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La frecuencia de llegada de las embarcaciones en la costa norte de Lesbos es tan grande que uno confunde unas con otras. ¿Eran iraquíes los que acaban de llegar? ¡No! ¡Son afganos! ¿Y el niño de pocas semanas que comía su teta bajo un pino? ¡Eso fue ayer y era sirio! En el horizonte se distingue una raya negra en mitad del agua. Más allá hay otra. Meto zoom y la raya negra está moteada de puntos naranjas y de manos que señalan la playa: no hay dudas, vienen de la costa turca, apenas a nueve kilómetros. Naranja fosforito de chalecos salvavidas que no sirven para salvar vidas porque son tan defectuosos que absorben más agua de la que repelen y terminan por hundir a los que tanto los necesitan, sobre todo porque no saben nadar y van vestidos con varias capas de ropas.

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Albert es un catalán de Open Arms que grita de pronto indignado: ‘¿pero a dónde van?’ La embarcación hace un giro extraño guiada por otra lancha que sale de la nada. ‘Son de una ONG, creo que noruegos’, dice, ‘acaban de llegar y no tienen ni idea, se los llevan a aquella playa porque allí está su furgoneta pero esta parte de aquí es más segura’. Por fin tocan tierra. Y tocan mucha tierra porque el piloto no es piloto y a veces ni siquiera ha visto nunca antes el mar. Metros antes de embarrancar en la orilla se escucha un grito, Allah U Akbar, Dios es grande, hay dedos que señalan el suelo mientras otros señalan el cielo, se escuchan gritos de niños, el agua se llena de voluntarios que atrapan al vuelo a los pasajeros más nerviosos de la embarcación.

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‘Babies, babies’, grita una noruega alta y rubia con pinta de modelo pero tocada con un hijab mientras intenta recuperar los bebés de la patera. ‘No se muevan’, grita otro voluntario que intenta domar el motor que choca con el suelo y amenaza tragedia, su hélice desbocada golpeando violenta el fondo de guijarros de la costa. Algunos jóvenes se levantan ante la cercanía del fin del trayecto, los voluntarios les obligan a sentarse, ‘aún no, aún no’.

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Y entonces saltan los que no han saltado y se ponen de pie los que no se han puesto, las mujeres empapan sus largos ropajes dejando al descubierto los vaqueros que llevan debajo, hay quien llora desesperado al verse por fin en tierra firme, aquella niña tiene los ojos húmedos de llorar pero su compañero de viaje busca piedras para tirarle al mar, quien sabe si en una rabia desatada. Quién sabe si en un nuevo escenario de juegos radicalmente distinto de esos eriales por los que ha atravesado. Me uno a ellos y tiro piedras planas para hacerlas rebotar.

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La embarcación se vacía goteando vida, goteando gotas de vida. ¿Serán estas las goteras a las que se refería el indigno ministro español del interior, Jorge Fernández Díaz? Los jóvenes levantan pulgares, nos dan la mano, se tropiezan unos con otros, con las piedras, con las mochilas mojadas tiradas por doquier. ‘Yo soy de Kandahar’, me dice un chico afgano con los ojos rasgados. ‘Yo de Damascus’, me cuenta un muchacho de apenas diez años. ‘Yo soy de Kobani’, asegura un muchacho que dice ser kurdo.

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¿Qué lógica tiene esto? Nada más llegar desenrrollan paquetes hechos con cinta aislante y sacan teléfonos móviles. La playa se llena de risas, de móviles, de ropa desechada, de chalecos salvavidas, de embarcaciones de goma. Antes de que nadie se haya dado cuenta unos locales entrados en años y en kilos se deslizan como sombras, arrancan las tapas de los motores fuerabordas y se los llevan silenciosamente. Entre los recién llegados hay de todo: las señoras mayores están sentadas, con cara de susto, los abuelos saludan como si fuera la fiesta del pueblo, los jóvenes hacen grupos y se tiran selfies con los móviles, o se fotografían solos, entre ellos, junto a los socorristas, junto a los periodistas, a los cámaras, los voluntarios. Y llaman a sabe Dios quién. Unos a sus familiares en el país de origen, ya sea Pakistán, Afganistán, Siria. Otros a sus familiares en el país de destino, aquel en Suecia, aquellas en Alemania, los de más allá en Holanda. ‘Hay quien llama a unas aseguradoras turcas para decirles que han llegado bien y que desbloqueen el dinero que les deben a las mafias’, me asegura Miguel, el voluntario de Murcia. ¡¡Aseguradoras de refugiados que entran ilegalmente en Europa y que bloquean el dinero sucio a las mafias turcas!!

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¡Y todo es una fiesta!

 

¿Qué es esto?

 

Hay migrantes que vienen tirando fotos desde la lancha, hay quien antes de caminar buscando un campamento ya ha colgado un video en el youtube y lo digo porque los he visto y en uno de ellos alguien dice ‘ahí están los que vienen a recibirnos’. Y luego río con ellos, sentado en el suelo, y lloro con los que lloran, y entre tanto tiro fotos, y lo mismo le ocurre al cámara de aquella televisión, y a aquel otro fotógrafo, y a aquella periodista de más allá.

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¡Soy un comité de bienvenida!

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¡Somos un comité de bienvenida! Pero no hay un agente de fronteras, no hay servicios de inteligencia, no hay policías ni guardias uniformados, no hay organismos oficiales, ni griegos ni europeos. ¡¡No hay nada!! ¡¡Solo prensa, voluntarios y curiosos!! Y la cosa no tendría importancia si no fuera porque los recién llegados se cuentan por miles. Por decenas de miles. Por cientos de miles. Sólo durante el mes de noviembre, más de cien mil…

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