Este post se ha leíd10218veces

A unos treinta minutos en autobús de la inquietante iglesia negra de Brasov (negra por el hollín que le dejó como recuerdo un incendio ocurrido sabe Dios cuándo) se levanta el castillo de Bran, una construcción muy coqueta con una fama desmerecida: dicen que fue el de Drácula y resulta que, en el mejor de los casos, Drácula, que no existió como vampiro sino como un sádico de tomo y lomo, pasó un par de días en él, y lo hizo encadenado en una mazmorra. Brasov es una ciudad complicada, situada en la Transilvania hoy rumana pero aplastada bajo el peso de su cambiante nacionalidad: Brasov para los rumanos, Brasó para los húngaros, Kronstadt en alemán, Corona para los latinos, Braszow para los polacos y Orasul Stalin (Ciudad Stalin) para los soviéticos.
Un núcleo urbano que ha cambiado tantas veces de dueño que no me extraña que mis anfitriones sean húngaros que hablan rumano y tengan pinta de alemanes desteñidos. No dudo de que las pintorescas callecillas adoquinadas tengan su interés, que lo tienen (mi primer caipiroska cayó en esta ciudad), ni que el conjunto arquitectónico merezca un post pero hoy me interesa algo más al centro de esta región, conocida como la Transilvania, de la que Brasov es la capital pero no lo más conocido.
El centro mundial de la región se encuentra en un húmedo sótano, iluminado tan sólo por un candelabro con tres velas a medio consumir, una estancia que huele a sangre reseca y en el que descansa, bien cerrado, un ataúd en primer plano. Cualquier amante de las películas de terror, de Bela Lugosi y de Francis Ford Coppola, o de la literatura del irlandés Bram Stoker, el autor de una novela titulada Drácula que parece haber tomado vida, debe pasar por ese sótano imaginado, sentir la fría nieve que cae a grandes copos de un cielo gris cetrino e imaginar que la diligencia corre alocada hacia un destino fatal mientras revolotea un murciélago cenizo que, antes o después, succionará su yugular. Sin embargo, la realidad pierde poesía conforme se la conoce y destila prosa en su lugar, prosa que es más bien una parrafada larga y vulgar, una prosa tan desteñida como mis anfitriones de Brasov. Bela Lugosi, el actor con el que mejor se identifica al Drácula de las películas, es lo más cercano a la leyenda de la novela, porque Lugosi nació en Lugoj, en plena Transilvania, cerca de Timisoara y no muy lejos de Brasov, la de los mil nombres. No debió pues costarle mucho esfuerzo ponerse en el pellejo de un vampiro volador que devoraba aortas y señoritas de buen ver con la misma facilidad y pasión. A pesar de tantos datos en contra, me decido a visitar el castillo de Bran, a poco menos de una hora de Brasov, donde se supone que vivió el pretendido conde Drácula. Ya no me importa que se ría de mí la anciana pareja de húngaros rumanizados ni que en los alrededores del castillo el clima sea de nieve y el ambiente de feria barata. Si el castillo se llama Bran y el autor de la novela es un tal Bram, algo en común debe de haber…
El supuesto castillo de Drácula al fondo y varias atracciones para turistas en primer plano
Como muestra de la complicada historia de la región, el castillo de Bran fue construido por la Orden Teutónica, que suena muy a alemán, pero quedó en manos del rey Luis I de Hungría, que lo remodeló para que décadas después se lo apropiaran los turcos del imperio otomano hasta que, ya en el siglo XX, quedara incluido en el territorio rumano gracias a los complicados pactos de la I Guerra Mundial. Para terminar de liar la madeja, el castillo pertenecía a Dominiq Von Habsburg, que era el descendiente directo de la princesa Eliana y de la reina María de Rumanía, a quienes la ciudad de Brasov regaló el castillo, aunque era un descendiente un tanto venido a menos porque vivía exiliado en Nueva York y era ingeniero. El bueno de Dominiq recuperó el castillo en 2006 de manos del gobierno rumano, el mismo que se lo expropió durante los años del comunismo, pero fue recibirlo y estuvo a punto de venderlo a Roman Abramovich, el acaudalado ruso dueño del Chelsea, aunque el negocio no llegó a buen puerto y ahora permanece abierto al público para mayor loa de sus antepasados pero no de la leyenda del tal Drácula. Dominic Von Habsburg, que para mayor enredo está emparentado con los pretendientes al trono carlista de España, había vivido en el castillo de Bran los primeros diez años de su vida pero la revolución comunista le arrebató el imponente edificio y los recuerdos de su infancia. Sin castillo, sin corona, sin primos ibéricos bien situados, el último habitante del castillo draculíneo se marchó a los EE.UU para rehacer su vida.
En su retiro de Nueva York, el pobre ingeniero pasó décadas tratando de convencer a sus amigotes norteamericanos de que el castillo, su castillo, no fue el hogar de ningún vampiro y que los murciélagos que se colaban por las ventanas de las almenas no chupaban la sangre ni atacaban a las desvalidas vecinas de la localidad. Los vecinos de Bran, por su parte, no están tan convencidos, y aunque lo estén, qué importa, no pueden dejar pasar la oportunidad de tanto turista engatusado con la leyenda: en aquella tienda se venden esqueletos de cartón, allí máscaras de un Drácula de goma, en el ambiente flota un nosequé a feria vampiresca. En el restaurante donde me decido a comer, los dueños celebran con palmas mi nacionalidad, ‘España’, pronuncian emocionados, ‘mi hijo vive en Madrid’, masculla la señora mientras me abraza y su marido me acerca unas fotos de un forzudo rapado al uno con aspecto de sicario: ‘es portero en una discoteca’, me confirman los abuelos mientras me sirven otro licor de ciruela, que aquí llaman tuica.
Los alrededores del castillo de Bran son pintorescos y este vecino consiguió salir en todas mis fotos
Yo mismo a las puertas del castillo, con aspecto vampiresco y mucho frío
Claro que la leyenda hunde su disparatado argumento en un no menos disparatado monarca de una Transilvania que luchaba por salir del medievo. Los súbditos que tuvieron la desdicha de vivir en el reino de la Valaquia durante el siglo XV debían de prestar mucha atención a lo que hacían y decían porque su rey no les pasaba ni una. El monarca se llamaba Vlad y no soportaba a los ladronzuelos, a los mentirosos ni a los adúlteros. Su aspecto era fiero, a pesar de que su estatura le hiciera resultar un tanto tapón: tenía una mirada fulminante, las cejas negras y tupidas, un gran bigote y unos pómulos como de mongol, un cuello grueso de toro y, como remate, una melena larga y rizada. Vlad no sólo era intransigente con la mentira y el robo sino que estallaba en cólera con los súbditos que osaban caer en esos pecadillos: los empalaba. De ahí el sobrenombre con el que aún hoy se le recuerda, Vlad, el Empalador. Porque Vlad, empalaba. Es decir, introducía por el recto de sus víctimas un palo de más de tres metros y lo levantaba para que el desgraciado muriera lentamente, colgado como un chorizo a la brasa mientras la madera se hundía en sus entrañas. Las cifras de sus castigados bailan según los historiadores pero, y en el mejor de los casos, al menos cuarenta mil personas perdieron la vida así, una cifra horrorosa que se multiplica en la versión más exagerada, que asegura que fueron cien mil los empalados.
Con semejante curriculum no es de extrañar que el cruel Vlad, recuerden: el empalador, pasara a la historia, y no sólo la Historia de los historiadores sino a la de las leyendas y cuentos de miedo: Vlad III Draculea, el hijo de Vlad Dracul, miembro de la orden del Dragón. Claro que los aterrorizados súbditos no creían en más dragón que el demonio y el demonio tenía su propio nombre: Dracul. A decir verdad, entre un dragón y el demonio de los antiguos pórticos eclesiásticos no parecía haber mucha diferencia, y si falso era el dragón de San Jorge, no menos falso resultaba el demonio que tentó a San Miguel. Los rumanos del siglo XV, por su parte, no tuvieron duda: Vlad el Dragón era lo mismo que Vlad el Demonio y el hijo de un Vlad demoníaco no podía resultar menos demoníaco, sobre todo después de meterle un palo por el culo a la mayoría de sus vecinos. Un ejemplo de esta pasión anal se dio en un ataque del ejército turco, cuando el enérgico Vlad visitó a los derrotados en lo más parecido a un hospital de campaña de la época: a los heridos en pecho y rostro los felicitó por su valor, a los heridos por la espalda los consideró cobardes y terminaron, ellos también, empalados y decorando, siniestros, los caminos. Vlad debía de tener un mente sádica digna de alguna película de serie B, de esas gores: como si empalar no fuera lo suficientemente entretenido, el rey Dracul se entusiasmaba con otros métodos no menos crueles: amputación de narices, orejas, brazos, manos, vaciado de ojos con ganchos, con cucharas, castración traumática, desollamiento y hasta el desencaje de las mandíbulas.
El peculiar Vlad tuvo, no obstante, el firme y menesteroso empeño de acabar con la pobreza. ¿Y qué mejor manera de acabar con la mendicidad que ejecutando a los mendigos? Dice una leyenda que una vez invitó a comer y beber a todos los pobres de una región en una gran casa y cuando los tuvo borrachos y ahítos cerró las puertas y le prendió fuego. Los gitanos fueron también sus víctimas principales, unos individuos que reunían todas sus fobias: mendicantes con fama de ladronzuelos e incapaces de mostrar respeto por un fantoche de su calibre: dicen las crónicas que murieron por miles bajo su mandato.
Vlad no fue solamente un monarca cruel con los suyos. Si era capaz de enhebrar a sus feligreses imaginen lo que podría hacer con sus enemigos. A los turcos, por ejemplo, los sometió al primer ejemplo moderno de guerra biológica: reclutó a los sifilíticos, leprosos, tuberculosos y enfermos de viruela y los envió como refugiados civiles al lado otomano. A unos emisarios del gran Sultán, procedentes de Estambul, que no vieron la necesidad de descubrirse sus turbantes los devolvió con las telas clavadas a los cráneos. ¿Y qué decir del desgraciado Dan, el hombre que intentó derrocarlo? El simpático Vlad le hizo cavar su propia tumba, presenciar su funeral y acabar, cómo no, sentado sobre un palo hasta su muerte. Más anécdotas del sádico Dracul. 
Vlad, que comenzó su adolescencia como prisionero de lujo de los turcos cedido por su propio padre como señal de buena voluntad, acabó su vida luchando contra ellos como adalid de la cristiandad contra el maligno mundo islámico y tanta fama se ganó que el propio Ceacescu lo nombró héroe nacional en los años setenta, un nombramiento que provocó un temblor en las miles de tumbas anónimas de sus empalados y descuartizados y asesinados. Vlad, eso sí, no pudo plantar cara demasiado tiempo al poderoso ejército turco y se vio obligado a exiliarse en el cercano reino de Hungría, donde lo metieron en una cárcel durante doce años, tiempo que pasó (dicen las crónicas) ejecutando su principal afición: empalando ratoncillos y pajaritos para no perder presteza. Al salir volvió a luchar contra los turcos pero, tal vez porque ya había asesinado al veinte por ciento de sus súbditos, cayó muerto en una emboscada y su cabeza colgó de una estaca en el centro de Estambul como recuerdo de tan nefasto paso por la humanidad. A decir verdad, las extravagantes pasiones sádicas de Vlad Tepes son entretenidas de leer y son infinidad los libros que se recrean en sus torturas y en su despreciable existencia, puedes ver algunos aquí: La historia secreta de Satán, Mala gente, Mentes criminales o Drácula, el vampiro de Transilvania.