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La estatua ecuestre de Bernardo Gálvez en el centro de Washington demuestra que no desvaría quien afirma que los Estados Unidos de América deben parte de su imperio al pequeño pueblo malagueño de Macharaviaya. En primera instancia al propio Bernardo pero casi que no menos a su tío, el poderoso José de Gálvez y Gallardo, secretario de Carlos III, y casi que habría que abrir una tercera instancia para que recibiera honores Matías de Gálvez, hermano del segundo y padre del primero. La actuación de Bernardo en la independencia de los EE.UU fue tan determinante que en diciembre de 2014 el congreso de los Estados Unidos, con Obama al frente, le concedió la ciudadanía honoraria de este país (pincha aquí para ver la resolución del congreso), y el 4 de julio se celebra con más fervor en este minúsculo municipio malagueño que la fiesta nacional…

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Si José convenció a su poderoso jefe, el rey de España, de que los ingleses merecían perder su colonia más rentable como castigo a los ataques infringidos a España durante siglos, Bernardo encabezó un ejército que en tres años desbarató las posiciones británicas, capturó Baton Rouge, Natchez, Manchac, Mobile, Pensacola, Nueva Providencia y las Bahamas, y de no haber capitulado a tiempo su Muy Graciosa Majestad se habría adueñado también de Jamaica.

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Váyase a donde se vaya en Macharaviaya, todo evoca a los Gálvez…

Precisamente por eso, todo en Macharaviaya evoca a la familia Gálvez. La plaza que da entrada al pueblo está dedicada a Matías aunque su hijo Bernardo le roba el protagonismo con la estatua que corona la rotonda que cada pueblo español debe tener. Don José, que era hermano de Matías y padre de Bernardo, se esconde tras la calle Ministro, que lo evoca a él mismo, y su busto se enseñorea del jardín del camposanto, su tumba preside el panteón, si escuchas atentamente su voz aún parece resonar en el pueblo convertido en eco eterno. Los carteles no engañan: al museo de los Gálvez se llega desde cualquier parte y el jardín público lleva un nombre extraño para la Axarquía malagueña: parque La Louisiana. Al frente del museo, Keisy, una inglesa convertida a la fe de los Gálvez, y teniente de alcalde de la ciudad, muestra a los visitantes el panteón, las tumbas y ofrece una pequeña clase de historia Gálvez.

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‘Que se conozca, aquí no quedan parientes de los Gálvez porque los archivos se destruyeron durante la guerra civil y no queda constancia, aunque una familia de Marbella aseguran descender directamente, llevan siempre los mismos nombres: Matías, Bernardo, José y etc. y además se parecen muchísimo a los retratos que se guardan de ellos…’ ¡Cómo no van a adorar los vecinos de Macharaviaya a sus más distinguidos antepasados. ¿Cuántos habitantes tiene el pueblo? ‘Contando con las dos pedanías y los barrios de abajo, quinientos…’.

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Bajo la cripta de la iglesia de San Jacinto se guardan los restos mortales de muchos Gálvez, y en este cadalso duerme su sueño eterno José Gálvez

¡¡Quinientos habitantes y una iglesia que es casi una catedral!! ¡¡Con panteón ilustre, cripta, placas conmemorativas!! Frente a la desproporcionada iglesia de San Jacinto, que los Gálvez llevaron al disparate desde una pequeña iglesia rural, la Real Fábrica de Naipes, la primera que hubo en España, fuentes construidas en el siglo XVIII por todo el municipio, calles que rezuman tranquilidad (económica). Pero, ¿quiénes eran los Gálvez?

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Comencemos por don Matías, padre de Bernardo y hermano de José. Distinguido militar en tierra patria, se hizo con un nombre en el virreinato de la Nueva España, la colonia más norteña de las posesiones españolas en América, donde destacó como capitán general del ejército y como presidente de la Audiencia de Guatemala. En este país lo recuerdan cuando tiembla la tierra porque reconstruyó la ciudad después de un sismo y hasta comenzó las obras de la catedral. Matías plantó cara a los ingleses cuando quisieron compensar la pérdida de los Estados Unidos (a manos, entre otros, de su propio hijo, Bernardo) con territorios en Centroamérica: bajo sus órdenes, el ejército británico fue rechazado en Nicaragua y en Honduras, donde pretendían hacerse fuertes. Una vida tan ejemplar que poco antes de morir la Corona lo nombra virrey de Nueva España como reconocimiento a su lealtad. No era cualquier cargo: el virrey representaba personalmente al rey de España en las colonias y era la persona más poderosa al otro lado del Atlántico.

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Por su parte José, el tío Pepe, fue la mano derecha del monarca Carlos III en tierra americana: José de Gálvez, como ministro de Indias, ejecutó la Pragmática Sanción y expulsó a los jesuitas en lo que hoy es México, afrontó las revueltas que esa decisión provocó y condujo a los alborotadores a la horca, al destierro o a vivir sin un real. El tío Pepe tuvo otras facetas: ayudó a fray Junípero Serra en la fundación de misiones en la alta California, algunas tan conocidas hoy como Los Ángeles, San Francisco o San Diego, mantuvo a raya a los rusos, que pretendían ganar terreno desde Alaska, fundó el Archivo General de Indias y, ya como ministro de Indias, dividió el imperio en territorios más manejables, creando por ejemplo el virreinato de la Plata para descargar al del Perú.

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Un leal servidor de la corona que era además un alma inquieta: al volver a Macharaviaya impulsó la creación de la primera Real Fábrica de Naipes de España, una lluvia de dinero para sus vecinos y un pasatiempo para las colonias, además ayudó a su hermano Miguel, al que envió como embajador a San Petersburgo, para popularizar en Rusia los vinos dulces de Málaga. No me extraña, pues, que el pueblo sea tan coqueto, recogido, se respira paz y tranquilidad (económica, como decía). Los Gálvez pusieron a Macharaviaya en el mapa, le hicieron la gran iglesia, dieron trabajo a los vecinos, construyeron fuentes, incluso dice la leyenda que enterraron cientos de monedas de oro bajo la iglesia por si algún día les hacía falta a sus paisanos (y las enterraron de canto para que nadie pisara la cara del rey ni el escudo real…)

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Los naipes de los Gálvez en el museo de los Gálvez

Mientras su familia se desenvolvía por las altas esferas, Bernardo, el tercero de los Gálvez en liza (y tal vez el más relevante en los libros de historia) aprendía a hacer la guerra contra los portugueses para, poco más tarde, aparecer en la colonia que su familia ya señoreaba. Nombrado capitán del ejército, Bernardo moldea su mito como un niño plastilina: sus enfrentamientos contra los apaches, en permanente rebelión, le granjearon fama de valiente y varias heridas graves (además de algún que otro cuadro naïf en el museo de Macharaviaya).

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Espíritu inquieto, tras pacificar el norte de la Nueva España comienza su carrera política como gobernador militar de la Luisiana, territorio que aún pertenecía a la corona española tras un breve paso por manos francesas y que se refleja en la Axarquía en forma de parque público.

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El malagueño tomó el relevo de su padre, Matías, y se dedicó a incordiar cuanto pudo a los británicos desde la misma frontera con el Misisipí. Bernardo enviaba misiones secretas para fastidiar a los ingleses mientras pedía calma a los sublevados y exigía que cesara el contrabando que tanto daño hacía a los comerciantes españoles. Cuando la guerra ya era una evidencia y los británicos se dispusieron a castigar a rebeldes y españoles, el malagueño levantó la espada y atacó primero. Se apodera de los fuertes de Machack, Batton Rouge, Panmure, Thompson y Amith, una campaña que le reporta el título de Mariscal de Campo con treinta y tres años. Bernardo se lanza entonces a por la ciudad de Mobile, a la que rinde en sólo veinte días. Su fama es tan grande que no se le ocurre otra cosa que intentar tomar Pensacola a bordo de un bergantín llamado Galveztown. Lo consigue al segundo intento y el mundo entero es entonces un clamor genuflexo. El rey, desde su trono de Madrid, le concede el condado de Gálvez y la enmienda de Bolaños de la orden de Calatrava. Por si fuera poco, el de Macharaviaya asciende a capitán general de la Luisiana y Florida, región esta última que conquistó a bordo del Galveztown, cuya silueta pasó a su escudo de armas, y la bahía de Pensacola pasa a conocerse como Santa María de Gálvez.

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Como colofón, Bernardo intentó conquistar Jamaica pero los ingleses firmaron antes la paz de Paris en 1783. Dos años después, el simpático Bernardo, pues tal era según las crónicas de la época, recibía su mayor nombramiento: virrey de la Nueva España, heredero de Hernán Cortés, y título que recibía, prácticamente, de manos de su padre. Poco le duró el virreinato porque moría dos años después, rodeado de una gran popularidad y con su pueblo natal, perdido en las montañas de la Axarquía malagueña, compungido y agradecido hasta decir basta.

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 En este libro, Diario de don Francisco de Saavedra, (Francisco de Saavedra de Sangronis, Universidad de Sevilla, CSIC, Sevilla, 2004), puedes leer algo más sobre Bernardo Gálvez escrito por este antiguo teólogo que participó con él en la toma de Pensacola.