Este post se ha leíd6624veces

Los independentistas del FRETILIN me despiden camino del aeropuerto
El 20 de mayo de 2002 el planeta Tierra se despertó muy temprano con un nuevo inquilino sobre su superficie. Los locales llamaron a su nueva nación Timor Lorosae, o Timor del Sol Naciente, aunque el resto de la humanidad coincidió en que lo llamaría Timor Oriental, para distinguirlo de su país paralelo, Timor Occidental, una región en manos de la metrópoli, Indonesia, que había ordenado también los designios de la nueva nación hasta 1999. Llegué a Timor Oriental procedente de Bali en las últimas semanas de ese pseudoimperio, en un vuelo medio vacío y con la inquietud del que creía dirigirse al fin de los mundos. En la isla de Java la gente dejaba de sonreir cuando escuchaba mi destino, se llevaban una mano a la garganta, decían que perdería la cabeza y que en Tim Tim, como le llamaban, encontraría el mayor de los sufrimientos. Y, claro, con ese panorama, concluí que sólo un inconsciente, o algo peor, querría llegar a semejante isla. Pero me dije que sólo un cataclismo evitaría que llegara a la capital: Dili. Un vuelo de Garuda me trasladó de Denpasar, la capital balinesa, al aeropuerto de juguete, y rodeado por ejércitos de cabras, de la capital de la región díscola. Timor Oriental. Una región que soñaba con recuperarse de veinticinco terribles años de guerra y que ahora sueña con erradicar la miseria que tiene a más de la mitad de su población bajo los umbrales de la pobreza y sin saber juntar dos letras en un papel.
La mitad de los timorenses vive bajo los umbrales de la pobreza

 

La primera fue en la frente. Alegre y despreocupado me colé en la isla sin saber muy bien para qué ni por qué. El primer intento de reservar habitación en un hotel terminó con una sonora carcajada del recepcionista: entre prensa y personal de la ONU no cabía un alfiler. El segundo intento naufragó entre miradas inquisitivas de ‘este tío quién es’. Al tercer intento en un tercer hotel me convencí que la tarea era titánica: ya no había más hoteles en aquel Dili. Recordé entonces mi recién adquirida amistad con un muchacho de Yakarta, Andreas Peresthu, hijo de un importante cargo en el ejército indonesio. ‘Si tienes algún problema, llámame’. Y lo llamé. ‘Dame cinco minutos’, me tranquilizó desde el otro lado de un teléfono digno de Mortadelo y Filemón. Efectivamente: en cinco minutos, Andrea llamó desde Yakarta, convenció al recepcionista para que encontrara una habitación donde fuera para una noche y me enviara, al día siguiente, a un convento hospital en el centro de la ciudad. Siempre que aquello pudiera considerarse el centro y Dili una ciudad. Dejé la mochila y me dirigí entonces a la playa, apenas a veinte metros de la recepción, pisé la arena de Timor, vi los restos de las naves japonesas que enseñorean la bahía y el mar de Timor y dejé rodar una lágrima por la mejilla: lo había conseguido, estaba en Timor Oriental, ¿podía haber algo más bello?, pensaba: ‘señor, ni se le ocurra bañarse’, me aconsejó una muchacha, ‘el agua es radioactiva y además hay conchas venenosas que si te pican te ahogas’. Mis lágrimas aumentaron su raudal y aún tuve que dar las gracias a Andrea por no pernoctar en plena calle, a merced de los grupos de paramilitares que torturaban las noches locales.

Sólo el 5% de los timorenses son musulmanes: más del 90% son católicos, al estilo portugués (o sea, católicos)

 

La isla de Timor estuvo en manos de los portugueses desde principios del siglo XVI, cuando se apoderaron de la zona con la emoción del que encuentra un tesoro. A pocas millas se encuentran las islas Célebes y las Molucas, las islas de las especias, y en Timor, Sumba y Flores los portugueses, además, encontraron abundantes árboles de sándalo y una posición estratégica para evitar la invasión de sus vecinos europeos. La primera expedición en completar la vuelta al globo, la de Juan Sebastián Elcano, se topó con los lusos en las Molucas sinceramente enojados al ver que los españoles habían encontrado una segunda ruta en un mundo que hasta entonces se presumía plano. Juan Sebastián Elcano consiguió escaparse y llegar a Sanlúcar de Barrameda con otros diecisiete marineros pero los portugueses convirtieron en un infierno la vida, entre otros, del jerezano Ginés Mafra, cronista de la epopeya y encarcelado en húmedas jaulas durante larguísimos años, primero en Banda, más tarde en Goa, finalmente en la cárcel de Limonejo, en Lisboa.

Proindependentistas del FRETILIN

 

De la historia portuguesa quedaba, además de algún inesperado campesino con bigotito al estilo Algarve, los carteles en portugués (agujereados por balas) y las mansiones típicas del sentir luso: sus balaustradas ceremoniosas dando espacio al patio de las fincas cafeteras de principios de siglo, unas conchas de cemento a medio derruir al final de la playa de Dili, donde los pudorosos bañistas de cincuenta años atrás se desnudaban antes de sumergirse en las turbias aguas del mar de Timor, el paseo marítimo de la capital, chorreando saudade desde el asfalto rajado de la carretera hasta los restos de aquel submarino nipón hundido por el ejército norteamericano.

Mansión portuguesa en Liquisa en manos de tropas internacionales de la ONU

 

Lo primero que se veía abiertamente era la división de los timorenses. El general Suharto invadió la isla en 1975, apenas una semana después de que Portugal concediera la independencia a este remotísimo eje cafetero: el 29 de noviembre la revolución de los claveles alteraba un tranquilo lugar que no conocía esa flor ni en fotografías y el 7 de diciembre las tropas de Suharto entraban en Dili y convertían la región en la vigésimo séptima provincia de la inmensa Indonesia. Una invasión que no gustó nada a los timorenses, que se veían reyes de su tierra y dueños de un futuro revolucionario: los miembros del FRETILIN que yo encontré vestían camisetas del Che Guevara y de Bob Marley, escuchaban reggae y tenían pinta de ejército ‘enrollao’ aunque con miradas torvas y duras, producto de veinticinco años de resistencia a un poderoso ejército. Suharto ordenó destruir las aldeas de los belicosos Tetum, los originales habitantes de la isla, una extraña raza que me parecía a mitad de camino entre los mulatos de Santiago de Cuba y los aborígenes del desierto central de Australia. Los militares indonesios se tomaron muy en serio eso de destruir a los enemigos y esparcieron napalm por los frondosos bosques, arrancaron los cultivos, fusilaron a familias enteras (y tanto fue su fervor que incluso ejecutaron a cuatro periodistas australianos en una tragicómica historia que terminó con los cuerpos de los plumillas disfrazados de guerrilleros del FALENTIL y enterrados varios veces en distintos lugares porque los soldados indonesios no se sentían seguros de lo que habían hecho).

Los guerrilleros independentistas tenían pinta de ejército de Che Guevara

 

Dicen que es uno de los grandes genocidios del siglo XX, junto al de los armenios, el de los judíos y el de los tutsis ruandeses: al menos 220.000 timorenses murieron por culpa del ejército indonesio, la mayoría por hambre y enfermedades causadas por los desplazamientos y reclusión de la población civil, pero también por bombardeos, ejecuciones sumarias y torturas. Un récord porque el censo de Timor Oriental ascendía a poco menos de 650.000 personas: una de cada tres murió a manos del invasor. Claro que las cifras pueden mentir: hay quien habla de 300.000 víctimas mortales, además e los 60.000 refugiados, lo que incrementaría la ruindad de esta colonización. Cifras cambiantes que aseguran que los refugiados eran muchos más: hasta 200.000, la mayoría en Timor Occidental, que sólo se atrevieron a regresar tras la proclamación de la independencia. Las matanzas de Timor Oriental nunca tuvieron mucha repercusión porque los altavoces de la sociedad internacional estaban en el lugar equivocado: los Estados Unidos, con Henry Kissinger al frente, apoyaron sin fisuras la lucha anticomunista del general Suharto, que perdió entonces los papeles de la decencia mínima y ordenó destruirlo todo. Los guerrilleros de Timor contaban con el apoyo de China pero entre las virtudes de Pekín no se encontraba la libertad de prensa así que los pobres timorenses no pudieron contar con más apoyo mediático que el de los periodistas independientes (que tampoco tenían fácil entrar en la isla). Kissinger tenía pánico a que se le repitiera otro Vietnam en la región y los hombres de Suharto pasaron a cuchillo a la población tetum y también liquidaron a otro millón de ‘comunistas’ de la isla de Bali (aunque las crónicas oficiales nunca aceptaron más de medio millón de víctimas, Andrea aseguraba que la cúpula militar barajaba más de un millón de muertes).

Soldados indonesios destinados en Timor Oriental

 

Un invasor que me trató muy bien, todo sea dicho. Los soldados me acariciaban el lomo, como si fuera un perrito pachón, los colonos indonesios me ofrecían tazones de arroz y los paramilitares de mirada torva y oscura se ofrecieron a posar ante mi objetivo con una forzada naturalidad y un desparpajo que me dejó grandes momentos fotogénicos y una invitación de Javier Sardá a su programa (que nunca se llegó a materializar, por cierto). La cosa es que en la isla los partidarios de uno y otro bando se cruzaban por la calle sin mirarse las caras e incluso sentados en un mismo banco dos tipos me hablaban uno en portugués y el otro en inglés dejando claro su posicionamiento. ‘Somos amigos’, decía uno, ‘pero si mañana hay problemas…’ y me los imaginaba al pronto dándose de machetazos en mitad del asfalto de la carretera.

Independentistas del FRETILIN

‘No queremos indonesios aquí: en mayo asesinaron a mi mejor amigo, en abril ya había caído otro y en marzo otro más…’. Arsenio Gonçalves me enseña una gran cicatriz a la altura del bíceps. ‘A mí también quisieron matarme’, dice mientras me mira con unos ojos negros como la noche, ‘pero yo sé cuidarme’. Arsenio viste abrigo azul con símbolos de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional de Timor Oriental, FALINTIL, un abrigo exagerado para el calor tropical que hace en esta latitud. ‘Así puedo llevar mi pistola sin que nadie lo note’, dice cándido y me imagino a los soldados agradecidos persiguiendo tan sólo a los abrigados de la isla. No lejos de allí, un grupo de jóvenes con aspecto indonesio me saluda al pasar. ‘Mi nombre es Emilio Ximenes’, dice uno entre carcajadas y los demás estallan en tremenda risotada. ‘El mío es Xanana, Xanana Gusmao’. Son milicianos proindonesios y están de broma las criaturitas. José Alexander Xanana Gusmao era el líder de la oposición y llevaba entonces veinte años en una prisión de Yakarta por encabezar la rebelión del pueblo timorense. Su nombre era ya entonces un mito entre los independentistas, su imagen a los Che Guevara encabezaba cualquier manifestación y todos le consideraban el presidente honorario del país que no existía. Emilio Ximenes tenía otro apellido más: Belo, y era obispo, el Obispo Belo, nada menos que premio nobel de la paz en 1991, junto al exilidado José Ramos Horta, por liderar la oposición pacífica a los indonesios.

El premio nobel de la Paz, el obispo Belo, saluda a Megawati Sukarnoputri, futura presidenta de Indonesia

Domingo Soares era el líder de los milicianos de la región de Liquasa. Sus hombres, machete en mano, recorrían los caminos entre los poblados atravesando extensos cafetales, la principal riqueza de la isla. ‘Durante años las potencias extranjeras han prometido ayudas pero nunca aparecen por aquí’, me comentaba. El espectáculo de los milicianos en el monte era realmente pavoroso: con machetes de más de medio metro lo mismo cortaban matas de café que los cuellos de sus enemigos. Incluso sospechaba que no entendían la diferencia entre pertenecer a la República de Indonesia o montar un país desde cero. En Liquisa campaban a sus anchas los paramilitares del BMP (Besi Merah Puti, los colores de la bandera indonesia, rojo y blanco) y cometían algunas de las peores matanzas de la isla. ‘En el lago de Liqasa arrojan los cadáveres de sus oponentes para que se los coman los cocodrilos’, me comentó un agente de la ONU que, cosas de la vida, era de Galicia. ‘Cada día nos llegan noticias de secuestros y asesinatos pero la mayoría de las veces no llegamos ni a verlos…’ En la fina más burguesa de Liquasa vivían los agentes de la ONU emplazados a la zona: dos de ellos eran españoles. María Pérez Iribarne, catalana, y Paco Navares, gallego, ambos miembros del cuerpo de la Policía Nacional española. Un auténtico desvarío encontrarse en una latitud tan remota con dos españoles de uniforme. Dormían vestidos, porque los paramilitares les atacaban de noche y no tenían armas para defenderse. Habían enfermado de malaria y una vez incluso deambularon durante días por la isla porque la carretera de huida a Dili estaba ocupada por los proindonesios. No eran los únicos españoles: tres guardias civiles y otro policía nacional a los que nunca llegué a ver. Con Paco y María recorrí la región para conocer la situación y la tensión podía cortarse con un cuchillo de palo. En una colina se produjo el momento más complicado: un grupo de paramilitares caminaba lentamente cargados con troncos y enormes machetes. Paco y María convivían con otros cuatro agentes, uno de ellos, según me dijo, encargado de hacer los retratos robot en la policía de Nueva York: y para demostrarlo, se marcó un retrato de Paloma, una amiga del Puerto de Santamaría que tuvo el extraño honor de convertirse en la única turista del país en guerra.

El agente neoyorquino hace un retrato de Paloma
Paloma, la única turista en una isla en guerra
María con un grupo de escolares timorenses
Paco Navares vigila la formación de una mesa electoral en el referéndum de 1999
Paramilitares de la región de Liqasa, la región donde malvivían los agentes españoles

 

 

Las protestas internacionales habían crecido en estos años, desde la invasión del 75 porque, a pesar de la oscuridad que rodeaba todo lo relativo a la isla, las muertes resonaban por el espacio cósmico y hasta Washington tuvo que pedir cordura antes de que no quedara nadie. En 1989 el papa Juan Pablo II visitó la isla para exigir que acabara el baño de sangre pero en cuanto hubo abandonado el país los soldados indonesios volvieron a disparar a todo el que se había señalado con algún gesto independentista. La ONU sudó sangre para conseguir que Yakarta, o Suharto, que era lo mismo, aceptara un referéndum para que los habitantes de Timor decidieran su destino. Durante años, los indonesios enviaron colonos por miles para desequilibrar la balanza poblacional pero el referéndum no dejó ninguna duda: acudió el 98% de los vecinos y el 78.5% a favor de la independencia. La campaña de los autonomistas (Yakarta ofrecía una mayor autonomía dentro de la república) fue un fracaso y los partidarios de la bandera blanquiroja se lo tomaron tan mal que destruyeron la isla casi por completo. Las calles que yo había recorrido unos días antes desaparecieron, desplomaron los edificios, incendiaron las sedes oficiales y pasaron a cuchillo a todos los sospechosos de secesión. Suharto concluyó que estaba ‘harto de aquel pedregal’ y retiró poco después sus tropas para que, el 20 de mayo de 2002, naciera un nuevo país, herido y desfigurado, Timor del Sol Naciente.

Un agente de la ONU agotado tras pasar lista entre el vecindario de una población de Timor Oriental

El día de mi partida, días antes de que se desencadenara la última e irracional violencia, acudí a un acto de exaltación de la bandera del país en ciernes. Nunca había asistido a un acto con tanta carga emocional y, al tiempo, tan desastroso. Sobre una tarima, un grupo interpretaría las notas del himno de un país que no existía. En mitad del jardín, un timorense ataviado con el traje típico entonaría una sentida nota de trompeta mientras unos muchachos izaban la bandera. El trompetista se preparó para la nota más importante de su vida. La bandera comenzó a subir hacia el límpido cielo del mar de Timor cuando la mitad del instrumento salió despedido por los aires. El trompetista, seriamente azorado, partió en pos del pabellón, que había aterrizado varios metros más allá. El público contenía no la risa sino las lágrimas: eran casi veinticinco años de guerra lo que tenían en sus cabezas. La escena volvió a repetirse: la bandera volvió a ascender majestuosa, el trompetista consiguió que su nota se elevara incluso por encima de la enseña. Pero algo iba mal: la bandera estaba al revés. El trompetista detuvo su esforzada nota, la bandera volvió a descender. Cuando todo parecía enderezarse (la bandera al derecho, la trompeta entera y la nota sonaba incluso musical) el grupo que esperaba sobre la tarima dejó oír los primeros compases del himno nacional interpretado a piano. Pero la tarima cedió, el piano rodó por el verde césped y el grupo de músicos aterrizó, también ellos, a unos metros de su enclave original.

El trompetista, afligido por la explosión de su trompeta, escucha el himno nacional con emoción contenida: abajo más imágenes de aquella primera izada de la enseña nacional de Timor Oriental
Mientras que los independentistas lloraban a moco tendido escuchando su himno y recordando a sus muertos, los proindependentistas contraprogramaban con un concierto a favor de la integración en Indonesia y una pretendida autonomía. Los colores blanco y rojo relumbraban por doquier y un grupo de música rock interpretaba horribles versiones de piezas occidentales bajo un sol que caía a plomo. Los paramilitares tenían cierta propensión a adornar los caminos y los arcenes de las carreteras con las cabezas cortadas de sus enemigos, una ancestral costumbre en el Pacífico y alrededores que aún se sigue practicando hoy día en lugares como la cercana Borneo. Claro que viéndolos de fiesta uno no podía sospechar que la tomaran tan a la tremenda. Pocos días después de mi marcha de la isla asesinaron a un periodista holandés, Sander Thoenes, ( http://www.memorialforsander.org/) encabezados por dos soldados, uno de ellos de nombre portugués: Camilo Dos Santos…
Desde el inicio de su andadura como país independiente, Timor Oriental ha estado en manos de Xanana Gusmao, el antiguo guerrillero del FALENTIL, un humanista amante de la pintura y la poesía que no ha conseguido, sin embargo, mejorar el nivel de vida de los timorenses. Ahora Xanana podrá volver a lo que más le gusta: pintar puestas de sol, las fantásticas puestas de sol de Timor, con sus cocodrilos marinos, sus conchas ponzoñosas, el pan de azúcar que domina la bahía desde una colina y los restos de los submarinos japoneses hundidos en el mar de Timor.