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chott el-djerid

Al occidente del río Tritón vivían los maxies, un pueblo campesino que se rapaba la cabeza sólo por el lado izquierdo, un pueblo extraño que decía descender de Troya y pintaba sus cuerpos de rojo, seres acostumbrados a luchar contra las numerosas fieras que poblaban su país y que se escondían en los frondosos bosques de las montañas, gentes curadas de todo espanto porque no sólo convivían con serpientes de enorme grandeza y elefantes y osos sino también, y entre otras tribus salvajes, con los Acéfalos, que tenían los ojos en el pecho. Mirando alrededor me pregunto dónde están aquellas bestias salvajes que atacaban las aldeas, y también me pregunto que dónde están esas aldeas, y esos maxies melenudos de derechas, y qué fue de aquellos Acéfalos con una vista tan ridículamente ineficaz. Porque a mi alrededor, y hasta donde alcanza la vista, sólo hay desierto, un desierto blanco surcado por riachuelos de agua roja, un desierto blanco de sal que se extiende durante 250 kilómetros de largo, y otros 25 de ancho, un remedo de mar que no recibe aguas de ningún río ni del que parta corriente alguna.

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¿Se equivocaba pues Herodoto cuando narraba en su libro IV el extraño jardín florido lleno de gentes extrañas y fieras salvajes? Chott el Djerid es el mayor lago salino del Sahara, pero no el único: hay más. Concretamente otros tres, todos con el prefijo Chott pero con nombres distintos: El Fejej, El Gharsa y El Melrhir (este último en Argelia).

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Los indicios apuntan a que aquí existió un gran mar interior, un mar del tamaño de Portugal, con dos islas en su interior, la isla de Fla y la de Mene, la de Fla habitada por uno de los pueblos griegos, los lacedemonios, procedentes de Esparta, que llegaron allí siguiendo los consejos del oráculo. Una laguna que debía de llegar al Mediterráneo porque Herodoto sitúa allí al propio Jason, arrastrada su nave Argos por los vientos del Norte y enredado en los bajíos de la laguna Tritónida. Un lago pues con pretensiones de bahía y que debía de estar separado del mar por una elevación del terreno que permitía la entrada de agua salada.

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Hoy, a 50ºC, el horizonte chispea, tintinea, los rayos del sol toman forma tridimensional y Herodoto se antoja un tunante que no pisó la mitad de los sitios que describió en sus fascinantes Los Nueve libros de la Historia. Chot el Djerid tiene 7.000 kms2 y nada recuerda la fantasía descrita por el padre de la historia. Pero Herodoto de Halicarnaso no es el único en describir este secarral. Diodoro de Sicilia, un romano contemporáneo de César Augusto, también habla de la dichosa laguna pero en un plan mucho más revelador: en su Biblioteca de la Historia Diodoro asegura que una serie de terremotos terminó por sumergir zonas costeras de lo que entonces se conocía como La Libia y, dicen algunos expertos, el lago quedó por un lado bajo el mar y por otro aislado de éste y con alguna falla rota por lo que el agua, desde entonces, se filtra rauda y veloz hacia los abismos del globo terráqueo. Lo dice aquí. La descripción de Diodoro se une a la de Herodoto y a las de Platón para que muchos investigadores hayan encontrado aquí una pista más para seguir buscando la Atlántida a una corta distancia: el sur de España o el estrecho de Gibraltar…

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No hay recuerdos de Jasón, ni de los argonautas, ni de los Lacedemonios, los Acéfalos, los hombres de melena derecha ni de las fieras. Tal vez sí de François Élie Roudaire, quien siguió los pasos de Herodoto a finales del siglo XIX para concluir: esta enorme depresión salada que llega hasta el golfo de Gabes es, según escribió en su artículo ‘Un mar interior en Argelia’, la laguna de Tritón que describía Herodoto y que en aquel entonces, más que laguna, era una bahía en toda regla. Roudaire, que era un prestigioso geógrafo francés, fantaseó con su descubrimiento hasta proponer la construcción de un canal que trajera el agua del mar para recuperar aquella estampa de la Antigüedad y convertir la región, decía, en ‘un granero de trigo’.

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El apoyo  que le brinda Fernando de Lesseps, el constructor del canal de Suez, no sirvió para nada más que para provocarle litros de sudor en esas ardientes arenas para concluir: mejor lo dejamos porque construir un canal de 240 kilómetros tenía un costo inasumible. Aquí puedes ver su historia.

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Lo único cierto es que el desierto mola, fotogénico como es, con sus aguas rojas y el horizonte blanco, aderezado por las leyendas de los nómadas de la región, como aquella que asegura que en su interior se perdió una caravana con mil dromedarios cargados de fabulosos tesoros, o cuando mencionan aquello de yo estuve en el rodaje de Stars Wars, que (cierto es) se rodó en esta inestable tierra. Porque inestable es, y hay que tener cuidado de dónde se pisa, y mucho más de internarse en su inmensidad porque algunas zonas engañan y pueden ceder hasta no se sabe dónde. Al sur de las salinas comienza el Gran Erg Oriental, un inacabable campo de dunas a caballo entre Túnez y Argelia, la estampa clásica que uno imagina cuando piensa en el Sahara. Mientras, imperturbable y salado, Chott el Djerid arde bajo el sol, quebrando terrones de sal, guardando, quién sabe, secretos que incendian tanto la imaginación como el sol mi cabeza.

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