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Después de entrar en Siria sin tener la intención y verme rodeado de los rebeldes del Ejército Libre de Siria, mi empeño en volver a Turquía a través del agujerito por el que entré se vieron frustrados porque los militares lo habían tapado y uno de ellos me amenazaba con un fusil. ‘Si quiere entrar, únase a los refugiados’, me indica el soldado con cierto enfado. Uhmm, pensé en ese momento, estoy atrapado en Siria y me temo que no es ni el país ni el momento más indicado para quedarse encerrado aquí dentro. Puedes ver el relato de mi entrada en Siria aquí. Aturdido por lo extraño de mi situación y cojeando ligeramente me uno a un grupo de sirios que busca refugio en la vecina Turquía. Hay una mezcla en sus rostros de pánico a los bombardeos y de extrañeza al verme allí que no puede sino conferir un matiz cómico a este drama.
huyendo de Siria junto a los refugiados…
Tras varios intentos frustrados por colarnos por alguno de los numerosos agujeritos practicados en la alambrada, un soldado nos hace señas: por aquí, parece decir, por aquí pueden pasar. Y allí vamos, con cierto temor de que nos vuelva a enviar nuevamente para atrás. A nuestras espaldas, de cuando en cuando, pasan rebeldes con sus fusiles, están muy cerca de los militares turcos, pueden tocarse si quieren y, de hecho, charlan entre ellos en kurmanji, el dialecto kurdo de la región. Entre los rebeldes de Ras Al Ayn hay árabes que luchan contra Al Assad pero también, y sobre todo, kurdos que habitan la región y que generan tanto temor entre los políticos turcos como antes lo generaban entre la familia Al Assad y los suyos. La historia de estos kurdos sirios es ciertamente llamativa: reprimidos por el gobierno de Hafez Al Assad, que era el padre del actual presidente, de Bashir, los kurdos sirios vivían bajo estricta vigilancia, no fuera a ser que les diera por exigir la independencia como sus primos de Turquía, de Iraq o de Irán.
Pero, y al tiempo, cosas del Gran Juego y de la Realpolitik, los Al Assad, Hafez (recordemos: el padre de Bashir) pero también Rifaat, hermano de Hafez y tío de Bashir, dieron cobijo en los ochenta a un jovenzuelo rebelde que quería luchar contra el gobierno turco, un tal Abdullah Ocalan, al que dieron además todo tipo de facilidades y contactos. Los Assad querían fastidiar a los turcos, con los que siempre han tenido una rivalidad que tal vez colee de los tiempos del imperio otomano, cuando Estambul era dueña y señora de estas tierras. Ocalan y el PKK decidieron hacer la vista gorda con los excesos que cometían los Al Assad con sus primos de Siria siempre y cuando les concedieran acceso a otras fruslerías: por ejemplo, a los palestinos de la OLP, que se los llevaron a los campos de la Bekaa, en el norte del Líbano, ocupado en aquel entonces por Siria, donde el PKK se transformó de partido radical en guerrilla hecha y derecha, o a cierto armamento con el que equipar a los recién formados guerrilleros, o a varios santuarios en los que poder tomar respiro y volver a atacar al ejército turco. Así que los kurdos sirios quedaron relegados al ostracismo por mor de la gran patria kurda que tendría que venir algún día indeterminado y, según Al Assad y Ocalan, no gracias precisamente a ellos. Pero aquellos tiempos pasaron, Rifaat, el tío del actual Bashir Al Assad, vive ahora en París, sin miedo a pagar por las cuarenta mil muertes que provocó en Hama, en una revuelta muy parecida a la que ahora vive Siria, Hafez murió y ahora el pequeño, Bashir, ve cómo día a día pierde territorio en su país. Después de tantos años dando cobijo a Ocalan y de fastidiar en todo lo que pudo al gobierno de Ankara ahora los turcos parecen decir: ¡nos toca!
rebeldes árabes en Ras Al Ayn
De hecho, aseguran ciertos medios que los militares turcos trasladan combatientes árabes a lo largo de la frontera para que ataquen puestos claves del ejército de Al Assad al tiempo que destruyen las posiciones de los kurdos del norte de Siria: Ankara quiere evitar a toda costa que la desintegración de su vecino del sur conlleve una independencia de facto de los kurdos y la región pueda convertirse en un nuevo bastión del PKK, el Partido de los Trabajadores, considerado por Turquía (y por la UE, y hasta por los EE.U) una organización terrorista de la que puedes encontrar más información aquí. Bastante tienen ya, parecen pensar, con el norte de Iraq, también zona kurda y con una libertad muy amplia tras la caída de Sadam Hussein, otro bastión del PKK donde se esconden sus guerrilleros y donde los aviones turcos sueltan bombas casi que todas las semanas. Algo hay, mira aquí. Los árabes que han expulsado a los militares de Al Assad ahora luchan contra los pobladores originales de la zona, que se han organizado alrededor del PYD, el Partido de la Unión y de Democracia. Aquí puedes ver que los enfrentamientos ya tienen cierta repercusión internacional: kurdos contra rebeldes árabes.
Por fin un agujerito por el que puedo colarme
El caso es que el soldado charla en kurmanji con el rebelde a través de la alambrada de espinos mientras nosotros, pobres refugiados, esperamos al sol que nos atienda. De pronto parece caer otra vez en la cuenta de que estamos ahí, esperando su piadosa mirada. Abran las maletas, nos dice, y comienza el lento escrutinio de las pertenencias. Un señor con una kefia roja que carga una pesada maleta con ruedas saca sus cosas, tiene decenas de calzoncillos, qué digo decenas, se me antojan cientos, tal vez sea un comercial, pienso en plena insolación, puede que tuviera una tienda en Ras Al Ayn, pero espera, entre los calzoncillos lleva un álbum de fotos, el soldado lo abre curioso, todos asomamos las cabezas para descubrir que se trata de un álbum de bodas, el tipo de la kefia roja tiene varios años menos, se le ve alegre bailando con una señora que presumo será su señora, la de él, bailan bajo la atenta mirada de una multitud en un gran salón, tal vez sea Ras Al Ayn pero puede que no, no lo sabré nunca porque ahora le toca el turno a las camisas, que pasan por las manos del soldado sin que se abra ninguna, en uno de esos absurdos milagros que a nada conducen. Con la alambrada a mi espalda, y los rebeldes a pocos metros mirándome curiosos, sólo puedo pensar en qué bonita iba la novia. Al suelo caen más calzoncillos, una bata horterísima, de otra bolsa un señor saca una bolsa con cientos de papelitos que parecen confeti, todo el grupo tiene el ceño fruncido aunque les alegra verme ahí, parece que sienten que el refugiado no siempre tiene que ser árabe o negro o de ojos rasgados, que un tipo occidental también puede serlo, aunque sea por un ratito.
Un refugiado me hace una foto porque no termina de creerse que un español vaya con ellos y el soldado turco está ya hasta la coronilla de todos nosotros
Tal vez por eso uno saca el móvil y me hace una foto y pienso que en algún hogar de un refugiado sirio habrá un teléfono en el que se enseñen unos a otros mi imagen polvorienta pegado a una alambrada unido a un grupo de refugiados que huyen de Siria. A nuestras espaldas, un depósito de grano y trincheras con soldados que apuntan no se sabe a qué. Los rebeldes de la alambrada se acercan aún más, uno de ellos es un calco de Dani Alves, el futbolista del Barcelona, bromean a mi costa y no parecen llevarse del todo mal con el militar turco. Se preguntan cosas, charlan sin la acritud que el turco me demuestra a mí, que me ha requisado el pasaporte por listillo y por ir colándome por donde no debo. Cuando por fin los refugiados se han largado y la fotocopia de Dani Alves se marcha con su amigo y su ametralladora a otra parte, el soldado me recuerda que estoy retenido, que tiene mi pasaporte y que me llevará ante el oficial que ejerce de superior en la zona.
Estos refugiados sirios vuelven desde Turquía a Ras Al Aym porque la creen segura
No soy, pues, uno de esos 450.000 refugiados sirios que han salido del país desde que comenzó la guerra, prácticamente la mitad de esa cifra sólo desde septiembre. Un ejemplo: Turquía ha recibido a unos 125.000 refugiados con pinta de tales, refugiados de foto en blanco y negro que cruzan la frontera con lágrimas en los ojos y una maleta llena de calzoncillos y de fotos de boda descoloridas. La realidad es que son muchos más, y puede usted verlos en las grandes ciudades del sur de Turquía: llegan a Gaziantep, a Hatay, o incluso más allá, conduciendo sus poderosos cuatro por cuatro, familias enteras cargadas de maletas de calidad en cómodos vehículos y que luego descansarán en hoteles de, al menos, tres estrellas mientras deciden maniobrar y esperar a ver qué ocurrirá en su país. El soldado debe tener miedo de que los soldados de Al Assad les cuelen calzoncillos que no son suyos, o que los carguitos de Al Assad huyan de los rebeldes haciéndose pasar por tristes comerciantes de papelillos. Pero me temo que estos pasaron ya las fronteras sin dejar constancia en las listas de ACNUR. La frontera luce, mientras tanto, jalonada de campos de refugiados, campos como el de Kilis, de casa prefabricadas, o como los de Ceylanpinar, Osmaniye o Islahiye, este último en el limbo de la fama después de que lo visitara Angelina Jolie.
Este es el puesto fronterizo que separa Siria de Turquía y que ahora está en manos rebeldes
Lejos de parecer Angelina Jolie, recorro los doscientos metros que nos separan del puesto de control. Los soldados turcos se arremolinan para mirarme, me hablan en turco, soy una novedad absurda, un disparate proveniente del lado equivocado, me señalan unas instalaciones en el lado turco, hay prensa extranjera, debidamente acreditada, todos con chalecos antibalas azules y uniformados, esperando una señal para acudir en comandita a donde el mando turco les indique. Yo me he saltado el protocolo, les he punteado y ahora el oficial me habla de un modo duro pero en turco, que suena como más duro y, al tiempo, me provoca una feroz indiferencia. El oficial me pide la cámara: como castigo, parece decirme, te borraré las fotos que has hecho en Siria. Le pongo cara de póker, cara de me da igual todo, cara de que mi drama no llega ni a chiste en comparación con los miles de refugiados que abandonan Ras Al Aym con la inquietud de saber si quedará algo de sus hogares cuando vuelvan. Y mientras yo recibo mi rapapolvo los refugiados siguen llegando: unos vienen de Siria cabizbajos, otros salen de las calles de Ceylanpinar y se dejan animadamente Turquía pensando que ya ha pasado todo. Por fin el oficial me borra las fotos: puede usted irse, dice serio, un soldado me acompaña a la puerta, no vaya a darme por echar alguna foto más. Afortunadamente, y aunque no son nada del otro mundo, las fotos podían recuperarse…