la región de Hatay, la antigua Antioquía de los griegos y bañada por el Mediterráneo, hasta la de Diyarbakir, capital espiritual de los kurdos, los campos de refugiados jalonan la frontera con Siria. Por la primera región, la de Antioquía, salen refugiados y entran rebeldes barbudos provenientes sabe Dios de dónde, y los sirios, que son malos pero no tontos, les devuelven misiles mezclados con más refugiados, y claro, así no hay manera porque desde territorio turco les devuelven los bombazos más algunos barbudos y voluntarios internacionales que se les cuelan como el que no quiere la cosa: incluso llegan sirios desde Madrid con la sana intencion de construir un hospital. Es de suponer que a los turcos cada vez les quedan menos misiles porque el presidente, recuerden: Recep Erdogan, ha sugerido a la OTAN que le haga llegar unos misiles Patriots por si las cosas terminan de salirse definitivamente de madre.
Entrada al campo de refugiados de Kilis
Y así estamos, los refugiados sirios no dejan de venir, los activistas kurdos (o terroristas, elija usted) no dejan de protestar y ahora mismo más de seiscientos presos guardan una huelga de hambre que supera ya los cincuenta días pidiendo el uso de su lengua en colegios y tribunales, periódicos y televisiones, presos que, en ciertos casos, terminarán por morir porque ni agua timan, y las protestas callejeras terminan a gorrazos, piedras del lado kurdo, gas pimienta del de los antidisturbios.
Según la oficina que mantiene ACNUR, la cifra exacta de refugiados sirios en Turquía es de 107.769, una cifra que cuando termine de leerla se habrá quedado obsoleta y que engolba, sobre todo, a sirios ponretones y sin nada en su haber porque los ricos, me asegura un muchacho en Kilkis, se van a hoteles, donde estàn más cómodos y repantignados. En mi hotel me lo confirman: mis vecinos son sirios y acaban de llegar. Mientras, dos cazas más surcan el cielo de Diyarbakir desde una base cercana, y yo me pregunto, ¿Irak, Siria o Kurdistan?