Este post se ha leíd4146veces

DSC_4359-imp

DSC_4377-imp

Cuando cae la noche, Zacarías y sus amigos se reúnen en la ciudad vieja de Melilla para fantasear sobre su futuro. Desde lo alto de las murallas contemplan los ferris que se dirigen a Málaga y a Motril, ya en la España peninsular, observan a los peatones que pasean despistados, sueñan con coches, dinero y mujeres. ‘Yo seré camarero en Alemania’, me dice Zacarías, ‘porque en Marruecos no hay nada, mucha ruina, amigo, en Alemania todo es distinto’. A su lado Osama apenas balbucea el castellano, no entiende el francés y no sabe ni una palabra de inglés. ‘Pero en Alemania hay muchas cosas buenas’, asiente mientras menea una cabeza moteada de cicatrices que parecen desconchones en su pelo ralo.

DSC_4367-imp

Zacarías es de Nador pero el resto de la pandilla viene de Fez y todos tienen alguna que otra cicatriz. Un muchacho sonríe cuando le pregunto cómo se hizo esa marca aún fresca que le surca la nariz de arriba abajo, otro no comprende cuando le pregunto por qué cojea. ‘Hay policías buena gente’, me dice Osama, ‘pero otros son mala gente y nos pegan’. Los vecinos tampoco están muy contentos: roban móviles, vuelan bolsos, a veces las pandillas son violentas, sobre todo si han consumido pegamento. Son ladronzuelos, polizones en potencia, vagabundos e indigentes. ‘No, en absoluto’, me dice José Palazón, de la ONG local Prodein, ‘son niños y los políticos no saben cómo solucionar este problema y por eso los venden así, como delincuentes, pero no: son niños’. Pero los vecinos sienten temor cuando ven a estas pandillas deambular por la cuidadísima ciudad vieja melillense: parecen estatuas de dioses caídos recorriendo a la carrera los pasillos de un museo al aire libre.

DSC_4364-imp

DSC_4362-imp

DSC_4363-imp

‘¿Quiere ver dónde dormimos?’, me dice Zacarías, y les sigo entonces casi a la carrera yo también casco histórico arriba, pasamos por una caseta donde se guardan los contenedores de basura, ahora mismo llenos. ‘Ahí también dormimos a veces’, me cuenta mientras me tapo la nariz estentóreamente haciendo aspavientos, ‘no, no’, contesta riendo, ‘no huele tan mal’. Y pasamos la pulcra muralla superior con sus enormes cañones apuntando, oh horror, a esos ferris con los que sueñan Zacarías y Osama.

 

DSC_4365-imp

DSC_4375-imp

‘Por aquí bajamos’, me enseña Osama subiendo a un enrejado. Y detrás suben todos, ágiles personitas que parecen ágiles ancianitos, trepan por las rejas y bajan por una empinadísima pared agarrados a una cuerda con una destreza de comando militar. ‘Hace poco cayó un niño y se mató’, me dice Zacarías. ‘No’, me cuenta en otro lugar de la ciudad Palazón, indignado con todo el tema, ‘son dos los que han muerto ya’.

DSC_4368-imp

El centro de menores de la Purísima tiene un mal endémico: suele acoger al doble de su capacidad. ‘Tal vez sea que lo hicieron a la mitad de su capacidad, es otra manera de verlo’. Sufro viendo a Zacarías y sus amigos deslizándose entre las sombras del castillete, abajo ruge el mar, la oscuridad me lo arrebata de la vista. ‘Son niños y no delincuentes, aunque roben, aunque se prostituyan, aunque se droguen, son niños que están bajo la responsabilidad de los políticos y no pasa nada, deambulan por ahí mientras que si cualquier padre tuviera a sus hijos así estaría en la cárcel’. Zacarías mira al horizonte, el gran ferry que calienta motores para zarpar en unas horas. ‘Ayer se colaron siete amigos míos’, me dice mientras le pregunto por su familia. ‘¿Quién quiere volver a Marruecos?’, insiste, ‘allí no hay na, solo ruina, mi padre quiere que vaya a estudiar pero de verdá, no hay na’. Osama también recuerda a sus padres en Fez pero dice que tiene más hermanos y que no hay hueco para él, aunque le dicen que vuelva. Pero Osama tiene las horas contadas. En un año será mayor de edad. Y entonces todo será más difícil. Si es que eso es posible…

DSC_4361-imp