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Fuera de la temporada alta, las ciudades de Kalambaka y Kastraki parecen cuerpos extraños colocados a los pies de las delirantes montañas. ¿O será más bien que el conjunto de columnas de piedra arenisca son un telón de fondo que algún guasón ha colocado arbitrariamente a sus espaldas? La primera impresión es que las montañas son el cuerpo extraño y que no deberían de estar ahí. Pero cuando subes a sus cumbres y miras hacia abajo parece que sea al revés y que las ciudades han crecido para aprovechar las hordas de turistas y curiosos que vienen atraídos por el espectáculo de las columnas pétreas.

Kalambaka

Meteora desde Kastraki

Y sin embargo, antes de que el turismo internacional asomara la cabeza por aquí, antes de que los turcos fueran un imperio de primer orden, antes incluso de que Jesucristo fuera Jesucristo, Kalambaka ya existía, impertérrita a la sombra del bosque de piedras. De hecho, en 1995 se encontró en esta ciudad una tumba que se ha datado, nada menos, que del siglo XX antes de Cristo. También en la ciudad de Kalambaka se ha encontrado una de las iglesias cristianas más antiguas, la de San Juan Bautista, con inscripciones en griego que hablan de un asentamiento llamado Aiginion.

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Así que Kalambaka tiene existencia propia aparte de esas columnatas de vértigo. Su presencia la repite Estrabón, el célebre historiador heleno, tuvo una destacada presencia en las guerras macedonias, en las de César contra Pompeyo y en el 167 antes de Cristo la destruyeron los romanos. Fue fortaleza bizantina, obispado, sede del déspota de Épiro y parte de la gran Serbia. Fueron los turcos los que le dieron su nombre actual, Kalambaka, que significa Poderosa Fortaleza, Kalabaka, aunque con el paso del tiempo se le añadió esa M que nos la hace menos risible a los hispanos.

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Y sin embargo, con toda esta historia a sus espaldas, Kalambaka es el puerto base en el que se alojan los visitantes que desean conocer las extrañas piedras y los arriesgados templos. Kastraki, que está adosado a Kalambaka, tiene incluso menos interés porque apenas tiene historia más allá de las docenas de casas rurales habilitadas para el turista. El interés aparece, tanto en uno como para el otro, cuando uno abre la ventana de su habitación y se encuentra esa sinfonía de piedra como paisaje. Aquí puedes conocer algo más de los templos de Meteora (pincha aquí) aunque pongo uno a uno los más importantes aquí abajo.

Santísima Trinidad

Templo de la Santísima Trinidad

Templo de Rousanou

Templo de Rousanou

Templo de San Nicolás Anapausas

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Templo de San Esteban

Varlaam

Monasterio de Varlaam

Templo de Gran Meteora

Templo de Gran Meteora

Tras el fulgurante impulso del furibundo Athanasio y su sucesor, el tal Juan Uros, del que hablé en la primera parte (pincha aquí) los templos comenzaron a multiplicarse, huyendo tanto del nuevo imperio dominante, los turcos, como buscando estar cerca de Dios. Las chozas originales, las precarias cuevas y el primer templo de Gran Meteora se multiplicaron hasta llegar a los veinticuatro monasterios. A pesar de la permisividad turca con otros cultos, que se había zanjado con el pago de tributos durante dos siglos, los otomanos destruyeron parte de Gran Meteora en 1609 tras una revuelta y muchos de los monjes de las alturas fueron asesinados en sus celdas. No fue la única destrucción que sufrió Gran Meteora. En el siglo XIX el sultán Alí Pasha asedió el monasterio y lo redujo a cenizas por su apoyo a la causa griega en pleno desmembramiento final del imperio otomano y durante la segunda guerra mundial las tropas alemanas explosionaron varios templos para evitar que la resistencia helena se hiciera fuerte en unos enclaves tan fáciles de defender (además de saquear las obras de arte, una de las especialidades de los nazis).

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Hoy sólo quedan seis habitados, una retahíla que recita de memoria cada vecino de las ciudades base para visitarlas: Gran Meteora (o monasterio de la Metamorfosis), San Nikolas Anapafsas, Roussanou, la Santa Trinidad, San Esteban y Varlaam (o Todos los Santos). Cada uno merece una visita y una tarde persiguiendo sombras y contraluces desde lo alto de algún pináculo. El monasterio de Gran Meteora es el mayor y está consagrado en honor a la Transfiguración de Jesucristo. El de Varlaam es el segundo en tamaño, está dedicado a Todos los Santos y el de Roussanou a Santa Bárbara. El monasterio de San Esteban fue bombardeado por los nazis porque en su interior pensaban que se escondían los partisanos pero con el tiempo las monjas terminaron por reconstruirlo.

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Además, el lugar es tan pintoresco e increíble que los productores de cine no se han resistido a sus encantos: James Bond se descolgó por la pared vertical del monasterio de la Santa Trinidad en Sólo para sus ojos. Por su parte, el de San Nicolás Anapausas sirvió de modelo para algunas localizaciones del juego Tomb Raider y el conjunto para Call of duties. Y el emplazamiento al completo fue escenario para una película grecoalemana, Meteora, que se recrea en la imperturbable belleza de este bosque de pináculos gigantes.

No es para menos: Meteora bien merece una partida, una película, un viajecito…

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