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A las puertas de Downing Street, tradicionalmente la calle hogar del primer ministro del Reino Unido, una multitud se arremolina ante la verja que impide la entrada a curiosos. Ante las rejas, una pareja de policías, fuertemente armados, sonríe simpática a la turbamulta. Los turistas se aproximan a los agentes y les piden hacerse fotos. Los agentes acceden y posan sonrientes ante las cámaras. Incluso aconsejan sobre el encuadre y la luz…

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La escena se repite cada segundo, cada minuto, cada hora. Todo el día. Todos los días. Los agentes no dejan de sonreír, dan instrucciones, señalan puntos lejanos, explican la rutina de la puerta con datos que no importan ni al más avezado de los terroristas. Y sonríen, posan de nuevo, miran las fotos que les enseñan los turistas en las pantallas de sus artilugios, ponen caras de sorpresa, estrechan manos. Give me five, dice un niño, y el bobby se apresura a chocar sus manos con la regordeta mano de un niño africano. Al otro extremo de la verja un niño asiático posa junto a otro agente obligado por su padre: el niñote hace pucheritos, el bobby en cambio sonríe encantador para la cámara.

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‘Somos una organización que maximiza el talento de cada miembro para ponerlo a disposición no sólo de la organización sino de la comunidad a la que servimos….’, reza la web de la policía londinense. Supongo entonces que han elegido a los agentes más simpáticos y proclives a la sociabilización para este trabajo, que parece alegre pero que puede poner de los nervios al más pintado.

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A pocos metros un guardia real aguanta estoico la avalancha de turistas y curiosos que se acercan para sacarse una imagen a su lado: la verdad es que no se le ve disfrutar demasiado: el gentío que grita, que se saca fotos, que se acerca peligrosamente, la espada que debe estar apoyada en el hombro, el casco impoluto, y todo esto montado sobre un se supone brioso corcel que a su vez mantiene el tipo estoico también… Y un nivel de alerta llamativo por ataques terroristas…

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Más allá, a las puertas del Palacio de Buckhingham, los agentes responden al mismo llamado: simpáticos, sonríen sin soltar sus metralletas, posan con los curiosos venidos de medio mundo, charlan con una señora que quiere conocer la habitación de la Reina, con unos sijhs venidos de la India, con africanos, europeos, fanáticos de la Corona. ¿Habrá un terrorista en esta multitud? Los agentes no dejan de sonreír pero noto en mis fotos que siempre hay uno mirándome. ‘Somos una organización que cree en la amabilidad, el carácter abierto y la honestidad. Creemos en la confianza mutua y el respeto…’. Respeto y amabilidad pero ojo avizor. Lo cortés no quita lo valiente y la amenaza terrorista ofrece ahora al turista la posibilidad de ver a sus amorosos bobbys cargados con armamento militar y dispuestos a usarlo en cualquier momento.

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La caza (fotográfica) del policía británico parece extenderse por todo el centro de Londres. Allá donde hay un bobby o un guardia real aparecen cientos de móviles, cámaras, tabletas: cualquier dispositivo vale para captar su imagen. No importa entonces el origen de la palabra Bobby (de sir Robert Peel, un antiguo ministro que organizó el cuerpo y que originó no solo los populares Bobbys sino también los Peelers en Irlanda…), que los agentes británicos sigan patrullando sin armas, aunque se estén planteando cambiar esta cuestión (pincha aquí), o que a a pesar de todo Londres sea una ciudad con un alto nivel de seguridad. Importa la foto, el símbolo, el emblema humano más accesible del mayor de los imperios terráqueos. ‘La Reina está en Escocia’, responde un agente a las puertas del Palacio de Buckhingham. ¿Que no está la reina? ¡¡Pues foto al bobby!! Y el bobby vuelve a sonreír, impertérrito, pétreo, estoico.

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Y es que un policía no deja de ser un ser humano por mucho uniforme que se ponga y por mucha amenaza terrorista que nos amenace. La estampa tradicional del bobby desarmado cambia ahora con la presencia de hasta 2.800 agentes fuertemente armados repartidos por los lugares estratégicos de la ciudad de Londres (y otros 900 por el resto del país), en contra incluso de los propios policías que en una encuesta se mostraron contrarios a llevar armas en más de un 80%. Se rompe así una tradición de 180 años, la de patrullar desarmados (si acaso una porra pero lo más disimulada posible), que no gusta ni a policías ni a ciudadanos pero que los iguala, curiosamente ahora, al resto de la policía europea (y mundial). Los bobbys siempre han llevado muy a gala el no ir armados para reforzar su condición de ayuda al ciudadano y no de opresora vigilancia, como sí se siente en el resto del orbe.

Al menos a los agentes británicos la sonrisa no se la quitarán…

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