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El fotógrafo mira con desgana la embarcación que se aproxima a la costa norte de Lesbos cargada con un grupo de afganos. ‘Bueno, me voy a levantar’, dice teatral mientras se recorta la figura de la zodiac en el mar, ‘pero sólo porque están llegando justo frente al bar…’. Y el bar se vacía de pronto. Saltan cámaras de televisión, socorristas voluntarios, adventistas norteamericanos, vecinos del pueblo. La frecuencia de las llegadas es tan alta que apenas da para tomarse una cerveza con tranquilidad. ‘Ahora podemos parar un rato’, dice Miguel, un socorrista de Murcia, ‘es la hora de comer al otro lado y las mafias se van a almorzar…’.

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¿Y ahora qué? Los afganos llegan a tierra, empapados y desliando paquetes de cinta aislante donde guardan sus móviles. Llaman. Se hacen selfies. Alguno mira el agua con aspecto alucinado: ha sido su primera experiencia con el mar y todavía está flipando. Me lo cuenta Ricardo Angora, psiquiatra de Médicos del Mundo destinado en el campo de Moria, en la isla griega de Lesbos. ‘ Los afganos han pagado cinco mil dólares por venir en un todo incluido’. ¡Eso es una fortuna!, me digo, y sí, es una fortuna que ya explicaré más adelante porque ahora voy a explicar el trayecto de un afgano. ‘Al salir pagan cuatro mil dólares por adelantado y, dependiendo de la ruta, los mafiosos los llevan desde Kunduz a Kabul, luego a Herat y de ahí a Teherán, desde donde viajarán hacia al norte y pasarán la frontera con Turquía’. El camino es largo pero se hacen paradas: ‘normalmente tienen apartamentos donde pasan las noches, apartamentos muy precarios y todo en muy malas condiciones’.

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Ricardo resume en esta historia todas las historias que escucha de los afganos. ‘Siempre suelen contar lo mismo así que no podemos dudar de que debe de ser la verdad’. En el precio no va incluida la comida así que los afganos deben de llevar, además, dinero para comer durante las semanas que dura el viaje. ‘Al llegar a la costa de Turquía pagan otros mil dólares por embarcar rumbo a la isla de Lesbos (en este caso), un trayecto de hora u hora y media en una embarcación que carga cincuenta o setenta personas’.

Ricardo Angora charla en mitad de las penumbras del campo de refugiados de Moria

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Es lo que veo ahora mismo: una embarcación llena a más no poder de gente, de gentes mojadas, entorno los ojos y meto zoom y veo ojos que se entornan y que se protegen del sol para poder vernos mejor. En la playa se produce un revuelo: el fotógrafo que miraba con desgana la embarcación (y que es un buenazo que pasa más tiempo salvando gente que tirando fotos, todo sea dicho), los socorristas, los adventistas, gente que no sabría encuadrar, cámaras de televisión. Los afganos miran con temor porque el timonel no ha visto el mar en su vida. ‘Los mafiosos ponen al frente al primero que pillan y le indican cómo mantener firme el timón pero normalmente se les va y por eso algunos avanzan dando círculos’. Otros lo tienen peor y zozobran. ‘Una vez en la costa los suelen recibir voluntarios independientes’, cuenta Ricardo, y veo entonces a islamistas londinenses de One Nation, adventistas norteamericanos, ONGs de Suecia, de Noruega, de Holanda, de Israel. Les dan los primeros auxilios, si los necesitan, o un cambio de ropa, y los envían a uno de los dos puestos oficiales, el de Skala Sykaminia, donde llega el setenta por ciento de los refugiados, pero también al Oxi Camp de Molyvos.

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‘Desde allí vienen en autobús hasta aquí, Morias, cerca de la capital de la isla, Mitiline, donde se les registra antes de permitir que se vayan al puerto para embarcar en un ferry’. Ni que decir tiene que estos trámites son comunes sin importar si vienen de Afganistán, de Siria o de Eritrea. A mi alrededor, en la penumbra de una noche moteada tan sólo de fuegos lejanos y voces ininteligibles, se acumulan miles de personas. El campo de Moria aprovecha las antiguas instalaciones de un centro de menores al que se han añadido grandes tiendas de campaña, oficinas y consultorios para una atención primaria. Un grupo de sirios se me acerca con una colectiva cara de pena: ‘¿dónde nos alojamos?’. Soy prensa, les digo, pregunten a aquellos señores. ‘No nos hacen caso y llevamos dos días esperando durmiendo al raso’. ‘Si vienen muchos’, me comenta Ricardo, ‘pueden esperar hasta dos o tres días porque no tenemos capacidad para registrarlos más rápido, todo depende del estado del mar, la cantidad de embarcaciones que llegan y todo eso’.

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Una vez que tienen sus papeles de registro están preparados para tomar el ferry a Atenas. ‘Antes sólo venía uno pero ahora salen dos o tres al día y en cada uno caben mil setecientos refugiados’. Pero el campo de Morias nunca llega a vaciarse: los refugiados no dejan de llegar. En autobuses dispuestos por ACNUR, en taxis los más pudientes, incluso andando una minoría que no tiene dinero ni paciencia: y son sesenta y ocho kilómetros. ‘Sin el registro no puedes ir a Atenas así que no tienen más remedio que pasar por aquí si desean seguir el camino, y tampoco pueden quedarse, a no ser los más vulnerables, los enfermos, los que han perdido a alguien y deben de realizar los trámites administrativos…’

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Pero, sobre todo, les dan información. ‘Durante todo el camino los traficantes han manejado la información de un modo torticero’, dice Ricardo, ‘no les dicen cómo están las fronteras, qué les espera por delante y eso les crea mucha ansiedad porque avanzan a ciegas hacia la incertidumbre’. En el campo de Morias, además de cuidados médicos, atención primaria y los primeros trámites administrativos, se les da información, ‘sobre los pasos a seguir, los trámites, los procedimientos, tenemos un equipo de la UE especializado en sirios, eritreos y nacionales de la República Democrática del Congo para organizar sus traslados y su acogida debido a lo extremo de sus situaciones, aunque también podemos acelerar los trámites de la gente que detectamos en peores condiciones’. Los afganos deambulan ojiplatos por el campo. Se topan con sirios, ‘yo vengo de Mazar i Shariff’, me dice uno, ‘yo de Kabul’, cuenta otro, ‘y yo también, somos vecinos’. Es un éxodo masivo, el treinta por ciento de los refugiados que llegan a Lesbos son afganos, muy cerca del cincuenta por ciento de esos sirios que han originado esta explosión migratoria.

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En el puerto de Mitiline una manta humana cubre el suelo, se mueve de modo anárquico pero pareciera que responda a un ritmo prefijado. Es de noche y esperan la llegada del ferry nocturno. Enseñan sus papeles, hay un ambiente de romería improvisada, toneladas de basuras afean el aspecto de las instalaciones portuarias. Los afganos miran con asombro esas grandes bestias que sólo han visto por televisión: ¡¡barcos!!. Es la segunda vez que viajarán sobre el mar, sobre ese mar que apenas acaban de conocer. Pero ahora lo harán en un buque enorme, en un ferry grandote: en la ballena de Jonás. Sonríen, bromean. Y se hacen selfies. Por delante les queda camino, amenazas y descubrimientos que les volverán a dejar con la boca abierta. Detrás les siguen miles de compatriotas, de vecinos y de rivales, un auténtico éxodo colectivo que pasará, antes o después, por el embudo del campo de refugiados de Moria y por las manos de Ricardo…

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