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Decenas de taxis de todo el sur de Macedonia se acumulan en la ciudad de Gevgelija tras un pequeño puentecillo que lleva hacia el sur. A Grecia. De allí vienen columnas de refugiados sirios, iraquíes, afganos, pakistaníes, eritreos, somalíes. Marroquíes, argelinos, bengalíes. Turcos, iraníes, saudíes. Dinero andante, dinero fresco, dinero en movimiento. Caminan desde el puesto fronterizo griego de Efzoni, previa parada en un pequeño campo de inscripción, y son los más pudientes. Tienen dinero. Y eso lo saben los taxistas, acostumbrados ya en los últimos meses a hacer negocio con los refugiados. Como los empresarios de las flotillas de autobuses macedonios.

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Como los dueños de las flotillas de autobuses griegos. Como los dueños de los ferris griegos. Como los taxistas griegos. Como los mafiosos turcos. Como los mafiosos iraníes. Como los dueños de flotillas de autobuses afganos. Como los mafiosos sirios. Como tantos. Porque donde usted ve una masa humana que se agita nerviosa en la oscuridad de la noche mientras siente que las lágrimas pugnan por salir de sus cuencas, otros ven negocio, ven bolsillos llenos, dinero a espuertas.

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Donde usted ve dramas humanos de proporciones épicas, otros ven toneladas de dinero, una economía renqueante que se recuperará con este empujón. Donde usted ve pobres familias que han huido de la guerra tumbadas por los suelos, otros ven pasajes vendidos y cuentas cuadradas y balances positivos y reparto de dividendos y acciones que suben.

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Porque la guerra es un gran negocio para las empresas armamentísticas, para los gobiernos y constructores que luego construirán lo destruido, para los mafiosos que rebuscan en los escombros. Pero las migajas llenan tantos o más bolsillos. Llenan los bolsillos del mafioso que decide abrir una ruta desde la lejana Kabul. O Kobani. O Diyarbakir. Y la del empresario que pone a su disposición su flota de autobuses. Y la de los agentes de aduanas que hacen la vista gorda cuando pasan decenas de miles de personas que en teoría no deberían de pasar. Y conforme pasan los países los refugiados dejan un rastro de dinero del que no sabremos nunca ni cercanamente su cantidad. Los mafiosos llenan los bolsillos de los dueños de pisos destartalados y llenos de mugre donde duermen los refugiados en su largo camino a Europa. Y también se llenan los bolsillos de los comerciantes que les venden ropas por el camino. Y los que les venden tabaco, comida, bebidas.

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Llenan los bolsillos de los fabricantes de chalecos salvavidas, que luego se acumulan por decenas de miles en las playas de Lesbos. Y llenan los bolsillos de los fabricantes de embarcaciones de goma, que no dan abasto para satisfacer la demanda. ¡Y qué decir de los vendedores de motores! ¿Quiénes son esos misteriosos vecinos que aparecen de pronto y desarman las embarcaciones y se llevan los motores sin pudor ninguno? ‘Tengo entendido que están en contacto con los mafiosos turcos y que muchos los vuelven a enviar a Turquía para que los vendan otra vez’, me dice un voluntario en Lesbos. ¡Qué gran negocio!

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¿Y qué hace Grecia para evitar este desmadre? ¡Cambia las rutas hacia el sur cerrando sus fronteras del norte! Un noble acto para la maltrecha economía local que enlaza directamente con la mafia turca: si los refugiados entran por el sur tendrán que coger un ferry hasta el continente y de allí un autobús hasta la frontera. ¡Y consumirán algo más que lo que les proporcionen los voluntarios! En el puerto de Mitilene, en Lesbos, un refugiado afgano quiere comprar un ticket para el ferry a Atenas: son sesenta euros, le dice la chica tras el mostrador. ¡Y el mugriento afgano que no se ha cambiado de ropa en las últimas semanas saca un grueso fajo de billetes de quinientos euros de su bolsillo! ‘He vendido todo lo que tenía en Kabul’, me dice, ‘es todo lo que me queda en la vida’. ¡Todo lo que te queda en la vida lo guardas en el bolsillo! Poco habrá de durarle.

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A pie de estación los gitanos rumanos se acercan cargados de vituallas al tren nocturno que transporta a los menos pudientes de los refugiados. Los que no tienen tanto dinero como para pagar un taxi que en dos horas te lleve a la frontera con Serbia o un autobús que tarde tres. Aún así, algo puede sacárseles. ‘So much’, dice un sirio desde la ventanilla de su vagón mientras una gitana encarece el precio del tabaco. ‘En Serbia es mucho más caro’, le grita mientras me mira de reojo. ‘¿Me has hecho una foto?’, grita, ‘dame la tarjeta o te parto la cara’, me grita otra vez mientras una carcajada general sale del vagón.

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¿Es un éxodo de refugiados o un trasvase de enormes cantidades de dinero? Porque sin dinero es tremendamente difícil salir de Siria. ‘Hay que pagar a los contrabandistas para que te crucen por sitios seguros para que no te atrapen los gendarmes turcos’, me dice Jalil, ‘aunque todos sabemos que les pagan para que hagan la vista gorda, y eso encarece todo, y si no tienes dinero tienes que salir por tus propios medios y eso es muy difícil’. Así que la mayoría de los que vienen son gente de bien, con dinero, con estudios y desesperados por vivir una vida normal, aún a costa de ser los últimos de la fila en Europa. ¿Qué futuro le espera entonces a estos países, destruidos por la guerra, despojados de sus mentes más brillantes, saqueados sus bolsillos, contaminadas sus tierras y agotados sus recursos? Entonces me ronda una pregunta: ¿por eso no hay agentes? ¿Por eso esta gente entra por cientos de miles sin que nadie en la UE mueva un dedo? ¿Por qué no hay ni un solo agente en las playas donde desembarcan cientos de miles de refugiados a plena luz del día?

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Donde usted ve dos refugiados de guerra examinando un mapa, otros ven usuarios de autobuses, trenes, taxis, personas que comen, beben, mean y cagan, seres que necesitan vestirse y dormir en un rincón oscuro. Y todo eso, quieran ustedes o no, cuesta dinero.

Y no hay mal que por bien no venga…

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