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Dos veces al día la estación de trenes de Gevgelija se alborota. Un alboroto leve, todo sea dicho, porque Gevgelija, con sus quince mil habitantes, no da para mucho más. Se alborota porque cada semana casi el equivalente a su población pasa de largo a bordo de taxis, autobuses y trenes. Son afganos, iraquíes, sirios, kurdos de Irán y de Turquía, eritreos y somalíes, cristianos, musulmanes, chabakíes y yazidíes, altos y bajos. Un éxodo humano que apenas ven los vecinos pero que no dejan de dar trabajo a los que manejan el cotarro de los transportes. Y en la estación del tren, acostumbrados sus trabajadores a la más tranquila de las calmas, el alboroto no deja de ser de baja intensidad. Tan sólo risas desde las ventanas, saludos, alguna petición de cigarrillos.

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Porque los trenes parten del mismo campo de refugiados, a tiro de piedra de la frontera con Grecia, y en el pueblo sólo suben los vecinos. Si es que los hubiere. El interior de los vagones arde en ebullición, las cabezas se estorban en su curiosidad, todos quieren ver cómo es la primera ciudad de los Balcanes que ven en Macedonia. El barrio no puede ser más gris pero ¡algo es algo!, ¡ya es Europa!, y entonces surgen símbolos de la victoria, risas y saludos, un bebé me tira un beso, un tipo con aspecto de afgano abre muchos los ojos, hay quien hace peligrosos juegos de equilibrio.

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El funcionario de la oficina se levanta pesadamente, abandona el calorcito de su despacho, y pasea por la vía mientras decenas de ojos le miran desde las ventanas de los vagones. Aparecen gitanas que venden cigarrillos y dulces, un niño del vecindario atraviesa el andén dando grititos, un señor trata de vender alguna lata de refresco. Y nada más. Es la primera parada de los refugiados tras abandonar Grecia, las ventanas se llenan de ojos curiosos por ver qué es eso de los Balcanes, cómo son sus ciudades, sus gentes.

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De momento ya saben que son cinco veces más importantes que los macedonios: si no no se explica que paguen cinco veces más por el mismo billete: cinco euros los macedonios, veinticinco los refugiados. Supongo que un afgano no echará de menos un tren de alta velocidad pero los trenes que el gobierno macedonio les proporciona son puros desechos. No ya por los grafitis que adornan tristemente las fachadas, no por el interior de compartimentos contemporáneos del imperio otomano. Ni siquiera por la lentitud con la que recorre el país de parte a parte. Es el todo.

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Un todo que se hace más triste cuando cae la noche y los trenes llegan entre sombras y haces de luces. Allí un tipo enciende un cigarro, allá la gitana de antes insiste en una última venta antes de dormir. Da cierto yuyu pensar en trenes abarrotados de gente recorriendo lentamente las líneas férreas del centro de Europa: hay un sabor a ya visto, a dejà vu, algo que evoca tiempos horribles y sufrimientos masivos. Algo ha cambiado porque ya no hay trajes a rayas verticales: aquí todos sonríen, sueñan con Suecia y Alemania, levantan los pulgares.

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Desde finales de 2015 sólo pueden pasar iraquíes, sirios y afganos. Los demás se encuentran las puertas cerradas dos kilómetros abajo, en la frontera griega.

Eso sí: el campo no tiene puertas…

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