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Vuelvo a mi hotel de Mardin cargado de libros infantiles y con la historia de Aziz en la cabeza mientras deambulo por las calles de esta extraña y hermosa ciudad. Una ciudad que se derrama por las laderas de una colina y que parece hecha a base de castillos y fortalezas y casas señoriales y palacetes y templos y escaleras y grandes salones. Todo color de miel y en la empinada pendiente de un monte coronado por un castillo.

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Al caer la noche las impresionantes mansiones adoptan un color lúgubre, en las iglesias parecen moverse las sombras de los más de treinta mil cristianos que fueron masacrados y expulsados en 1915, sobre todo armenios de lengua árabe (los que huyeron viven hoy en Perú, Chile y Argentina), una ciudad que hoy es turca de población mayoritariamente kurda pero que siempre brilló como base cristiana en la Anatolia. Si pinchas aquí puedes leer algo más sobre las terribles matanzas de cristianos a principios del siglo XX. (En inglés).

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Aparte de las cruces que coronan algunas iglesias, y que un poco más al sur están siendo arrancadas de cuajo, el Café del Mar parece la referencia cristiana más evidente. Un remedo del célebre garito ibicenco que en lugar de enfrentarse al mar se topa con una extensísima planicie que conduce directamente a la castigada Siria.

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La neblina convierte en romántica una llanura que no tiene nada de encantadora pero que al caer el sol ofrece una sintonía de tonos y colores a la altura de los mejores paisajes.

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Mardin se eleva a más de mil metros y esa carretera recorre la planicie hasta llegar a Siria

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Abajo el paisaje sigue igual que en los inicios de esta población, hace más de 6.500 años, y no resulta difícil imaginar por qué los primeros habitantes se empeñaron en vivir en una montaña para la que es preciso desarrollar un interesante tren inferior: la vista es espectacular y en días claros alcanza hasta la vecina Siria.

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Y es que todo resulta espectacular en esta ciudad: las mansiones, las mezquitas, las iglesias, las callejuelas estrechas y empinadas, los bares, los restaurantes, los hoteles. Cada edificio desprende majestuosidad y la cantidad de monumentos es tan grande que no puedo abarcarlos: puedes verlos si pinchas aquí, que están desglosados por fotos y explicaciones minuciosamente.

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La entrada de mi hotel es como la entrada de un castillo

Mi hotel es soberbio. Es un castillo, es una fortaleza, es un cúmulo de recias plantas y salones medievales con unos muros tan gruesos que el wifi del hotel apenas penetra en las habitaciones. Desde el patio de los desayunos también se divisa Siria y uno entiende el por qué de estas construcciones que parecen castillos en una población a la merced de las invasiones procedentes de la siempre convulsa Mesopotamia.

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Los hurritas, que construyeron la gran muralla de la cercana Diyarbakir, tuvieron aquí su reino de Tukulti-Ninurta, los romanos la llamaron Merida (qué cosas, una palabra asiria que significa fortaleza), los bizantinos la heredaron de los romanos y los selyúcidas le dieron su primer carácter musulmán con mezquitas y madrasas, los Artukidas continuaron la labor como estado vasallo de los Mongoles hasta que los Ak-Koyunlu, una suerte de federación de tribus turcas, se hizo con la región para que los turcos Otomanos la ocuparan hasta hoy. El resultado es una galería artística al aire libre y una estupenda colección de monedas en el impresionante edificio del museo local que es un viaje numismático por la historia de Oriente Medio.

Monedas bizantinas en el museo de Mardin

Monedas bizantinas en el museo de Mardin

Moneda sasánida en el museo de Mardin

Moneda sasánida en el museo de Mardin

Monedas babilónicas en el museo de Mardin

Monedas babilónicas en el museo de Mardin

Moneda griega en el museo de Mardin

Moneda griega en el museo de Mardin

Una ciudad que está en la lista del patrimonio Mundial de la UNESCO y que hoy, debido a la cercanía de la guerra de Siria y los yihadistas del Estado Islámico, ha perdido gran parte del turismo que le daba vida a los cafés y restaurantes de su calle principal. Una pausa en el turismo, tal vez, pero un episodio más que acumular a una historia milenaria cargada de guerras, conquistas y revoluciones que añade capas de arquitectura y arte con cada batalla que sufren sus empinadas cuestas…

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