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Forman parte del paisaje de las costas de Skala Skaminaneas. Como los grandes guijarros de la playa, como las aguas transparentes, como los miles de chalecos salvavidas tirados por cualquier parte. Como las embarcaciones llenas de refugiados, como la nube de fotógrafos, como los voluntarios que vienen de media Europa. Son paisaje. Paisaje llamativo. Y como paisaje llamativo que son, se les ve de lejos. Tan sólo el naranja intenso de los chalecos salvavidas hace sombra al amarillo intenso de sus camisetas. ‘No sabía que había tantos medios’, me dice Albert, abrumado por la cantidad de periodistas que se les acercan para ver cómo trabajan.

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‘El Gran Wyoming fue nuestro punto de inflexión’, me cuenta Miguel Morales, recordando que la visita del director de la empresa catalana Pro-activa Serveis Aquatics, Óscar Camps, al Intermedio catapultó a esta ONG de socorristas de Badalona hasta el infinito y más allá. ‘Joder, vienen dando círculos’, advierte Albert soltando brusco sus prismáticos. Los chicos salen a toda pastilla, se tiran al agua, una moto acuática surca de pronto el mar llevando de mochila otra mancha amarilla. A pie de la embarcación los chicos de las camisetas amarillas sacan bebés de semanas, doman las embarcaciones encabritadas, sirven de báculos humanos a esas abuelas que no han visto el mar en sus vidas.

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‘Si no fuera por los voluntarios no sé qué le ocurriría a esta gente’, me dice Miguel. Pues lo comprobaré pronto: llegarían sin nadie en la orilla, las hélices del motor golpearían con fuerza el fondo rocoso de la costa, las muertes podrían multiplicarse: es lo que ocurre en la siguiente isla, Chíos, donde no hay voluntarios, donde no hay fotógrafos, donde no hay nadie más allá de los vecinos de la isla, vecinos que miran con tristeza e impotencia el drama de esta gente y cómo a su gobierno y a la misma EU le importa un soberano comino todo esto. Los refugiados llegan con cara de poker, saltan como pueden a tierra y deambulan como almas en pena por las carreteras. ‘¿La capital?’, me pregunta un señor con un bebé en brazos, ‘está a diecisiete kilómetros’, le digo, ‘¿pero es esta la dirección correcta?’, me vuelve a preguntar el tipo que arrastra además una pesada maleta mojada y una hilera de mujeres con chador y niños de todas las edades. Y allí que se van, andando, sin saber dónde están ni qué hacen aquí. ‘Señor, le ayudo’, le digo, ‘llevo a todos los niños’. El tipo me mira de arriba abajo y me dice: ‘gracias, voy andando’. ¡¡Claro, quién soy yo!! ¿Un mafioso local? ¿Un reconocido secuestrador de niños?

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El capítulo continúa porque las embarcaciones no dejan de llegar. ¡¡Y no hay ni un triste guardia que les detenga, o que les ayude, o que les afee que aquí no se entra así, o que les diga que ole vuestros huevos!! ¡¡Nadie!! Las lanchas permanecen tiradas por doquier, como en Lesbos, pero sin que nadie les eche una lagrimita. ‘Por eso vamos a instalarnos allí también’, me dice Albert, ‘hemos ido a echar un vistazo y la isla merece nuestro esfuerzo’. El problema es que las islas son tantas que difícilmente podrá el fervor de unos voluntarios abarcarlas todas. Y los burócratas de la UE permanecen bajo palio, en el campo de refugiados de Moria, o en la capital de Chíos, en instalaciones que parecen restos de un bombardeo mientras se vive un drama en las costas que constará en los anales de la indignidad. En el horizonte del mar de Chíos navega una patrullera: miedo me da, pienso después de ver este video en el que pinchan las zodiacs de los refugiados que acaban de salir de Turquía:

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Aquí puedes conocer más sobre la obra de este grupo de voluntarios y ayudarles económicamente si quieres apoyar este trabajo: http://www.proactivaopenarms.org

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‘Yo soy socorrista en Alicante’, me cuenta Miguel, un simpático murciano de metro noventa que solo tiene que mover un brazo para que toda la costa turca sepa dónde atracar, ‘pero esta experiencia es impagable’. Impagable porque no cobran, pienso, pero no sólo eso: impagable va a ser la factura que acumulan porque no cuentan con más ayuda que la solidaridad pública y el ahora llamado crowdfunding. Por eso la presencia en el programa del Wyoming resultó crucial: se les dio visibilidad. Tal vez por eso tampoco mandan a los fotógrafos y cámaras de televisión al mismísimo infierno cuando nos metemos por entre las piernas buscando una imagen: aunque claro, hay profesionales de la comunicación que se la pasan más ayudando que trabajando. ‘El momento más difícil ocurrió, cuenta Camps, ‘cuando se hundió un barco y el mar quedó lleno de cabezas que pedían auxilio: sobre la marcha decides a quién salvar y eso marca’. Marca tanto que a mi regreso a España me los encuentro en el aeropuerto de Atenas: ‘cada quince días cambiamos el turno por consejo del psicólogo’.

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Al menos ya se parecen más a un equipo de socorristas que a un grupo de amigotes bienintencionados. ‘Al principio no teníamos más que los neoprenos, las aletas y los chalecos, usábamos las embarcaciones de los refugiados para ayudar a nuevos refugiados’. Óscar Camps ya ha contado hasta por perifrástica que no podía estar sentado en el sofá mientras veía cómo gente que huía de una guerra se ahogaba a pocos metros de la costa sin que nadie moviera un dedo. ‘Todo empezó con unas fotos que aparecieron en redes sociales de cuatro niños ahogados en una playa’. Los socorristas, que pagan por salvar vidas, reunieron 15.000 euros y costearon las tareas de rescate durante un mes.

A partir de ahí, estuveron tan a la deriva como los barcos que rescatan. No tienen ayudas públicas, los ahorros no son eternos, imagino entonces incluso a los familiares más desprendidos preguntarse si la hucha que tanto cuesta llenar debe ir íntegramente a esos bebés de oriente medio mientras los responsables de esta catáststrofe viajan en primera clase. La idea, que comenzó en septiembre, se ha convertido ya en un movimiento y los socorristas amarillos son parte imprescindible del paisaje de Lesbos. Probablemente a estas alturas ya también de Chíos. Ahora, gracias a su presencia en los medios pero sobre todo a la capacidad de conmover un trabajo como el suyo sin retribuir, por amor al arte, tienen dos embarcaciones de nueva fabricación, de ocho metros y motores de 150 caballos, y una moto de agua, una presión constante de medios de comunicación de todo el mundo y una fama no muy deseada pero imprescindible para que la cuenta corriente engorde y puedan seguir salvando vidas.

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Meneo la cabeza cabizbajo: he cubierto muchas noticias parecidas en el sur de España, desde Barbate a Tarifa, y siempre hay una patrullera de la guardia civil, un equipo de salvamento marítimo, además de la cruz roja: como dije antes: ¡¡Aquí no hay nadie!! La campaña de crowdfunding les ha dado aire para pagar el hostal a pie de playa, un lugar encantador que les ha convertido el trabajo en un sinfín porque los refugiados llegan a la misma puerta de sus habitaciones. También les coloca en situaciones cuando menos llamativas: ¿qué es eso que brilla a lo lejos? ¡¡Es la moto acuática plagada de gopros!! ‘Son norteamericanos y nos han pedido ese favor…’, parece disculparse divertido Albert. Y claro, con tanto tiempo rodeado de refugiados descubren historias extrañas, como la que ya conté en otro post: ‘muchos refugiados llaman nada más llegar y yo pensaba que era a sus familiares’, me cuenta Miguel, ‘pero no, llaman a unas aseguradoras que tienen bloqueado el dinero que les pagan a las mafias hasta que comprueban que el viaje ha salido bien’. ¡¡Eso sí que es espíritu empresarial! Un espíritu voluntarioso que recorre la costa: la playa rezuma voluntariedad: hay noruegos, daneses, norteamericanos, musulmanes británicos, paramédicos israelíes. ‘Algunos molestan más que ayudan’, me dice Miguel, ‘pero hay que descontar la buena voluntad de todos’.

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Una lástima que la buena voluntad dependa de los particulares. ¿De dónde vienen los políticos?, me pregunto entonces: ¿no han sido nunca particulares…?