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Hace unos años crucé las montañas centrales de Marruecos para llegar al desierto pero lo hice monte a través, montaña arriba, montaña abajo. Cheneher Alhou me acompaña en el viaje sobre la cabina de un camión mientras cruzo la cordillera del Atlas marroquí. Dejamos atrás Imilchil, capital del Alto Atlas, entre montañas peladas, placas de hielo y enjambres de niños que piden caramelos y bolígrafos. En Imilchil se celebra cada septiembre la Fête des fiancées, la fiesta de las novias, y todas las mujeres de los alrededores acuden a esta aldea de barro cocido para buscar novio y casarse antes de que llegue el invierno. Cheneher, le pregunto, ¿usted ya consiguió mujer?. “No”, sonríe divertido, “las mujeres de las montañas cultivan la tierra, hacen el pan y tejen alfombras pero no saben hacer la comida: yo busco una mujer que me cocine porque estoy aburrido de comer sardinas en lata”. Al llegar a su casa miro en su despensa: sólo hay latas de sardinas.