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Crece la hierba rala hasta donde se pierde la vista. El terreno es plano, aunque el horizonte se eleva para formar una pequeña estribación que alivia la mirada. El suelo es infinitamente llano, surcado por leves desniveles. Algunos pájaros sobrevuelan el inicio del verano en la estepa. Y nada más. No hay un árbol, un río, una nube, un arbusto. Bueno, sí: hay cruces dispersas, algunos monolitos, placas conmemorativas. Y bajo esas ondulaciones hay exactamente siete mil setecientas personas que murieron de frío, de hambre, de un disparo, de un golpe de tos.

‘Cuidado donde pisa’, me dice el taxista, ‘esto está lleno de muertos’. Si alguno resucitara miraría asombrado a su alrededor porque ya no hay barracones, alambradas de púas, torretas de vigilancia. Ya no hay soldados armados, perros rabiosos, sombras fantasmales de costillas marcadas y ojos hundidos. No queda nada de una pesadilla. Se ha disuelto con el tiempo. Ha desaparecido. Sólo hay estepa.

Lo que queda de Spassk desde una de las fosas comunes

¡Y eso que entre 1930 y 1950 pasaron por estas instalaciones más de 66.000 prisioneros de 40 nacionalidades! ¡Eso sin contar los propios soviéticos!

Si ya son desesperantemente tristes los campos de trabajo y de exterminio nazis que permanecen en pie porque puedes hacerte una idea del infierno que sus prisioneros sufrieron en vida, aquí ni siquiera hay eso. ¿Cómo sería el gulag de Spassk? ¿Y el de Kok-Uzhek? ¿Cómo eran sus barracones, sus patios, sus campos? ¡Se han perdido en la memoria del tiempo! Sólo quedan esas cruces que parecen puestas al azar y esos monumentos con caligrafías tan variadas como lenguas hay en la estepa. Hay placas en cirílico que hablan en ruso pero también hay cirílico que hablan kazajo. Hay placas en coreano porque Stalin se trajo a los coreanos del confín imperial de la Unión Soviética. Hay placas en árabe, en japonés, en inglés y en francés. Hay placas escritas en alemán, en chino, en rumano, en polaco.

Y, por supuesto, hay un monolito con su placa escrita en castellano. Porque este campo pelón que hoy resplandece con su hierba rala pero brillante en su verdor hace décadas fue el hogar de decenas de españoles que padecieron lo indecible en ese poblado fantasmal que apenas puedo imaginar.

Spassk y Kok-Uzhek formaban parte de un amplio entramado de campos de trabajo llamado Karlag. Un entramado infernal de esclavos que originó incluso una ciudad que hoy asombra por sus grandes avenidas, jardines, alamedas y parques. Karaganda. Los españoles fueron, fuimos, una anécdota en esta cruel historia porque tan sólo pasaron por aquí 152, sobre todo gallegos, de los que 14 murieron y 138 sobrevivieron, aunque podrían ser más porque los archivos aún no se han desclasificado del todo. ¡Qué exiguas cifras para un repaso histórico! Hay que centrarse en otros pueblos para conocer la dimensión de este parque conmemorativo de la ignominia.

El gobierno de Kazajistán entregó en 2013 las fichas de los prisioneros al gobierno de España y sólo así pudimos saber, por ejemplo, que el gallego Constante Vicente Giráldez sobrevivió gracias a su habilidad para hacer pan blanco para los oficiales soviéticos y que de cuando en cuando recibía mantequilla, un trozo de jabón y hasta tabaco. O que el vasco Agustín Llona Menchaca excavaba túneles en la nieve para ir a visitar a sus compañeros de otros barracones porque cuando aquí nieva, nieva de verdad. Todos hablaban de que el hambre les hacía la vida imposible pero que más hambre tenían los lobos que merodeaban aullando las alambradas inoculando el miedo en las venas de los esclavos. Los recuerdos de José María Bañuelos los contó él mismo cuando tuvo el coraje de volver al escenario de sus peores pesadillas con 84 años a cuestas: ‘robé un mono y 200 gramos de pan y me condenaron a ocho años de trabajos forzados’, contó a quien quiso escucharle.

En Spassk coincidieron prisioneros españoles de lo más variados. Había miembros de la División Azul que al mando de Muñoz Grandes se aliaron con los nazis para invadir la URSS pero también hijos de republicanos enviados a Moscú en plena guerra civil. Recuerdo entonces los prisioneros asesinados en Stutthof, un campo nazi al norte de Polonia, donde varios españoles murieron por llegar tarde al trabajo. ¡Cuán parecidos son los extremos!

El monolito español ha sido sufragado por empresas españolas radicadas en Kazajistán. Un recuerdo para los españoles que estuvieron en este gulag ya fantasma pero que en todo el sistema soviético rozó los cinco mil prisioneros. Para los susceptibles: sólo 464 eran nacionales, el resto eran republicanos que huyeron de Franco para caer en la paranoica tela de araña de Stalin. De hecho, en este campo fantasma de Spassk hubo 127 soldados de la División Azul pero también pilotos y marinos republicanos, prófugos del régimen franquista, niños de la guerra enviados a la URSS para alejarlos de la guerra…

Karlag se inauguró en 1930, apenas rompiendo la primera de las grandes purgas de Stalin. Y su irrupción en la política soviética supuso una institución crucial para expandir la economía gracias a las granjas colectivas, el trabajo en las minas y en la industria pesada. Spassk comenzó como campo de trabajo pero pronto se le encontró otro cometido: primero como campo para inválidos, años después como campo de prisioneros de la Segunda Guerra Mundial

Según testimonios de bálticos que trabajaban en la morgue de Spassk sesenta prisioneros morían al día durante los meses de verano y más de cien en los de invierno. Los internos sólo podían recibir dos cartas al año pero a veces les castigaban destruyendo la correspondencia o escondiéndosela. Spassk formaba parte de Steplag, unos campos regulados por un régimen especial de 1948 para canalizar la fuerza humana en trabajo esclavo. Eran campos aislados, lejanos de todo, con su propia administración que sólo respondía ante Moscú, guardias especiales, y un trabajo a realizar en lugares especialmente difíciles. En Spassk hubo un campo de mujeres con unas tres mil de las quince mil plazas que tenía oficialmente, un campo separado de los hombres por un alto muro que no obstante no impedía que ellos y ellas se comunicaran tirando piedras envueltas con papeles. Las rebeliones no eran raras y en una ocasión las ametralladoras asesinaron a cientos de personas en segundos cuando se arremolinaban intentando derribar las vallas.

Hasta 1931 Spassk fue el centro de la región de Karaganda gracias a unas instalaciones levantadas por una compañía anterior a la Revolución: los barracones y cobertizos se aprovecharon para hacer un campo de trabajo. Y meneo la cabeza porque aquí, insisto, no hay nada más que hierba cortita y treinta kilómetros atrás hay una ciudad que ha crecido hasta convertirse en una gran ciudad. El campo de Spassk acogió en un principio, como dije anteriormente, a inválidos y enfermos. Pero en número difícil de creer. Tanto que hay una fosa común sólo para ellos. En Archipiélago Gulag Alexander Solzhenitsyn describía Spassk como la ‘Invalidka nacional’ de los campos especiales. ‘A Spassk se enviaban inválidos, inválidos acabados, que ya renunciaban a utilizar en sus campos. Pero, ¡asombroso! Al pisar la salutífera zona de Spassk, los inválidos se convertían de golpe en productores útiles. Para el coronel Chéchev, jefe de todo el Steplag, la sección concentracionaria de Spassk era de las preferidas. Al llegar aquí de Karaganda en avión, tras hacerse limpiar las botas en el cuerpo de guardia, este hombre rechoncho y maligno recorría la zona fijándose en quién no estaba todavía trabajando. Gustaba de repetir: ‘Inválidos, en todo Spassk sólo tengo uno: le faltan las dos piernas. Pero hasta ése tiene un trabajo fácil: está de recadero’. Los de una pierna se empleaban todo en trabajos sentados: partir piedras para grava, seleccionar la viruta. Ni las muletas, ni siquiera el ser manco eran obstáculos para trabajar en Spassk. Fue Chéchev quien inventó esto: colocar a cuatro mancos (dos con mano derecha y dos con izquierda) a llevar angarillas. Fue bajo el mando de Chéchev que se inventó el dar vueltas a mano a los tornos de los talleres mecánicos cuando no había luz. Era a Chéchev a quien le gustaba tener ‘su profesor’ y autorizó al biofisico Chizhevski a que montar en Spassk un laboratorio (con mesas vacías). Pero cuando Chizhevski, con los últimos materiales de desecho, ideó una mascarilla contra la silicosis para los mineros de Dzhezkazgán, Chéchev no le dio el visto bueno para producción. Trabajan sin mascarillas y no hay más que hablar. Bien ha de renovarse el personal…’ Chechev terminó en otro campo, el de Kenguir, donde murió en el transcurso de una operación quirúrgica intervenida por un tal Julián Fuster, un cirujano gallego

Pero todo cambió en 1941, cuando el campo ganó galones en el sistema de Karlag y se convirtió en el lugar donde residirían los prisioneros de la Segunda Guerra Mundial. Sin la enorme cantidad de extranjeros que llegaron de todas partes este gulag sería uno más, olvidado probablemente, perdido sin duda alguna,La orden del 24 de junio de 1941 del Comisariado Popular de Asuntos Internacionales, el diputado Tchernyshev, organizó el campo para prisioneros de guerra. Tuvo dos oficinas, separadas por quinientos metros, varios subcampos con una capacidad para un máximo de 6.000 prisioneros de guerra y 1.150 prisioneros normales. Había 19 puestos militares con 259 soldados de cuerpos especiales. Alrededor había alojamientos adyacentes hasta 100 kms con un total de 46 brigadas y 214 guardias para detener a los prisioneros prófugos. Los primeros prisioneros de guerra llegaron a Spassk el 14 de agosto de 1941, fueron 1436 personas, y en dos años la capacidad del campo se quedó pequeña y los prisioneros eran el doble. En 10 años pasaron 40.000 prisioneros de 26 nacionalidades, pero en la seegunda mitad de 1944 el número se incrementó mucho y pasó de tener en enero 2529 prisioneros a 11.583 en octubre. Ese mismo mes recibió a otros 11. Entre octubre y noviembre del 45 fueron 11608 los japoneses que llegaron en cinco oleadas.

Ya no hay nada más que estepa. Hierba rala, montículos lejanos, cruces dispersas, monolitos conmemorativos. Tierra removida en túmulos que apenas se distinguen de la estepa llana. Los muertos de Spassk no convierten este gulag en el más terrible pero sí en uno de los más singulares. Extranjeros y lisiados. Españoles de la División Azul y españoles republicanos prófugos del franquismo.