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Sobre la playa de Skala, al norte de la isla de Lesbos, llora un hombretón. Y llora desconsolado, amargamente, llora a raudales. A pocos metros, llora una mujer. También llora afligida, no tiene consuelo. Hipean, sus emociones saltan al suelo en forma de lágrimas. Sus compañeros de viaje tratan de animarlos, ‘ya estamos aquí’, les dicen, ‘lo hemos conseguido’, dice otro, ‘no llores, ya no hay motivos’, le aconseja una voluntaria en árabe. ‘Hacen un camino muy duro y viven situaciones muy complicadas’, me dice Ricardo Angora, psiquiatra de Médicos del Mundo destinado en la isla griega de Lesbos. ‘Sufren trastornos del sueño, emocionales, los adolescentes presentan trastornos de conducta, todos tienen ansiedad…’. Veo personas en estado de shock, pequeños temblores, ojos caídos, ojeras monumentales.

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Recapitulemos: en el mejor de los casos esta gente procede de lugares donde sufrían una pobreza supina. Pero en la inmensa mayoría esta gente proviene de lugares donde se desarrolla una guerra, digamos Siria, pongamos Irak, recordemos Afganistán. Los pakistaníes abandonan uno de los países con mayor índice de atentados del mundo, los kurdos iraníes dejan atrás una terrible represión, los eritreos y somalíes dos países corruptos y devastados por guerras horrorosas. ‘Al cuadro clínico anterior hay que sumar entonces’, prosigue Ricardo, ‘el estrés postraumático por situaciones muy duras, gentes que han perdido a sus familiares y todo lo que poseían por culpa de la guerra, hay quien ha perdido parientes en el camino y entre todos los que llegan yo remarcaría el estado que presentan los han sufrido naufragios’.

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El naufragio como guinda del pastel. ‘Hay gente que ha estado dos o tres horas en el mar’, flotando a la deriva en una masa de agua que ni siquiera imaginaba que existía, ‘gente que ha estado a punto de morir de frío, de hipotermia, una experiencia terrible y traumática que se suma a la violencia que vivió en su país de origen y las penalidades del camino a merced de las mafias’.

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Y lloro con ellos porque no hay quien evite sumarse a unas lágrimas que limpian bombardeos, humillaciones, extorsiones, miedo a morir y temor por los tuyos. Hay niños que lloran porque lloran sus padres, hay niños que ríen porque ríen sus padres. ¡Las risas y los llantos se confunden en las playas de Lesbos! Y entonces ya da igual que pienses que no caben en Europa o que cabemos todos y alguno más, no hay espíritu humano que no se quiebre con esas lágrimas, con esas mujeres temblorosas envueltas en chadores mojados, no hay quien no coincida en ver lo que miran esas miradas perdidas. ¿Cómo no imaginar la angustia de esa madre que se agarra a su hijo como una lapa? ¿Cómo no imaginar la angustia cuando las olas impactan en su cuerpecito, cómo no imaginarte rebuscando basuras para que tu pecho las transforme en leche?

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‘Hace unos días tuvimos que intervenir en un naufragio de casi trescientas personas, desaparecieron una treintena y se encontraron siete cadáveres’, recuerda Ricardo. ‘Entre ellos estaban dos gemelos pequeñitos que habían pasado cuatro años en el Líbano esperando a que la guerra terminara pero la guerra no terminaba nunca y sus padres decidieron cruzar a Europa’. Ricardo endurece el gesto, ‘tuvimos que ir con sus padres a la morgue para que reconocieran a sus hijos, imagina el momento’. ¿Cómo no llorar, cómo no solidarizarse?

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Por si fuera poco, los problemas psicológicos lastran el físico y se sometizan. ‘Muchas dolencias no tienen base física’, explica Ricardo, ‘tan sólo son una somatización de la ansiedad, de la angustia, de los traumas vividos porque en su inmensa mayoría son gente normal que vivía una vida normal pero se produce lo que llamamos la quiebra psicológica y su cerebro no aguanta tanto sufrimiento’. ¿Y qué les espera a esta gente, extenuada y renqueante en lo físico, extenuada y renqueante en lo psicológico? La mayoría se recupera, la mente humana puede superar estos contratiempos y recuperar una vida normal. Aunque no todos. Hay quien arrastrará taras mentales toda su vida, las arrastrará por toda Europa, saltando vallas, haciendo colas, preguntándose qué hago aquí. ‘Si vemos que el riesgo es muy alto intentamos darles un seguimiento, les anotamos el tratamiento que les damos y las medicinas aconsejadas porque es muy importante que se recuperen para seguir el camino porque si no están mentalmente bien es muy difícil continuar’. Un panorama que provoca quiebras aún mayores. ‘Hay quien cae en el consumo de sustancias tóxicas, alcohol o drogas, sufre depresiones y le cuesta mucho salir’.

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En el aeropuerto de Atenas me encuentro a los catalanes de la ONG Open Arms. ‘Volvemos a Barcelona porque el psicólogo no recomienda que estemos más de quince días’, me dicen, ‘las situaciones que vivimos terminan por afectarnos’. ¡Qué suerte la nuestra! ¡Sentados en cómodos sillones volvemos a nuestras casas a compartir lágrimas con los nuestros! ¡Ellos y yo! Pero: ¡esperen! ¡El camino de aquellos que lloraban en las playas no ha acabado! ¡Siguen arrastrando sus lágrimas por las islas griegas, por los Balcanes, por el centro de Europa, por mil fronteras y vallas….!

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