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ambar por Hachero

Cuarenta millones de años atrás ingentes cantidades de resina de miles de coníferas y pinos que hoy no conocemos porque ya se extinguieron quedaron prisioneras de sedimentos arenosos de los lechos de ciertos ríos y del mar, que los endurecieron aun más y terminaron por fosilizarlos. El resultado es tan hermoso como fascinante, si nos atenemos al mero hecho natural y no a la implicación del ser humano a lo largo de los siglos, y de los milenios, una implicación que arroja obras no menos hermosas pero otras que, entre nosotros, no deja de tener un estilo poco clásico, como estas dos que siguen a estas líneas.

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Cierto es que el arte adopta maneras que uno no puede, ni debe, criticar porque exceden a la capacidad valorativa y al conocimiento de cada cual, pero no deja de resultar extraño pensar que la resina fosilizada de coníferas y pinos de tantos milenios atras haya quedado reducida a una expresión artística de Alien, el Octavo Pasajero. Espero, al menos, que la materia organica haya sido excluida de semejante anatema.

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Porque el ambar, que no es otra cosa que resina vegetal al fin y al cabo, le servía a las plantitas para defenderse contra el ataque de insectos, de hongos y aves, una defensa natural que espantaba invasores o que brotaba triste cuando el tronco, o las ramas, sufrían daños. Si la resina surgía rauda podía atrapar en su loca huida a ciertos bichitos que pulularan por su alrededor, o bien trocitos de ramas, hojitas, en ocasiones incluso algun bicho mayor, como el lagarto de aqui abajo.

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En las costas del mar Báltico se encuentra el 80% del ambar del que tenemos noticia en todo el mundo, una gran cantidad proveniente de bosques tropicales que hoy no podemos ni imaginar pero que confieren a la ciudad de Gdansk, la antigua Danzig, el apelativo de ‘capital del ámbar’. Y como cualquier capital que se precie, no puede pasar sin su museo. En este caso se encuentra en pleno centro de la ciudad, al final de la calla Larga, un modo muy andaluz de llamar a una calle, y en un edificio que si antes lloró sangre humana ahora recoge la sangre vegetal de millones de años atrás. No deja de producir escalofríos imaginarse esas salas estrechas y frías habitadas por desdichados reos que penaban cualquier condena sometidos al más alto grado de indignidad posible, colgados de sus muñecas, medio desnudos en estos climas gélidos…

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Del ámbar dicen que es la sustancia más antigua usada por el hombre para hacer joyas y que se han encontrado restos del octavo milenio antes de Jesucristo talladas en este material. En Grecia le llamaron elektron porque al frotarlo generaba electricidad, los antiguos tallaban falos con ámbar porque traía buena vibración para eso del sexo y magos y brujas de toda época y condición han hallado en la resina fosilizada un amigo imprescindible para sus pócimas y ritos, pincha aquí.

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Aunque la capital mundial del ámbar es Gdansk, al norte de Polonia, el principal productor está un poco más al este, en el exclave ruso de Kaliningrado, no muy lejos de Gdansk. De la ciudad de Iantarny se dice que guarda el 90% de las reservas mundiales de ámbar, unas minas vigiladas por guardias armados y explotada por obreros que extraen hasta 350 toneladas anuales destinadas principalmente a joyería. Unas joyas que se pulen y tallan en Polonia, precisamente, porque en Kaliningrado las cosas van de mal en peor y sufren además una plaga de explotadores ilegales que se cuelan por las noches para robar el material. Lo cierto es que la preciada resina no sólo aparece en este yacimiento sino que los temporales arrastran trozos a las playas y no es raro el polaco que presume de hallazgo. Jowita me dice que alguna vez encontró trocitos en sus paseos playeros y que cuando la primavera invita a los primeros garbeos por la orilla del mar son legión los polacos que se acercan para probar suerte. Luego, las elegantes calles del centro histórico de la ciudad de Gdansk, como Dluga o Mariascka, las ofrecen a los turistas en sencillos tenderetes o en sofisticadas joyerías. Si pinchas aquí podrás informarte del ámbar de la ciudad de Gdnask.

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Desde los tiempos de los Caballeros Teutónicos, que salpicaron el norte de Polonia y los estados bálticos de enormes castillos como este (pincha aquí), el río Vístula se convirtió en el modo más rápido y fácil de colocar toda esta joyería en manos de los comerciantes venecianos, una tensión más a esta tierra de tensiones. De este modo Gdansk alcanzó en el siglo XVII su apogeo, centro de un comercio que embelesaba a reyes y papas, emperadores y grandes señores, que no podían pasar sin vacilar a sus vasallos con estas grandes piedras o con complicados trabajos de escultura y orfebrería.

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Como cualquier otra joya hay que andarse con mil ojos antes de decidirse a comprar un trocito de este material. Nada de lo que preocuparse si uno se interna en una joyería pero algo más arriesgado si se compra en los numerosos puestecillos callejeros de la ciudad de Gdansk. Aunque los colores difieren, hay quien te aconseja desconfiar de los tonos extraños. ¿Y qué es extraño?, pregunto, para descubrir que es algo tan intuitivo y subjetivo que no hay forma de averiguarlo. ‘Puedes quemarlo’, dicen, pero entonces puedes destruirlo si es copia, olerá a plástico y evitarás el timo pero ningún farsante dejará que lo hagas. ‘Puedes meterlo en agua y se hundirá, aunque parezca que pesa poco’, dice otro, pero en las joyerías no hay cubos de agua y si lo tiro al canal del Vístula y se hunde pagaré por una pieza que estará a cinco metros de profundidad. Dicen que los falsos vienen de China, y que son plástico, algunos incluso con imitaciones de insecto en su interior (para que se vendan a un precio superior y el costo no sea motivo de sospecha). El caso es que tampoco es muy factible encontrarlo en el mar porque tiene un aspecto un tanto extraño y poco apetecible, como una madera vieja reventada:

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Sus colores son muy variados, desde el amarillo, que es el más común, al blanco, marrón, naranja, rojo, verde o negro, todos con una amplia gama de tonalidades.

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El mismo Ovidio escribió que Fetonte, hijo de Febo Dios del sol, convenció a su padre para que lo dejara conducir su carro de fuego a través del cielo durante un día. Pero se acercó demasiado a la tierra incendiándola; el padre para salvarla golpeó el carro con un rayo, y Fetonte murió cayendo en el mar. Su madre y su hermana, las Eliadas, desesperadas por el amado hijo e hermano, le lloraron mucho tiempo; los Dioses, apesadumbrados, tuvieron piedad de ellas y las volvieron álamos, mientras sus lagrimas se transformaron en ámbar…

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