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Abdul Nasir Mulay Ismail As-Samin Ben Sharif, más conocido como Sultán Mulay Ismail, dejó para la posteridad tres importantes hitos y una considerable cantidad de excesos. El primero de sus hitos, una muralla de cuarenta kilómetros de longitud que encerró lo que habría de ser la capital de su reino, Meknes. En segundo lugar, ochocientos ochenta y ocho hijos, tenidos con sus quinientas cincuenta esposas oficiales y sus más de cuatro mil concubinas. Por último, un mausoleo que poco tiene que envidiar a la Alhambra y en el que reposan los restos de este fornicador incansable y azote de sus enemigos (incluidos muchos de sus hijos, que se rebelaron contra el tiránico poder de su padre) y que es de los pocos que los cristianos podemos visitar sin que caiga sobre nosotros el consabido reproche del buen musulmán.
El lugar que eligió para descansar eternamente se llama Dar el Kabira, un enorme palacio en su Meknes imperial, tal vez para no perder de vista la gran caballeriza con capacidad para doce mil ejemplares que mandó levantar en su ciudad, o para estar protegido de la venganza de los treinta y seis mil esclavos que dicen ordenó ejecutar.
Por no hablar de las cientos de niñas que parieron sus esposas y concubinas y que ni siquiera pudieron ver la luz del sol porque las ordenaba estrangular apenas se les adivinaba el sexo tras el parto (aunque hay crónicas que aseguran que tuvo trescientas cuarenta y dos hijas). El caso es que con tanta actividad lúbrica, el aguerrido Ismail tiene un lugar destacado en la historia de los hitos sexuales al poder constatar que en sólo dieciocho años tuvo setecientos hijos. Como todo es excesivo en la vida de este personaje, se dice que formó un ejército de ciento cincuenta mil esclavos, con una guardia negra de élite de 16.000 soldados, y que luchó como un jabato contra los turcos del imperio otomano, contra los ingleses en Tánger y contra los españoles en Ceuta.

Mulay Ismail fue el segundo monarca de la dinastía alauita y decía descender del mismísimo Mahoma a través de Hassan Ibn Ali, el nieto del Profeta. Mulay Ismail llegó al trono después de que su hermano, Mulay Al Rashid, se pegara un costalazo mortal al caer de su caballo: el jovenzuelo Ismail heredó entonces un territorio azotado por tribus belicosas, amenazado por sus poderosos vecinos del norte, los españoles, y por el imperio otomano, que empujaba desde la Sublime Puerta hacia todas las direcciones posibles. Ismail convirtió Meknes en la capital de su reino, una vacilada en toda regla porque hasta ese momento era Fez y podía haber elegido Marrakech, ambas localidades con mucha más entidad que la pueblerina y polvorienta Meknes. Pero Ismail quería hacer las cosas a su manera, despojándose de todo lo que oliera a pasado, y soñó una ciudad nueva, una ciudad con una poderosa kasbah, un gran zoco y plagada de palacios y edificios de impresión. Para ello incluso ordenó traer piedras de la cercana ciudad romana de Volubilis y convirtió su pueblecito en la Versalles de Marruecos. Una Versalles churrigueresca y como de película de miedo porque dicen las crónicas que ordenó colgar las cabezas de diez mil prisioneros de la incipiente muralla para intimidar a sus enemigos.

Una actividad frenética la del virilmente sangriento Ismail, y una ansiedad constante porque entre sus empeños más comentados estuvo el intento frustrado de contraer matrimonio con Marie Anne de Bourbon, la hija de Luis XIV. Las relaciones que mantenía con el monarca francés eran especialmente buenas debido a que ambos tenían un enemigo común: España, pero que no eran lo suficientemente buenas como para que el gabacho entregara a su bella hija a un rey que recibía a los cónsules extranjeros manchado de sangre de pies a cabeza. Una crueldad y un amor por la sangre que le convierten en leyenda entre los marroquíes porque fue el único que consiguió hacer retroceder a los turcos, que se vieron obligados a reconocer la independencia del último territorio islámico antes del Mar Tenebroso, y que le han hecho un hueco en la historia con el sobrenombre de ‘Rey Guerrero’.
Hoy su mausoleo es accesible para los infieles, como yo, que paseamos por su interior con una mezcla de dejà vu, por aquello de la Alhambra granadina, y de contenida alegría por la oportunidad. Dicen que no es mezquita destinada a la oración sino que es simplemente mausoleo, un enorme espacio funerario formado por habitaciones muy monas y estucadas, espacios vacíos con teselas y techos muy altos, relojes de péndulo y, por fin, la tumba del monarca que, ya me parecía a mí, no es accesible para los no creyentes. Y como soy un no creyente de libro, la tumba no será para mí. Claro que esto es sólo en esta zona porque sí he estado en otras mezquitas y en otras tumbas, como esta en Turquía, de Said Nursi, esta otra del profeta que nosotros llamamos San Juan el Bautista, en Damasco, o incluso la de Jesucristo en Cachemira.