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Cuando el califa omeya Walid I decidió aprovechar los cimientos de la antigua iglesia bizantina dedicada a San Juan Bautista no sintió temblar su mano pensando que echaba por los suelos parte de la historia de Oriente Medio. No le importó que el mismísimo emperador Constantino fuera su promotor ni que aquellas piedras labradas con una cuidada caligrafía latina fueran piedras angulares en el antiquísimo templo de Júpiter Damascenus. No hizo caso a las insignias griegas que ahora se erosionan al sol en los muros exteriores, no pensó en que podría encolerizar al terrible Hadad, el dios arameo de las tormentas y tempestades, al que estuvo dedicado el templo en una más aún remota antigüedad. 

Entre nosotros: a Walid le importó tan poco demoler la historia de su tierra como a los omeyas de la actualidad derribar las columnas de su sociedad y liarse a tiros con los opositores. Tal vez Assad no tenga tanto de omeya y sí mucho de ese dios arameo de la destrucción, el terrible Hadad. ¡Y qué poco separa, en nuestro lenguaje al menos, a Hadad de Assad! ¡Y qué poco importa al circunspecto Bashir que el destino de los pilares de su pueblo, los súbditos que heredó de su padre, Hafez, no sean otros que soportar el enorme templo de la familia Al-Assad! Las columnas de hoy, las que soportaron templos sumerios, romanos y bizantinos, se tambalean en la más peligrosa amenaza que se cierne sobre Oriente Medio. Y ya no importa que la oposición esté espoleada por las potencias occidentales, como ocurrió medio siglo atrás en el acoso y derribo de Mohammed Mosaddeq en la vecina Irán, o sea, en un arranque de idealismo, una protesta espontánea y reivindicativa del pueblo sirio. Los civiles caen por decenas, a diario, abatidos por balas de fusiles, por proyectiles lanzados desde tanques, por tierra y aire.

El 20 de marzo de 1951, el primer presidente democrático de Irán, Mohammed Mosaddeq, decretó la nacionalización del petróleo, una decisión ratificada por el parlamento y el senado, una decisión valiente con la que el bueno de Mosaddeq demostraba a las potencias occidentales que no estaba dispuesto a permitir, en un país democrático, que se tratara a los obreros del petróleo como bestias de carga con sueldos de esclavitud y condiciones infrahumanas. El Reino Unido y los EE.UU pusieron el grito en el cielo, el petróleo dejó de fluir libremente hacia occidente y, curiosamente, el pueblo iraní se levantó contra su heroico presidente y terminó por derrocarlo. Mosaddeq acabó enclaustrado en su propia casa, recluido en su domicilio aturdido y sin saber qué había ocurrido para semejante desgracia. Había ayudado a sus ciudadanos, enfrentado a las potencias opresoras, había sido elegido gracias a sus discursos, perseguía una vida mejor para su pueblo. Y este mismo pueblo se levantó y lo expulsó para traerse del exilio a una familia extravagante y colocarla en el poder: al frente, Mohammed Reza Palevi, el Sha de Persia. Un tirano que volvió a abrir la puerta a las potencias extranjeras, y a sus petroleras, resucitó los sueldos de miseria y puso un espía en cada esquina para controlar a sus vecinos. Con torturas y ejecuciones si era preciso. ¡Y todo gracias a ese mismo pueblo que salió para derrocar al hombre que tanto había hecho por su bienestar! Y así, mientras Mohammed Mosaddeq languidecía hasta la muerte en su propio domicilio, el otro Mohammed, pero Reza Palevi, nadaba en los petrodólares que producían súbditos semiesclavizados al servicio de unas compañías que volvieron con un enfado monumental por el tiempo perdido. ¿Qué había pasado?
La respuesta la tenía Kermit Roosevelt, un norteamericano de sospechoso apellido y más sospechosa actividad, un Roosevelt al servicio de la CIA, del MI6 y de las petroleras, al fin y al cabo. Los pozos nacionalizados pertenecían a la British Petroleum, la BP que ilumina nuestras carreteras con sus carteles verdes. Le costó trabajo pero el resultado final fue demoledor: gracias a una cuidada campaña de propaganda, en la que arriesgó su vida en multitud de ocasiones, Kermit Roosevelt consiguió que los iraníes odiaran al bueno de Mosaddeq, se convocaran manifestaciones multitudinarias, la gente ardiera en indignación por la supuesta afiliación comunista de un señor con pinta de Mullah y terminara por derrocarlo. Y tan bien guiado fue el rebaño iraní que trajo entre aclamaciones a su nuevo pastor, el Sha de Persia, y se colocó él mismo la correa, volvió al redil y cambió el pienso de calidad por grano inmundo. Al que interese esta historia quiero recomendar un libro de Stephen Kinzer, ‘Todos los hombres del Sha: un golpe de estado norteamericano y las raíces del terror en Oriente Próximo‘, donde relata paso a paso los preparativos de esta conjura.
Basher Al Assad con el líder de Hezbollah, Nasrallah, en un cartel en el zoco de Damasco
Siria es hoy Siria porque Assad es hijo de Assad. El viejo Hafez Al Assad, un reputado aviador de ideología panarabista, formado en la Unión Soviética y adscrito al partido Baaz (qué curioso, el mismo que Sadam Hussein, pero éste en versión iraquí), llegó al poder con mayúsculas en 1970, tras haber pasado por la cartera de Defensa y por la humillación de la guerra de los seis días y el hundimiento del proyecto de una sola nación árabe bajo el paraguas de Nasser. El viejo Assad revitalizó el país con sus ideas progresistas, inspiradas muchas veces en las ideas proletarias de la extinta URSS, dotó a su pueblo de infraestructuras, construyó estaciones de electricidad, carreteras, institucionalizó la educación gratuia, apartó la religión de la primera línea del poder y se presentó al mundo árabe como un líder fuerte que aspiraba al panarabismo de Nasser pero sin el culto a la personalidad del egipcio: claro que el culto a la personalidad sería a él mismo. Su ‘Revolución Correctiva’, un golpe de estado incruento e interno en su propio partido, fue su primer engaño: sin sangre, sin golpes, sin malos modos. Y, al mismo estilo de su vecino el sha de Persia, Al-Assad organizó una poderosa policía secreta, colgó su retrato en cada esquina y consagró su patria como la máxima aspiración del laicismo. Un punto, este último, que no gustó a los Hermanos Musulmanes, una organización surgida en Egipto y que aspiraba, precisamente, a todo lo contrario.
[box title=”Hama” color=”#F5A9BC”] La mayor inquidad de Al-Assad, de las muchas que cometió, ocurrió en 1982 en la ciudad de Hama, reducto de los Hermanos Musulmanes. Dicen los que lo conocieron que Al-Assad estaba colérico con los atentados de los islamistas, unos crímenes que comenzaron en la ciudad más antigua de la Humanidad, Alepo, en 1979, tal vez espoleados por el ejemplo iraní de los ayatollas, y que aspiraban, como decía, a minar las bases del partido Baaz y colocar en la poltrona del poder al único que debería reinar siempre: Allah. Al Assad tiró del hilo de los Hermanos Musulmanes hasta llegar al ovillo: Hama. En febrero de 1982 Hafez ordenó a su ejército reprimir una revuelta de los islamistas en esta ciudad, Hama, una tarea que los militares, tal y como ocurre hoy, se tomaron muy en serio. La población fue bombardeada durante días y, según el gran reportero de Oriente Medio, Robert Fisk, al menos murieron veinte mil personas. Una cifra que el comité sirio de Derechos Humanos eleva al doble, cuarenta mil, y que el gobierno sirio siempre redujo hasta las mil. Una batalla campal en la que también perdieron la vida al menos otros mil soldados del ejército y que destruyó la ciudad vieja sin que los medios occidentales se enteraran de nada más que de sus ecos. Los testimonios hablan de torturas, mutilaciones, ejecuciones sumarias, civiles asesinados en sus camas y una destrucción bíblica que fue supervisada, para más inri, por el hermano del presidente Hafez, el inefable Rifaat. Aún hoy, treinta años después, extraña que en occidente apenas se conozca un hecho que involucró a un ejército sanguinario que disparó tanques, misiles y acudió incluso al bombardeo aéreo para aplastar una rebelión de corte islamista que, dicho sea de paso, tampoco ofrecían nada mejor. [/box]

La tragedia de Hama y del déspota Hafez, mezclada tal vez con la tragedia del persa Mohammed Mosaddeq, se reproducen hoy paso a paso en las castigadas carnes del pueblo sirio. Si ayer fue un Roosevelt el que espoleó a las masas para derribar al primer gobierno democrático de Irán, hoy es otro Al-Assad, pero este Basher, el que envía sus tanques a defender su gobierno de la masa encolerizada. Como guiño de la historia, Basher, heredero del trono Baaz que ostentó su padre años atrás, envió en junio de 2011 a la recuperada ciudad de Hama un contingente de tanques para acallar las protestas que habían sacado a las calles a cientos de miles de vecinos y, dicen las crónicas, lo hicieron como treinta años atrás: matando a decenas de vecinos. La espiral de protestas y represiones alcanza por días nuevas iniquidades: coches bombas que asesinan indiscriminadamente, soldados que disparan a las multitudes, éxodo de refugiados en Turquía, condenas internacionales y un presidente, Basher, que parece superado por las circunstancias y sin un tío Rifaat al que encomendar una masacre silenciosa que ponga punto final a una historia recurrente.
Siria alberga una amplia población cristiana y también circasianos expulsados del Cáucaso por el ejército ruso en 1864



Tan sólo la historia revelará en un futuro si detrás de las masivas manifestaciones que exigen modernización y mejores niveles de vida en Siria se encuentra una mano negra al estilo de aquella de Roosevelt o si todo se encuadra en una lógica evolución de las masas espoleadas por la primavera árabe que comenzó en Túnez. Lo único cierto es que el perjudicado vuelve a ser el pueblo sirio, maleado por sus líderes, por su posición estratégica y por la tensión que la religión ejerce sobre esta región. La esperanza que Basher despertó entre las potencias occidentales ha desaparecido totalmente y el personaje parece apagarse tragado por un destino que se le escapa de las manos. Basher, oftalmólogo de profesión, hombre de mundo que incluso había vivido varios años en Londres ejerciendo su oficio y que no tenía interés en la alta política, ha terminado atrapado por la espiral que atrapó a su padre, enviando tanques para luchar contra las masas.
Con un 40% de sirios menores de 15 años, casi un 30% del PIB dependiendo de la agricultura y uno de los ejércitos más temidos de la región, Siria es una bomba de relojería en busca de su espita para no explotar. Las amenazas son tan numerosas como desiertos tiene el país. El discurso norteamericano, que la encuadró hace años en su ‘Eje del Mal’ por sus lazos con el gobierno iraní, la presión de los islamistas suníes que aspiran incluso a instaurar un estado wahabita frente a los laicos alauitas que dominan ahora el poder, su legendario enfrentamiento con Israel, país este que mantiene ocupada una región siria como los Altos del Golán, la pobreza extendida y el omnipresente Assad, con miles de ojos secretos que te observan. Todo apunta a un conflicto latente, larvado, que ahora, poco a poco, expulsa gas.

El gobierno acusa a las potencias occidentales de querer convertir Siria en otra Libia, en querer eliminar a Basher Al Assad por sus intereses geoestratégicos como ya hiciera con Mouammar El Gadaffi para dejar espacio libre a una agresión mucho mayor, contra Irán, en lo que no sería más que otra guerra por el oro negro. Pero también acusa a Al Qaeda de estar detrás de los atentados que sufren los soldados sirios y de pretender romper el laicismo que mantiene el partido Baaz para establecer una sharia al más estricto modo wahabita saudí. Los civiles sólo ven pobreza y represión y saltan de sus casas indignados con una país convertido en paria en el panorama internacional y asolado por represión tras represión. ¿Presa fácil para la manipulación? ¿Espontaneidad encuadrada en la primavera árabe? Indignación legítima en todo caso porque todos queremos vivir sin la amenaza constante de la espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Unas cabezas que en Siria luchan por llevar un velo más o menos corto…
Interior de la mezquita de los Omeya
En la mezquita de los Omeya, en la parte vieja de Damasco, un grupo de peregrinas chiítas acuden a rezar a la tumba de San Juan Bautista. Antes visitan el relicario que guarda la cabeza de Husein Bin Ali, nieto del profeta Mahoma. Los chiítas tienen algo de andaluces en sus demostraciones religiosas: acuden en masa, se golpean las cabezas en muestra de pesar por aquella muerte, gritan, lloran, parece una romería en la que el escándalo tan sólo se ve interrumpido por el click de mi cámara de fotos. Siento vergüenza porque hago fotos en un recinto sagrado a unas peregrinas que vienen en un acto de fe. Pero, espera: ¡no! Me dicen que continúe haciendo fotos: les encantan y además se están grabando en video. Un bosque de manos se eleva sobre los velos y toma fotografías con teléfonos móviles. El nieto del profeta podría llevarse un patatús si despertara ahora, rodeado de dispositivos móviles fotografiando a un conjunto de peregrinas en estado de sofoco. Pero no, Husein no despertará porque reposa su sueño eterno en un relicario de barrotes de plata, su cabeza separada del cuerpo, ajeno a los gritos de sus fieles, ajeno a las balas de los fusiles, a los proyectiles de los tanques, a las sucias maniobras de los estrategas internacionales, a la miseria de su pueblo.