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Paco mira a la fosa que se abre entre las tumbas y murmura: ‘ahí está mi abuela, mi bisabuelo y un tío abuelo’. Por su parte Guillermo cree que uno de esos esqueletos que se retuercen en el fondo del agujero más de ocho décadas después de su muerte es el de su abuelo. ‘Mi padre nunca quiso hablar del tema’, se excusa, ‘ así que no lo sé a ciencia cierta, sólo sé que lo fusilaron’. La fosa común de Puerto Real ofrece lo que ofrecen todos los cementerios: muertos y más muertos. Claro que no están alineados, no tienen lápidas ni flores, no se les ha podido visitar hasta hace poco, nadie sabe a ciencia cierta sus nombres, no reposan en la paz que se le supone a los muertos. Los hay con el inequívoco orificio en el cráneo que presupone tiro de gracia, los hay con las mandíbulas tan abiertas que pareciera que aún palpiten unos pulmones que se desintegraron hace muchas décadas. Hay suelas de zapatos que se resisten a desaparecer, hay brazos abiertos y también brazos encogidos.  ‘Ahí está enterrada mi madre desde hace cincuenta años’, cuenta Guillermo, ‘y la ironía del destino ha hecho que mi padre yazca de cualquier manera a menos de diez metros sin que nadie lo supiese….

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En principio los promotores de esta exhumación pensaban encontrar alrededor de cien cuerpos pero ya van ciento veintiuno y siguen apareciendo más. ‘Creemos que no sólo hay cuerpos de vecinos de la zona’, me dice Paco, el presidente de la Asociación por la Memoria histórica de Puerto Real, ‘sino que traían gente de toda la bahía de Cádiz con la excusa de tomarles declaración en la comisaría del Puerto de Santamaría y los fusilaban aquí sin más explicaciones’. Hay cuerpos en los que aún se adivina la cal viva, hay esqueletos que parecen palmear como buscando una salida, hay calaveras estupefactas porque no les tocaba morir y hay alguna que parece mirar fuera buscando una respuesta. ‘Tal vez sean doscientos, puede que más’, dice Paco mientras recuerda que han sido necesarios ochenta años para que alguien les deje excavar en el camposanto para recuperar estos restos humanos.

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Dicen que en toda España hay más de ciento cuarenta mil fusilados que duermen el sueño eterno en cunetas y patios traseros de cementerios como este: en concreto 143.343 expedientes. Sólo en Andalucía son más de 54.000. Hay quien cree que son más, que puede haber hasta doscientos mil en todo el país, lo que coloca a España como el segundo país en desapariciones tras el régimen de los Jemeres Rojos de Camboya. En todo caso un tema polémico que genera agrias discusiones aún hoy entre muchos españoles, divididos entre los que quieren desenterrar estos restos y los que creen que deben dejarse para siempre en cunetas y arcenes, en patios traseros y escondidos. Paco mira la fosa y concluye: ‘yo no tengo ninguna intención de abrir heridas’, me dice tomando el argumento de los que no quieren oír ni hablar de desenterrar a las víctimas del franquismo, ‘más bien quiero cerrarlas y para eso necesito recuperar a mis familiares y darles sepultura’…

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