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Yayi Bayan tuvo una visión: su hijo cruzaría las tenebrosas aguas del Atlántico para desembarcar en Europa y conseguir el sueño de tantos senegaleses: triunfar donde los blancos porque allí hay dinero. Lo imaginaba ya de regreso, cargado de regalos, después de algunos años trabajando duro para labrarse en Dakar una reputación de hombre esforzado, hecho ya todo un hombre, su bebé, su hijo. Durante esos años enviaría dinero y alguna que otra foto para que Yayi, la mujer que más lo quería del mundo, pudiera ver cómo su pequeño se convertía en el hombre que ella soñaba. Por eso Yayi recorria a diario el mercado, vendiendo pescado, recorría la ciudad, pidiendo prestado dinero, animando a su pequeño al sueño europeo, al sueño del gran capital, el de los países triunfadores. Y un día, su pequeño, su bebé, zarpó en un cayuco, una de esas embarcaciones alargadas tan características del Senegal. Y su pequeño, su bebé, animado por su madre, financiado por ella, y con el miedo en el cuerpo a fracasar y quedar mal con su mamá y con sus vecinos, agitó las manos desesperado cuando la embarcación zozobró y se vio empujado al fondo del mar. Con él no se perdía sólo una vida: se perdía la ilusión de una familia, la alegría de unos vecinos y la conciencia de su madre.
Yayi Bayan y las mujeres de la asociación de hijos naufragados en sus tareas habituales
“Yo misma le di el dinero”, se lamenta Yayi, pero enseguida se recompone y pide ayudas, proyectos, industria y comercio para desarrollar su país y evitar que los más jóvenes arriesguen sus vidas buscando un futuro que se les niega en su propia tierra. Su cambio es radical, brutal. La conciencia no le permite bajar los brazos, no le da un segundo de respiro, se responsabiliza de la muerte de su hijo, y tal vez tenga razón, aunque entre los jóvenes africanos no hay una alternativa a la emigración que ofrezca tantas posibilidades de enriquecerse y de ser alguien frente a los suyos. Una docena de mujeres, todas ellas madres de ahogados, muele sémola para elaborar cuscús y financiar su lucha. Una docena de mujeres que convencieron a sus hijos para el peligroso viaje, financiaron la aventura y lloraron, avergonzadas, sus muertes. Como Yayi. Se dirigen a las administraciones senegalesas, a las europeas, a la prensa extranjera, a cualquiera que pueda escucharlas. Una pelea que es casi una utopía pero que mantiene viva la Asociación que pelea contra lo imposible desde su humilde sede en Tiarage Mer, apenas a una hora de Dakar, la capital del Senegal. En cada madre se dibuja la vergüenza de la conciencia, las largas noches reprochándose las quejas y los lamentos que forzaron a sus hijos a dirigirse al Fin bajo las aguas.

La acción de la Unión Europea sólo logró que se desplazara el grueso de las partidas de los cayucos al sur, a la frontera con Guinea-Bissau, con lo que ello significa: más distancia, más sufrimiento, más riesgo de morir. Con el tiempo, los cayucos también distanciaron sus viajes: las condiciones del viaje eran cada vez más duras, los pilotos más hábiles habían abandonado hacía tiempo las costas de Senegal y las embarcaciones quedaban en manos de marineros inexpertos que provocaban con decisiones equivocadas cada vez más accidentes, las autoridades españolas patrullaban por doquier, desde los alrededores de las islas Canarias a las costas de Mauritania y, cómo no, los alrededores de Dakar y Saint Louis. Por si fuera poco, una extraña situación se fue extendiendo por toda Europa, una situación a la que todos llamaban crisis y que los más lenguaraces comparaban con lo que se vivía en África.

¡Crisis como la de África! Muchos jóvenes cambiaron los cayucos por largas caminatas por sabanas, bosques y desiertos, los hubo que caminaron pegados a las orillas del mar para no perder el camino, hay quien tardó cinco años en llegar. Las mujeres tenían un cien por cien de posibilidades de ser violadas por el camino, ya sabe usted: compañeros de trayecto aburridos, aquel enamorado que soñaba contigo, ese guardia fronterizo que te retuvo tres días y te usó a su antojo, aquel grupo de agricultores que encontraste en una vereda. Los hombres se convertían en bestias salvajes, traicionaban a sus amigos, robaban gallinas, dormían enterrados en la arena. Las mujeres se convertían en presas fáciles, gallinas indefensas al alcance de los colmillos del zorro.

En la playa de Tiarage Mer los jóvenes se reúnen a escuchar música y fantasear con su viaje a Europa. Un abuelo me invita amable a rezar a la mezquita, dos muchachos calafatean un cayuco, el mar escupe ramas, bidones de plástico, peces muertos. ‘Desde que las flotas extranjeras pescan en nuestras costas no hay mucho pescado’, dice un pescador que observa a los chicos con cierta envidia. Parece pensar que son jóvenes y que ya le gustaría a él también cruzar el mar y perder de vista esas redes medio vacías que a diario le defraudan.

A finales de 2006 comenzó el éxodo inverso. Cada semana, 12 vuelos procedentes de Madrid dejaban en Senegal una atónita carga humana: centenares de inmigrantes africanos que habían llegado a España en cayuco. Cuando embarcaron creían que los llevaban a otra ciudad española, pero su aventura termina donde empezaron. Se han jugado la vida para nada, y eso enciende su ira. Hay quien mira despistado a su alrededor. ‘Pensaba que me llevaban a Barcelona’, grita uno muchacho con gesto duro, mentón apretado y desesperación en sus ojos. Los deportados pasan por un periodo de depresión, pero una vez repuestos, como sea, cueste lo que cueste, lo vuelven a intentar.

Amina tiene ochenta años y una obsesión en la cabeza. Su hijo Mustafá debe emigrar a España. Ya lo ha intentado dos veces, y las dos terminaron en fracaso, pero Amina no desespera y asegura que le prestará dinero otra vez para un tercer viaje. “¿No tiene miedo de que el cayuco se hunda y su hijo muera?”. “No –responde decidida esta abuela octogenaria desde el fondo de su humilde comercio–. Dios esta con él; si no fuera así ya se habría muerto”. Amina parece vivir un estadio anterior a Yayi. Su hijo vive, y no vive sin más sino que vive después de haber hecho el intento dos veces y fracasado los dos.

Amina en su puesto de verduras del mercado de Saint Louis

 

Mustafá yace penosamente tumbado en un catre envuelto en una nube de moscas. Está deprimido y no encuentra consuelo a su pena. La casa, grande, espaciosa, amplia, pero sorprendentemente vacía, desconchada y repleta de moscas, no parece ayudarle a superar el abatimiento. Su primer intento de llegar a España terminó a manos de la policía marroquí a las mismas puertas de Ceuta. Lo detuvieron en compañía de otros senegaleses, los transportaron hasta el desierto y los dejaron abandonados a su suerte.

Mustafá me enseña su orden de expulsión y su madre, Amina, me muestra orgullosa a sus nietos

 

Mustafá consiguió cruzarlo a pie, y también Mauritania, pero estuvo a punto de morir de hambre y de sed. Trabajó duro entonces, a su regreso, para volver a reunir dinero. Se deslomó en el campo; pescó a bordo de un cayuco y ayudó a su madre en el puestecillo que regenta en un populoso mercado de Saint Louis, su ciudad natal. Cuando tuvo lo suficiente, Mustafá pagó al dueño de un cayuco para intentar, por segunda vez, llegar a España. Zarpó desde Mauritania, y tras dos días de travesía consiguió por fi n realizar su sueño. Es- taba en España, pero la policía lo encerró en un centro de internamiento para inmigrantes. “Sospeché algo –murmura abatido– cuando leí una pintada en la pared: «Si estás en esta habitación tu próximo destino será Senegal»”.

El peor momento de la deportación es este, cuando ven que no están en Barcelona

 

Horas después, Mustafá y otros cincuenta indocumentados senegaleses aterrizaban en el aeropuerto de Saint Louis, la ciudad de la que tratan en vano de escapar. Mustafá muestra su orden de expulsión, el documento que le dio la policía española y que guarda con misterioso celo. Como si se tratara de una versión africana del mito de Sísifo, Mustafá, entre sollozos, se pronuncia rotundo: “No importa. Lo volveré a intentar”. A pie de pista del aeropuerto de Saint Louis, los repatriados reciben una inyección, un bocadillo y un sonrisa por parte de los soldados encargados de vigilarlos. Tengo la impresión de que los propios soldados se imaginan también a bordo de un cayuco.

 

Playas de Saint Louis

 

Desde principios de septiembre de 2006, cada lunes, miércoles y viernes aterrizan en Saint Louis cuatro vuelos diarios procedentes de Madrid. A bordo no viajan turistas, a pesar de que la exigua industria turística del país se concentra en esta antigua ciudad colonial. A bordo sólo viajan inmigrantes indocumentados senegaleses. Policías y soldados reciben a sus paisanos con gesto hosco y fusil en mano, los dividen en dos filas, los hacen desfilar por la pista de aterrizaje y los acomodan bajo un sombrajo para protegerlos del inclemente sol africano. Tras una charla, les dan un bocadillo, un refresco y diez mil francos CFA, unos quince euros al cambio, con los que deberán, mal que bien, regresar a sus hogares, a veces distantes cientos de kilómetros. Algunos de los deportados miran confusos a su alrededor; hay quien llora. “Me dijeron que íbamos a Barcelona”, asegura Ismail. Los indocumentados, que vuelven a ser legales ahora en su país, hacen cola ante un improvisado tenderete donde reciben la vacuna contra la fiebre amarilla. Al salir del aeropuerto están indignados, más bien coléricos, y la policía intenta alejarlos del periodista español que ha venido a hacer este reportaje. Gritan entonces desde los autobuses que los trasladan a Dakar, y los vecinos de Saint Louis los reciben con la V de victoria. “Dígale a su presidente que en cinco meses como mucho estaré allí otra vez”, me espeta un chaval desde la ventanilla trasera.

Con un bocadillo y 15 euros, los inmigrantes ven acabado su sueño

Tras perseguirlos por toda la ciudad, el conductor accede a detenerse cinco minutos. Los deportados se me echan encima. Están indignados y me reprochan que el Gobierno español los haya deportado. “¿Por qué yo sí y a mi hermano lo han llevado a Madrid?”, dice uno de ellos. Otro se abalanza mostrando el dinero que les ha dado la policía. “¿Por esto he arriesgado mi vida? ¿Por quince euros?”.

Después de una persecución, consigo que detengan el autobús y bajan muy enfadados con los presidentes de Senegal y de España

De vuelta al aeropuerto, la policía sigue despachando deportados en vuelos que llegan con intervalos de unos treinta minutos. No quieren fotos, pero las toleran si no se les ve el rostro. Los deportados mordisquean sus bocadillos y rumian sus penas mientras se lamentan por no estar en Barcelona. Cheik Bamba, el jefe del partido de la oposición en Senegal, acaba de llegar al aeropuerto, y, a pie de pista, también se lamenta del drama de sus compatriotas. “Es normal que quieran marcharse –comenta–. Todos los presidentes que ha tenido Senegal se marcharon a vivir a Francia cuando dejaron sus cargos”. La obsesión de Amina, la octogenaria madre de Mustafá, es compartida por decenas de miles de senegaleses.

Desembocadura del río Senegal en Saint Louis

Ismail pertenece a una familia más acomodada que la de Mustafá, “pero con 24 años no me voy a quedar en un sitio como este”, aclara mientras los miembros de su familia, tumbados en una esterilla sobre el suelo, asienten divertidos. Ismail acaba de llegar en un vuelo desde Madrid. Creía estar yendo a Barcelona y aún no ha tenido tiempo de meditar su fracaso, por lo que todavía no ha caído en la depresión que atrapa a todos los deportados tras su vuelta a casa. “En cuanto reúna el dinero suficiente lo volveré a intentar, y mi familia me ayudará porque aquí no hay más futuro que el que ve”, asegura.

En Saint Louis, efectivamente, apenas hay futuro. Antaño fuerte comercial francés, capital del Senegal y Mauritania hasta 1958, y tradicional puerto esclavista, la antigua ciudad colonial, patrimonio de la Humanidad protegida por la UNESCO, es uno de los pocos atractivos urbanos de Senegal. Por las calles de su casco histórico se adivinan aun los fantasmas de los negreros y sus víctimas, el vil comercio que despobló la ribera del río Senegal, que desemboca aquí mismo. Fuera del centro histórico, en plena decadencia, la miseria y la superpoblación pudren el aire y convierten la playa en un basurero. Transitan las calles enjambres de moscas. Sin más futuro que un exiguo turismo, sexual las más de las veces, y una pesca que se agota a ojos vista, los habitantes de Saint Louis parecen abocados a seguir los pasos de sus ancestros esclavizados, pero ahora motu proprio y por pura desesperación. “Señora, su hijo puede morir en el cayuco”. La madre de Ismail sonríe con sinceridad cuando oye esta advertencia: “Seguro que no”.

En Tiarage Mer, la playa de pescadores de Dakar donde Yayi muele cuscus para convencer a los jóvenes de los peligros del trayecto, cientos de cayucos se preparan para un día de pesca. Alguno de ellos puede que no vuelva esta noche, comenta un muchacho. Grupos de jóvenes ven pasar el tiempo en la playa y se indignan cuando se les habla del peligro de la travesía hasta Canarias. “¡Peor es esto! –responde un adolescente vestido con una camiseta de Eto’o–. Los españoles no nos dan visa, aquí no hay trabajo y el Gobierno pone cada día más cara la gasolina para evitar que hagamos trayectos largos, pero no importa, porque vamos a ir de todas maneras”.

En las calles también se intenta, desesperadamente, sacar partido del sufrimiento. En el centro de Saint Louis, los vendedores callejeros persiguen ahora a los turistas con una súplica que encierra una amenaza: “Cómpreme algo, por favor. Si no vendo nada tendré que irme yo también en cayuco”.

Mi experiencia en Senegal sirvió para un video que se ha proyectado en diferentes festivales y que ha sido utilizado por la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía para informar sobre la inmigración y sus riesgos. Se llama ‘Volver a empezar’, y aquí os dejo un trailer.