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Palawan por Hachero

Cuando Don Schloats consiguió huir de la prisión que lo tenía consumido y convertido en apenas algo más que un saco de huesos animado por un pellejo milagrosamente vivo no podía sospechar que convertiría en obsesión el momento más trágico de su vida. Tampoco podía sospechar que pintaría convulso fuego y llamas, rememorando en una espiral sin fin el día que marcó el fin de sus compañeros, un fin que pudo ser el suyo, un fin de dolor, de mucho dolor, y de indignidad. Un fin que dejó atrás pero que le acompañó durante el resto de la vida.

Palawan por Hachero

Mi primo Asuan Hachero, en la segunda fila, a la mitad, en el memorial de los héroes de la Segunda Guerra Mundial en las Filipinas

Corría la década de los años cuarenta y Don era uno de los cientos de presos norteamericanos que el ejército japonés retenía, y torturaba, en el campo conocido como 10-A, en la remota isla filipina de Palawan mientras el imperio del sol naciente se expandía a sangre y fuego por toda la fachada asiática del Pacífico. Tampoco podía sospechar en aquel momento el bueno de Don que su nombre quedaría grabado, heroico y admirado, junto a un pretendido pariente lejano de este que les escribe, perdido en la historia y en la memoria, un tipo filipino y que murió de edad avanzada y hace poco además, un tal Asuero Hachero, un Hachero pero un Hachero filipino, miembro de la sección de Inteligencia que permitió la derrota nipona y el regreso triunfal de las tropas norteamericanas al teatro del sudeste asiático. Su hija, Carmen, me comenta en Puerto Princesa que está muy orgullosa de su padre porque fue un héroe de guerra que ayudó tanto a las tropas filipinas, escasas y mal paradas, como a las de los Estados Unidos. Desgraciadamente Carmen no sabe mucho más y la historia de Asuero parece haberse ido a la tumba con él.

Palawan por Hachero

El museo dedicado a la Segunda Guerra Mundial en Puerto Princesa

Mientras los norteamericanos calibraban la repercusión de la bomba atómica y dónde debería caer para que el vil Hiro Hito detuviera el avance de unas tropas que dejaba en juego de niños el de los nazis, el pobre Don notaba cómo la carne de su cuerpo permitía el paso de la luz, cómo las costillas querían salir de su pecho y cómo su vida era pasto de la llama eterna de la miseria que habrá de consumirnos a todos. Y junto a su desgracia, la de decenas de compañeros de cautiverio, sodados gringos todos ellos, recluidos en unos inmundos barracones en los que la indigencia les consumía alma y pensamientos. Tan sólo recibían un tazón de arroz y una batata cocida al día, y eso si trabajaban porque los renqueantes veían reducidas sus raciones en un treinta por ciento. Los robos de comida se castigaban colgando a los cacos de los cocoteros y atizándoles con grandes palos. Los prisioneros enfermos de malaria, de pelagra, de beriberi, sufrían terribles úlceras y encima recibían palos de envergadura que les provocaban nuevas úlceras y heridas sangrantes. Los prisioneros debían acondicionar un enorme terreno como pista de aterrizajes y en cualquier momento podían trasladarlos a Manila, donde reinaban los japos. Don, en un arrebato, intentó huir y fue capturado por los japoneses quienes, en lugar de ejecutarlo, decidieron enviarlo preso a la capital. Atrás dejó a unos compañeros a los que no vio más. En el museo dedicado a recordar aquellos hechos, todo rezuma tragedia. La encargada muestra la fotos con un puchero, su labio interior tiembla, parece que la tristeza de aquellos días sea parte de su vida diaria.

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Fotografía de la época de los barracones donde ocurrió la masacre

Espoleados por los continuos vuelos de aviones norteemericanos por las inmediaciones de la isla, dicen las crónicas del estricto museo de Puerto Princesa que los norteamericanos, al más puro estilo hollywdiense, comenzaron a excavar un túnel que desembocara en el cercano mar de la China pero dicen también que los japoneses, excelsos en su refinada crueldad pero retorcidos como ellos solos, descubrieron el plan y les dejaron seguir con él. Y dicen las crónicas también que conforme los rumores de contraataque norteamericano se incrementaban, y crecía la inquietud japonesa, los prisioneros, cada día más escuálidos, renovaron sus pocas energías para terminar el túnel que simbolizaba su esperanza. Y dicen más las crónica: que los soldados de Hiro Hito les hicieron llegar un falso aviso de invasión norteamericana para que los desesperadosy esqueléticos reos precipitaran su huída.

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Los once supervivientes se reunían para charlar de sus recuerdos

Y entonces, y sólo entonces, atacaron con lanzallamas y bombas incendiarias a los ilusos prisioneros, que murieron achicharrados en el estrecho túnel en el que habían depositado sus esperanzas. Los que asomaban la cabeza recibían bayonetazos y disparos y el lugar debió parecer pronto el mismísimo infierno. La historia se completa con la victoriosa huida de once de aquellos reos, a merced de las olas del mar, con anécdotas tan extravagantes como la del pobre Rufus Smith, atacado por un tiburón junto a unos manglares, once supervivientes de una terrible historia que se pierde en el marasmo de pequeñas historias que la segunda guerra mundial deparó en estas tierras. Sin haberlo vivido sino en sueños, Don Scholat aún tiene pesadillas con el túnel en llamas, el olor de sus camaradas chamuscados, las costillas pugnando por escapar de su pecho.

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El pobre Rufus huyó a nado del fuego y le mordió un tiburón

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Y lo recuerda con tanta intensidad, sin haberlo vivido, que ha dedicado el resto de su vida a pintar llamas, fuego desbocado, fauces abiertas, horror con olor a chamusquina. Tanto que en la plaza del Cuartel General se levanta, extraña y un tanto kitsch, una estatua que evoca una llamarada, un grito que es una súplica, un acaben con esto por Dios, hagan que la historia, por una vez, no se repita.

Palawan por Hachero

Palawan por Hachero

Los rostros de los ocurrentes y sanguinarios japoneses durante el juicio que afrontaron tras la derrota, y abajo el túnel chamuscado

Palawan por Hachero

Y, para terminar de esparcir un desagradable olor a quemado, las fotografías en blanco y negro de aquellos terribles días nos regalan los rostros de los oficiales japoneses que planearon la masacre, rostros que miran a la cámara con una mezcla de qué pasa contigo junto a no sé qué me pasó por la cabeza para semejante burrada, rostros de reos que van a ser juzgados en Yokohama por su crueldad y que hoy nos cuesta identificar con esos turistas tan amables y educados que bajan la mirada avergonzados porque te han rozado camino de la Giralda sevillana. Cuesta tanto aceptar aquellas guerras que Don, al regresar a la isla, quedó deslumbrado por una belleza que nunca se detuvo a mirar durante su gris cautiverio.

Palawan por Hachero

En algún momento un Hachero, de nombre Asuero, trabajó con denuedo para que los japoneses volvieran a sus casas con sus santas madres, mientras sus parientes, los de Asuero, los Macolor, primos en la distancia que les separaba en ese momento de la historia, también han quedado inmortalizados, amenazados por los nipones con la muerte en cuanto fueran descubiertos, según asegura Joel, otro Hachero, y Macolor tambiėn, mi guía en Puerto Princesa, serio y circunspecto mientras señala el nombre en el memorial de aquellos días que hoy se levanta en la calurosa capital de la filipina isla de Palawan. Joel no parece darle mucha importancia a aquellos días y como muestra se prueba un casco japonés, original y auténtico, mientras admira de lejos las balas de las ametralladoras aliadas, no vaya a dispararse sin querer una última ráfaga asesina. He llegado tarde para conocer a Asuero, el Hachero que participó en la guerra contra los japoneses desde los servicios de inteligencia. ‘Murió hace cinco años’, dice taciturna su hija.

Palawan por Hachero

Joel Macolor Hachero señala el apellido de su héroe familiar

[box title=”Sobre Don Schloat y la massacre” color=”#f00″]

Don Schloat, el pintor de las llamas (en inglés)

http://www.the-two-malcontents.com/2009/12/veteran-won’t-let-philippine-massacre-be-forgotten/      http://www.geocities.com/Heartland/Plains/5850/prisoners.html

La historia de la masacre (en inglés)

http://www.historynet.com/american-prisoners-of-war-massacre-at-palawan.htm 

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