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De haberlo conocido en vida me habría costado creer las aventuras que contaba ese hombrecillo que recorría las calles de Nueva York intentando colocar su curso de castellano fácil. Lo llamó ‘Spanish Telegraph’, ‘un nuevo y fácil método para leer en español correctamente en pocos días’, según rezaba su encabezamiento, y auguraba un rápido aprendizaje según una fórmula de su invención. Con una pronunciada calvicie y su bigotito decimonónico, Juan José Lerena y Barry parecía un volcán en erupción que en lugar de lava despedía ideas y las historias más fantásticas que los neoyorquinos habían oído.
Y eso que creían haberlo escuchado todo. Juan José, por ejemplo, podía narrar apasionadamente su defensa de la bandera española en el Río de la Plata, en el Perú o el Ecuador, cómo plantó cara al francés en las murallas de su Cádiz natal, o aquel día en el que estuvo a un tris de ahogarse al incendiarse su barco frente a la isla Margarita. Juan José podía recrearse en novelas de aventuras en las que él mismo era el protagonista: por ejemplo, cuando doscientos de sus compañeros murieron de escorbuto regresando de Montevideo, o aquella vez que le atacaron unas gravísimas fiebres en el cerco de Cartagena de Indias, o aquella que estuvo cerca del fin batallando en Chile, o el miedo que pasó fondeado en La Habana…
Pero de entre todas sus aventuras hubo una que se convirtió en desventura: sus aspavientos guerreros quedaron borrados por la defensa de la constitución de 1812. Así que después de haber arriesgado la vida en medio planeta, Juan José fue expatriado, según explicaba, ‘por no adaptarse mis ideas al sistema despótico’ que regía España. Y en esas andaba cuando pensó que el método de español fácil no le daría el impulso necesario para calmar su nerviosismo congénito. Así que superó sus recuerdos y su amor por las armas y fundó ‘El Redactor’, uno de los primeros periódicos en castellano en los Estados Unidos. Pocas veces debió firmar con su nombre completo, Juan Josef María Antonio Ramón Lucio de Lerena y Barry. El periódico tuvo una vida corta, tan sólo entre 1827 y 1831, y poca materia, cuatro páginas que veían la luz tres veces al mes. Lerena y Barry confiaba a sus lectores novedades sobre el proceso revolucionario de Francia o la independencia de las colonias españolas con artículos de opinión crítica.
Evidentemente, como todos sospechaban, el método de inglés y el pionero periódico no saciaron las ansias del inquieto Juan José, y buscó reconciliarse con el ejército patrio, que tantas glorias le debía, gracias a la invención de un sistema de telegrafía óptica que desarrolló en Cuba y que anticipó en varios años el primer telégrafo español, instalado en Madrid en 1831. Volvió entonces a la península, donde lo nombraron director de la red de telegrafía real hasta que lo acusaron de desviar fondos públicos y cayó en desgracia. Juan José, eso sí, siempre positivo, se las ingenió para comandar una expedición a la Guinea Ecuatorial y convertirla en parte de un imperio en declive. Los últimos años de su vida los pasó entre Cádiz y Chiclana, dos poblaciones a las que se empeñó en unir con un canal navegable que, esta vez sí, le costó la fortuna y casi que la vida.

Bibliografía

 Juan José Lerena y Berry, Cádiz, 1796, Madrid, 1896
Lerena, ese ignorado pionero de las comunicaciones, Gilles Multigner, Foro Histórico de las Comunicaciones, Colegio Oficial y Asociación Española de ingenieros de telecomunicación, 2008.