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Hasankeyf Los mundos de Hachero
Dentro de unos meses, doce mil años de historia quedarán sumergidos bajo el agua y uno de los enclaves arqueológicos más fascinantes del planeta será accesible sólo por internet o en libros antiguos. La ciudad en cuestión se llama Hasankeyf, ofrece maravillosas puestas de sol en la extensa región de la Anatolia turca, o Kurdistán para sus habitantes, y un muestrario de vestigios históricos capaz de volver loco al mismísimo Indiana Jones.
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Pero la desaparición de Hasankyef no pasa desapercibida y son muchas las campañas que tratan de impedirlo: esta es una pero hay más y esta otra de Change.org. Las más de cinco mil cavernas que sirvieron como viviendas a hititas y asirios pronto no serán más que peceras para carpas lustrosas. El impresionante puente sobre el río Tigris, el más grande del medievo, permanecerá a oscuras en el fondo de un gran lago, y junto a la obra magna del arquitecto Artukid Karaaslan vivirán en una eterna penumbra el mausoleo de Zeynel Bey, la tumba del imam Abdullah, los baños árabes y la mezquita Kizlar, todo hoy como manga por hombro. Tal vez sobresalga, más mística que misteriosa, el minarete de la otra gran mezquita, la de Rizk, aunque los vecinos son pesimistas: también la engullirán las aguas, dicen mientras menean la cabeza. Sobre un acantilado que rompe a los pies del Tigris, también se perderán los rastros de la ciudad de piedra que habitaron los trogloditas, la ciudadela con sus espectaculares vistas sobre la ciudad de Hasankeyf, y la iglesia bizantina, el palacio de los Ayyubids, el rastro de tantas civilizaciones.

Hasankeyf Los mundos de Hachero

Hasankeyf Los mundos de Hachero
Hasankeyf es una perla brillante en la historia, aunque hoy no quede más que una polvorienta aldea poblada por apenas dos mil habitantes, kurdos sobre todo, un puñado de pueblerinos sin más actividad que pescar alguna carpa, atender a los pocos turistas que aparecen de cuando en cuando o jugar al dominó para vencer el tedio de las larguísimas tardes sin luz. Porque Hasankeyf es un pueblo con fecha de caducidad por culpa de un proyecto que dejará sepultado bajo las aguas el paso de nueve civilizaciones. El proyecto se llama GAP, Güenydogu Anadolu Projesi, en castellano: el proyecto del sureste de la Anatolia, y no es cualquier cosa: pretende, nada menos, que desarrollar un extensísimo territorio en el que no hay más que desierto, piedras y vestigios históricos. Una idea que erradicará, dicen sus defensores, las diferencias entre la Turquía occidental, tan proeuropea ella, y la oriental, anclada en el medievo más incluso que sus impresionantes puentes. El proyecto ya funciona en según qué partes y el monótono y terrible desierto pedregoso a veces se transforma en un vergel, un tanto polvoriento, con cultivos de maíz que se pierden en el horizonte y un rosario de pantanos que anticipa el sueño turco: un vergel en el desierto.
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Pescando entre doce siglos de historia
La idea no acaba de entusiasmar a sus beneficiarios, y mucho menos a los países vecinos, porque no cambiará solamente la fisionomía de la Anatolia sino que afectará a Siria e Iraq, países también bañados por los dos puntales necesarios del proyecto: los ríos Tigris y Éufrates. Gracias al embalsamiento de sus aguas, Turquía jalonará la Anatolia de presas y centrales hidroeléctricas, concretamente 22 presas, de las que ya se han construido 17, y 19 centrales, lo que supondrá el 22% de toda la energía que necesita el país. Para ello, claro, habrá que anegar millones de hectáreas en los cauces de estos ríos y desplazar a cientos de pueblos, como este de Hasankeyf. Pero además de estos cambios internos, Siria e Iraq se verán afectados de algún modo porque las aguas, recordemos, circulan y bañan también sus riberas. Claro que ni Iraq ni Siria están ahora para reclamar derechos hídricos, así que el gobierno turco se ha quitado una molestia de encima. Ahora queda otra: los pesados de los arqueólogos que se empeñan en desenterrar piedras, los sentimientos religiosos (entre otras cosas, el imam Abdullah era un pariente del Profeta y no sabemos cómo le sentaría a Mahoma ver a su tío en el fondo de un lago), la mismísima UNESCO que no acaba de ver el plan con buenos ojos. Por no hablar de la cantidad de actores, escultores e historiadores que de vez en cuando se dejan caer por aquí para intentar elevar voces autorizadas sobre las de los demás, menos escuchadas.
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El proyecto ya funciona en parte y se supone que aumentará el nivel de vida de los locales (y de paso podría ayudar a solucionar el problema kurdo de una vez por todas), el desierto comienza a poblarse de grandes urbanizaciones de pisos que me recuerdan el momento de mayor paroxismo en la burbuja inmobiliaria española, en las ciudades conozco ingenieros, arquitectos, el dinero fluye porque hay financiación europea y todo parece ir viento en popa. Menos en Hasankeyf, por supuesto, donde la población no está del todo contenta. Y no resulta extraño mirando otras localidades donde ya se han levantado presas similares. Hay pueblos que estaban en mitad del desierto que ahora tienen un aire marinero, con vecinos que miran el horizonte sin saber muy bien qué pensar.
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Las cuevas de los trogloditas hoy albergan ganado y pastores aunque la mayoría están por investigar
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Hasankeyf desde una de las cinco mil cuevas
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Así que este pueblo de Hasankeyf quedará sumergido por una presa que lleva el nombre de Ilisu, una presa que desplazará, ella sola, a 27 pueblos. En 2008, los socios europeos, alemanes, austríacos y suizos, retiraron sus participaciones en el proyecto, preocupados por el impacto cultural, y los activistas han presentado proyectos alternativos de todo tipo para evitar lo inevitable: el más realista, dicen, es el que pretende cambiar la gran presa por cinco presas menores, lo que salvaría a esta joya de la arqueología.Pero el gobierno turco dice que ni hablar y que si no lo financian los europeos, lo harán ellos solos: claro que en este mundo globalizado nada se hace del todo solo y resulta que tras el banco turco que lo financiaría, el Garantibank, se encuentra un viejo conocido, el BBVA, que tiene casi el 25% de su accionariado. Por si acaso, me dicen, agazapados están los chinos, con muchos menos escrúpulos en esto de grandes pantanos: recordemos la presa de las Tres Gargantas
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En Hasankeyf las aguas subirán 40 metros y absorberán, así de pronto, 298 lugares de conservación arqueológicos, entre ellos un sistema de purificación de aguas del siglo XII D.C, por no redundar en todos los restos expuestos anteriormente. Tantas cosas que el Fondo Mundial de Monumentos incluyó la ciudad en 2008 en la lista de los cien lugares más amenazados del mundo: puedes verlo aquí.
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El recepcionista del único y ominoso hotel de la ciudad se llama Kemal y cuando le hablo de la presa parece a punto de echarse a llorar. ‘No quiero la casa que da el gobierno’, me dice, ‘me iré a vivir a Batman’, que es la cabeza del departamento (y una ciudad con un curioso nombre, por otro lado). Kemal asegura que no podría vivir a los pies de un lago bajo el que están tantos recuerdos, y acto seguido se excusa para irse a fumar al cibercafé de la esquina y abandonar el hotel durante varias horas. La vida en Hasankeyf es tan monótona como larga es su historia: un puñado de cafés donde pandillas de abuelos juegan al dominó y los niños se gritan jugando al internet. ‘Aquí sólo se puede ver el fútbol en la tele y beber té’, me dice Idris en un correcto inglés, curiosamente el mejor representante del 30% de los vecinos que ansía el pantano y que considera el pueblo un agujero sin interés. ‘Las piedras están muy bien’, sigue Idris, ‘pero con la presa habrá más movimiento, vendrá dinero y esto cambiará’. Omar, en cambio, regenta un restaurante con unas fabulosas vistas, colgado a cincuenta metros sobre el río Tigris, un restaurante un tanto guarrete porque toda la basura cae por la fachada y termina coronando una montañita de detritus que se ha formado a los mismos pies del río. ‘Aquí está mi vida, mis recuerdos, mi negocio, un lugar con tanta historia…’, asegura tristón mientras arroja al precipicio los restos del comensal anterior, platos incluidos.
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Mientras degusto el inevitable chai contemplo los enormes pilares del puente otomano, que me invitan a fantasear con el siglo XII y el agitado tránsito de mercancías que debía pasar por aquí. La casa de Omar estará arriba, en la montaña, en la ciudad nueva, una ciudad con edificios nuevos y brillantes, una mezquita impoluta, un mercado sin estrenar, carreteras, infraestructuras, todo lo que una ciudad necesita. Pero, mientras tanto, ¿qué hacer? Omar duda si reparar la pared agrietada de su casa porque, total, para qué, y lo mismo le ocurre al vecino de aquella casa en lo alto de la montaña, ¿me servirá arreglar el corral o dejo que las gallinas se escapen para siempre? Una abuela me pregunta si los apartamentos podrán tener horno de barro, como el que usa en el patio de su casa para hacer pan, como hizo su madre, y la madre de ésta, y su abuela. Y así casi que hasta el infinito porque la historia se acumula a orillas del Tigris y lo hace con ladrillos otomanos, piedras bizantinas, restos árabes y selyúcidas, basura del siglo XXI, pero también con costumbres ancestrales, genes mezclados como en una coctelera y un ambiente cargado de civilizaciones. Sobre la gran arcada del puente otomano vive una familia, también un poco guarretes porque han sembrado la orilla del río de pañales a medio descomponer y calzoncillos a medio desintegrar. En el último pilar del gran puente otra familia ha construido un restaurante. La historia está más viva que nunca en este minúsculo pueblo.
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La vieja Hasankeyf vive con la espada de Damocles de la nueva Hasankeyf, que parece flotar sobre la antigua ciudad
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En poco tiempo la Hasankeyf de abajo será un lago y la de arriba una ciudad con vistas al lago
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Subo a conocer el nuevo Hasankeyf, la ciudad impoluta, y lo hago andando, confundido porque no parece tan lejos: pero sí, sí está lejos, y mucho. Atravieso el desierto a merced de un sol implacable que se suaviza con unas rachas de viento extremadamente feroces que me hacen tambalear. Pero merece la pena porque la sensación es muy curiosa: las calles sin pisar, las carreteras sin vehículos, los parques infantiles envueltos en papel, los apartamentos sin habitar. Desde el tejado de una casa cinco obreros me preguntan la nacionalidad: español, les digo. Se alegran muchísimo, uno de ellos salta de alegría, hacen la señal de la victoria y gritan a todo pulmón: ¡viva la ETA!. Son kurdos y parece que es común entre los kurdos confundirme con un etarra. Les sonrío yo también y les digo un Viva inesperado, mientras a mis pies el alquitrán se adapta al terreno: no sé si lanzarían esos vivas si alguien les informara que el BBVA está detrás de la presa. Los obreros, qué curioso, no vienen de Hasankyef, que se ve pequeñito allá abajo sino de Batman, otra vez esta ciudad, o de pueblos aledaños. Los futuros propietarios se la pasan, entre tanto, jugando al dominó, sorbiendo té, llevando a sus ovejas de acá para allá, ajenos tal vez al ajetreo genético que llevan en su sangre. ¿Quién no me dice que aquel pastor no es el descendiente del gran Zeynal Bey? Hasankeyf tiene los días contados y la nueva ciudad es la prueba más evidente de que las protestas internacionales no han llegado a los oídos turcos. Pronto esto no será más que un lago gigante, gigante y profundo, pronto las carpas que hoy pescan en el Tigris se esconderán en las cuevas con doce mil años de historia, alguna encontrará refugio en lo más alto del minarete que ahora llama al rezo a pulmón o en lo más hondo del mausoleo. Porque Hasankeyf tiene fecha de caducidad y una ciudad paralela, nueva, impoluta, moderna. Y sin alma.
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