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El 1 de abril de 1941 un gran número de civiles decidió abandonar sus hogares en el norte de Rumanía ante el avance de las tropas rusas que habían ocupado sus tierras incorporándolas a la Unión Soviética. La masa de aldeanos abandonó sus casas en Patrautii-de-Sus, en Patrautii-de-Jos (que son como Villanueva de Arriba y Villanueva de Abajo), abandonaron Cucpa, Corcesti y Suceveni, portaban banderas blancas y cruces, muchas cruces, una postrera reivindicación del espíritu religioso que insuflaba aliento a la desesperada huida. La masa humana creció conforme se acercaba a la nueva frontera, vigilada por el Ejército Rojo: entre dos mil y tres mil personas, burros que tiraban carromatos de madera, niños que lloraban porque les dolían los pies, abuelas tocadas con sus pañuelos negros, hombres rudos, de campo, campesinos sin más conocimientos que los que da la tierra, que ya son.
Pocos meses atrás, el gobierno de Rumanía se había visto obligado a ceder un enorme territorio habitado por casi cuatro millones de personas a los que nadie tuvo a bien preguntar si querían convertirse, de repente, en ciudadanos soviéticos. El pacto Ribbentrop con Molotov cedió una extensa comarca a la Unión Soviética y la región quedó de hecho convertida en parte de Ucrania, a la que sigue perteneciendo hoy. Los campesinos sólo tenían en su mente una idea: cruzar la nueva frontera y volver con los suyos, con los rumanos, dejar atrás toda una vida, sus tierras y sus hogares, y abandonar la pesadilla de un régimen que convertía sus adoradas iglesias en establos y cuadras para caballos. Al principio fueron unos pocos centenares los que se atrevieron a cruzar, uno por aquí, otro despistado por allá, unos pocos juntos que se atrevían a nadar por ese río, otros que saltaban una valla, unos cuantos más que corrían como locos por un campo helado. El goteo crecía y los soviéticos no podían creer que esos campesinos coloradotes que soñaban con popes y vírgenes no desearan vivir bajo su dominio: debían de ser kulaks, pensó alguno cuando el número se calculó, en pocas semanas, en unos siete mil. Al principio se envió a los que trataban de huir de vuelta a sus casas, luego se les declaró traidores a la patria y terminaban en campos de trabajo, pero un buen día los campesinos decidieron pagar cara su piel y guardaban pistolas con las que hacían frente a los guardias. En Fantana Alba, una noche de batalla, los soviéticos mataron a tres rumanos y capturaron a un grupo que fue deportado inmediatamente a Siberia. Sin embargo, el goteo lejos de acabarse se incrementó.

 

El 1 de abril de 1941, los civiles que antes dije iban en un número indeterminado avanzaron como una ola que lo arrastra todo, caminaban como en romería, lentos, seguros de que nadie podría detenerlos, confiados en su número y en los rumores que aseguraban que nadie los detendría por una orden de Moscú. Pero cuando llegaron a la frontera, los soldados soviéticos, viéndose desobedecidos y desbordados, dispararon a la multitud, primero tímidos, luego con miedo, más tarde desbocados, borrachos de bala y sangre. Nadie supo jamás el número de muertos pero tampoco nadie creyó jamás la cifra de cuarenta y cuatro que dieron los soviets. Los cálculos más timoratos hablan de doscientos muertos tras la primera batida con balas: luego llegaron las torturas, los campesinos atados a caballos y arrastrados hasta la muerte, las ejecuciones sumarias en las tapias de los cementerios, las terribles torturas en los camposantos judíos de la región. En unos meses, más de doce mil rumanos de la Bucovina acabaron sus días en los terribles hielos de los gulags de Siberia.

Como la historia es cíclica, o eso dicen, los vecinos de la región revivían las tensiones que sufrieron un siglo atrás, esa vez bajo el gobierno de la Sublime Puerta, el imperio Otomano, frente a la grandeza imperialista del zar Nicolás, que soñaba con un imperio ortodoxo de tamaño descomunal que englobara bajo una sola bandera, la suya, a todos los países que compartían religión, la cristiana, y no sólo eso: la ortodoxa. Lo cierto es que por una cosa o por otra, los pobres vecinos de la Bucovina, la Besarabia, Vallachia y Moldavia no han gozado de muchos periodos de paz en sus trágicas historias: es lo que tiene estar en un cruce de caminos de imperios y civilizaciones. Al menos nos dejan obras de arte impactantes, consecuencias tal vez de esos periodos convulsos, como el del crimen masivo de la frontera, una masacre que se une a otras masacres olvidadas ya en la memoria colectiva, borradas incluso de las mentes de los hijos de los supervivientes, masacres que no tuvieron su castigo en vida de los asesinos ni en la historia de la región. Es entonces cuando uno suspira profundo y piensa en que tal vez sí sea necesario un cielo y un infierno y toda esa parafernalia mística en la que los buenos son premiados y los malos castigados con el fuego eterno del Nunca Jamás.

La iglesia de San Jorge de Voronet, en la Bucovina rumana, tiene la tediosa consideración de ‘La capilla Sixtina del Este’ por los extraordinarios frescos que alguna mano firme pintó en sus muros hace la friolera de seis siglos. A pesar de su turbulenta historia, de la que el suceso de los soviéticos es su penúltimo episodio, la región de Bucovina, hoy al norte de Rumanía y en tiempos región de la pequeña Moldavia, es un lugar único. Tal vez no deba decir a pesar sino debido a. Los frescos de Voronet que permanecen a la intemperie desaparecen como desaparece también la memoria de todos esos desgraciados que fueron muertos en masacres perdidas, en masacres sin nombre, sus apellidos se borran de las tumbas como los frescos de las paredes de un monasterio que pertenece a una cadena de monasterios que son, en su conjunto, Patrimonio de la Humanidad. Los muertos por los soviéticos se unen a los muertos por los turcos y sus ánimas recorren desconsoladas las enormes regiones del centro de Europa para recordar, unos con tumbas de palo y otros con frescos que se borran, que también ellos hollaron este mundo y que no está de más que recordemos a los que nadie recuerda.
La Bucovina es una región desgraciada en todo lo relativo a la raza humana pero privilegiada en su naturaleza. ‘País de las hayas’ significa eso de Bucovina, y es lo que es, una larga alfombra de bosques de hayas y montañas que la convierten hoy en atracción para turistas entusiasmados con el arte bizantino y ortodoxo y amantes de perderse en rincones remotos. Lo curioso es que la efervescencia máxima la alcanzó entre los años 1522 y 1547, veinticinco años en los que los constructores de iglesias trabajaron frenéticos para levantar un conjunto de templos policromados con tal arte y maestría que muchos de ellos hoy son, como antes dije, Patrimonio de la Humanidad. Como los de la iglesia de San Jorge de Voronet, de los que hablaba antes, la capilla sixtina del este y todas esas comparaciones que hacen temer por su integridad porque las comparaciones, no sé por qué extraño motivo, terminan por fastidiarlo todo.
En Voronet los frescos exteriores se borran como se borran los nombres de las tumbas de madera de los muertos a los que nadie recuerda

 

Unos frescos que, dicen los estudiosos, se realizaban con el mismo espíritu que tenía la Europa Occidental, donde se especializaron en altorrelieves y en esos pórticos recargados de figuras sagradas y antropomórficas destinadas a relatar las historias del libro sagrado a las masas de iletrados que acudían a misa. Una idea que debió de ocurrírsele a Esteban el Grande, un mítico rey moldavo que murió antes de poder llevar a cabo esta locura pero que se distinguió tanto en la lucha contra el invasor turco que entre los suyos cundió la idea de que había que adoctrinar a sus paisanos como fuera. Su hijo, Petru Rares, fue el impulsor de esta paranoia arquitectónica y pictórica en un contexto que no era menos paranoico porque las tropas turcas atacaban a los pobres ortodoxos sin piedad y el tal Petru trataba de mantener alto el espíritu cristiano mientras rendía pleitesía a Suleimán el Magnífico, el nuevo amo de la región. Un contexto similar al de las montañas de Rila, en la cercana Bulgaria, donde se alza majestuoso un colorido monasterio que tiene también una historia muy particular: El monasterio de Rila.

 

En la Bucovina la idea de los dibujos en los muros alcanza el paroxismo, dentro y fuera de los templos, hay quien los compara con las alfombras persas, con las miniaturas de los códices, y hay también quien piensa que son invencibles porque han soportado, en su mayoría, las invasiones turcas, las austríacas, las rusas, las soviéticas, al tirano de Ceacescu y a la indiferencia de los tiempos del ateísmo. Y ahí siguen, incólumes, orgullosas de sus colores, a pesar de que el tiempo, este sí, hace mella en las capas de pintura que alegre y profusamente utilizaron los artistas de cinco siglos atrás, sobre todo en las paredes más expuestas a los fuertes vientos que azotan la comarca. Según estudios recientes, la técnica era tan sencilla como eficaz: combinaciones armoniosas de un número muy reducido de tonos extraídos de pigmentos minerales. Ocre rojo de las arcillas del óxido de hierro, rojo del óxido de plomo, azul del carbonato de cobre inestable y del Voronet del lapislázuli, verde del carbonato de cobre y amarillo ocre de las arcillas ricas en óxido hidratado de hierro. Los pigmenots se mezclaban con hollín negro del humo del carbón y se mezclaban con huevos, vinagre, miel y hasta láminas o polvo de oro. Aquí explican estas técnicas

El resultado sigue ahí, serio, con cierto aire de tristeza, pero magnífico, tal vez un poco más apagado cada día que pasa, pero firmes, recordando que el soldado soviético no pudo borrarlos ni el invasor otomano destruirlo ni el fuerte viento que azota la región levantarlo en lascas. Y recordando también que su esplendor y su mayor protección lo alcanzaron, paradójicamente, en los tiempos del imperio turco, el de la Sublime Puerta, el imperio otomano. Ahí siguen, erigidas para adoctrinar a los que ya no están y como mudo recuerdo de los que nadie recuerda. Estos son los nombres de sus principales monasterios: Voronet, Sucevita, Moldovita, Arbore y Humor.