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Los espíritus de los muertos birmanos y de las flores y de los árboles y de los animales deambulan como ánimas flotantes por los enormes espacios interiores del Asia Central hasta que, aprovechando la luna llena de cada mes de mayo, se juntan alegres sobre la cúspide de un antiguo volcán convertido hoy en templo budista. El monte se llama Popa y se dice todo junto: Monte Popa, y además de servir de refugio a esos pobres espíritus erráticos y vagabundos, es la residencia habitual de otros treinta y siete Grandes Nats, unos espíritus muy queridos por los birmanos de a pie que acuden por manadas para rendirles tributo. Llegué en coche desde Bagan, uno de los lugares más fascinantes de Asia gracias a miles de pagodas de todos los tamaños esparcidas por doquier. Frente a Bagan el Monte Popa era la antítesis, tan sólo un monte, en vertical, y no a lo ancho, y tan sólo un conjunto de construcciones religiosas y no miles de templos de todos los tamaños. Frente a mí, un empinado complejo, unas empinadas escaleras, una empinada creencia.

Y no es fácil porque el Monte Popa es precisamente eso, un monte, y como tal mide mil quinientos dieciocho metros y tiene una cúspide a la que se accede tras una tormentosa escalera de piedra a cuyos lados se agolpan multitudes que se empeñan en vender estatuitas, refrescos, frutas, collares, escapularios y un sinfín de baratijas que no son del agrado del turista cuando sube y tampoco suelen serlo cuando baja porque el cansancio hace mella también en la cartera. Según esta página: El baúl de Josete, fue un anacoreta birmano llamado Ya Thay Gyi Khandi U el que esculpió los setecientos setenta y siete escalones que conducen a la cima a principios del siglo XX, un acto de valentía y paciencia que también demostró levantando otras pagodas impresionantes en su país y que lo dejaron paralizado al final de su vida: normal, sólo subir cansa, imaginen esculpir esa escalinata. Eso sí, el anciano y venerable Ya Thay se ganó el respeto de sus paisanos, que lo trataron como a un santo en vida, y de los colonos británicos, que le regalaron toda suerte de salvoconductos para viajar sin problemas. Viajar sin problemas por su propio país, eso sí.
Dicen los birmanos que los nats han deambulado por aquí siempre pero que fue en el año 1077 cuando el rey Anawrahta los convirtió al budismo y perdieron algo del espíritu agreste que los caracterizaba. A los peregrinos parece darles igual que se mezclen sentimientos animistas con el budismo, tampoco parecen asustados de pasear sobre un volcán surgido de las entrañas de la tierra por un espantoso terremoto hace casi treinta siglos ni que aquel rey, el tal Anawrahta acabara con una tradición de siete siglos durante los que los reyes que estimaban en algo su corona debían de subir los setecientos setenta y siete escalones que conducen al agotado devoto al santuario de los Nats Mahagiri para consultar el futuro de su reinado a los ya mentados Grandes Nats.
Los Nats

Hoy el Monte Popa, que en sanscrito significa Monte de la Flor por el suelo volcánico que lo ha convertido en un vergel en mitad del desierto, es uno de los lugares más curiosos de ese torturado país, Myanmar, o Birmania para el bueno de Orwell, el país de Aung San Suu Kyy (ver mi post al respecto, Los Mundos de Hachero: viaje a Myanmar el país de las sonrisas) .

En su cima, un coqueto templo historiado avisa a los iletrados campesinos al estilo de nuestras catedrales románicas, con sus tenebrosos altorelieves, y de nuestros pintores de toda época: en el Más Allá los Nats te esperan con el fuego eterno de los pecaminosos: portaros bien, no sean malos, los Nats vigilan, deambulan por los aires, se reúnen en el Monte Popa para tomar un respiro pero te observan…