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DSC_3583-impLos refugiados de oriente medio que cruzan los Balcanes recordarán para siempre su entrada en Macedonia con un color: amarillo. Porque amarillo es el color que predomina en las hojas de los árboles en su primer paseo por tierras balcánicas, porque amarillo intenso es el color de las decenas de taxis que vienen de todo el país para sacarse unos cuartos. Tan amarillo que pareciera un espejismo tras el puentecillo que separa la ciudad de la frontera.

En Gevgelija no sólo hay taxis locales: también vienen de las ciudades vecinas y de las que son vecinas de las vecinas. En otro post comenté el inmenso negocio que los refugiados suponen para ciertas economías europeas. En Macedonia, además, la disputa por la presa es tan grande que no les importa dejarlos durmiendo al raso con temperaturas inferiores a cero y sin alimentos. Ocurrió el pasado 30 de diciembre de 2015, cuando los taxistas que realizan sus servicios en la ciudad de Gevgelija bloquearon la vía del tren, impidieron la salida de autobuses y se plantaron ante su gobierno con una reivindicación: ‘el negocio es nuestro y solo nuestro’.

Esta es la secuencia de la entrada de los refugiados en Macedonia: tras caminar dos kilómetros por el campo, cruzan un puente y ya están en Gevgelija, donde les salen al paso taxistas que les ofrecen llevarlos a Serbia mientras de fondo un mar de taxis amarillos les espera

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Examinemos entonces qué quieren decir: ‘los refugiados son nuestros’, interpreto yo porque el negocio básicamente es el refugiado, ‘y si no es nuestro no será de nadie’. Los taxistas dijeron entonces que no quieren compartir su negocio con trenes ni con autobuses, que todos los refugiados deben viajar las dos horas que dura el trayecto hasta Tabanovtce, la frontera con Serbia, a bordo de taxis. Y que un taxi son 100 euros, innegociables, a veinticinco euros por persona, los niños pueden ir gratis. Por comparar, como muestran los anuncios que los propios taxistas muestran a los refugiados a su llegada, un billete de tren son 25 euros (¡¡y eso que el mismo trayecto cuesta 5 euros a un macedonio!!).

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‘Cien euros’, me dice Miajil, ‘pero a pagar entre cuatro y con wifi gratis’, aclara sonriente, ‘en los trenes se va muy incómodo y el autobús es más lento, cuesta treinta euros y los niños también pagan’. Y esos refugiados que tienen dinero y que no quieren viajar en trenes desvencijados e incómodos se gastan sus cuartos en un viaje más confortable.

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A decir verdad, los taxistas cogieron a los refugiados como rehenes porque veían que los autobuses les quitaban su porción del pastel. De hecho, las compañías de autobuses locales fueron las primeras en trasladar a los refugiados pero las flotas de otras ciudades se quejaron de que el gran negocio no se repartía entre todos. La presión de los dueños de las flotas de autobuses obligó al gobierno a tomar una decisión que pareció intrascendente: evitar que los taxistas transporten refugiados. Pero originó otro problema, claro está.

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Los perjudicados, como siempre, esas familias que transitan como almas en pena por territorios desconocidos, ahora helados, antes abrasados por el sol. Perjudicados porque la protesta de los taxistas, dos en una semana, bloqueó la entrada de alimentos e impidió la salida normal de los refugiados que llegan incesantemente de Grecia. Así que se acumularon en un campo de refugiados improvisado y sin grandes posibilidades: gentes durmiendo a la intemperie en el invierno balcánico, gentes sin alimentos suficientes, gentes que llegaban que se unían a gentes que querían salir. Si la primera protesta de los taxistas fue para exigir la restitución de su antiguo status quo, es decir: déjennos transportar refugiados, la segunda protesta fue para demostrar poder: ahora los queremos sólo para nosotros.

Los taxistas macedonios merecen el calificativo de ‘personajes’…

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Los refugiados se apresuran ahora a salir del país. Porque pareciera que a su paso se declaren guerras y que en cualquier momento un nuevo conflicto, para ellos tal vez inaudito, explote de nuevo: la guerra entre autobuses y taxis…

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