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Perdidos en el último rincón de Europa, a las puertas del mundo islámico y último bastión de la Cristiandad, allí donde acaba la tierra para comenzar un mar desconocido y tenebroso, se levanta Iberia. ¿Les suena?
Un extremo de aquel ‘mundo conocido’ por griegos y romanos en el que moraba un extraño pueblo de lengua dura y difícil que imitaba en sus tendencias a los marineros helénicos que desembarcaban de cuando en cuando en sus tierras. Los griegos encontraron aquel pueblo organizado y capaz de constituir instituciones tan complejas como un reino y una sociedad bien estructurada. Tanto que su reino de fantasía tenía un nombre como de cuento, Sakartvelo, en honor a uno de sus fundadores atávicos, un tal Kartlos, hijo de Targamos, pariente de Noé, y hermano, entre otros, de Caucas, un pastor escita que murió a manos del Titán Cronos y dio nombre a toda una región. Los romanos, que tenían la lengua fina y no querían enredarse con esos chasquidos bárbaros de los pueblos que ensuciaban su imperio, decidieron llamarlos con un modo más sencillo: Iberia, el mismo nombre que usaron los griegos. Y en el año 65 el emperador Nerón ordenó incluirlos como parte del Imperio, a pesar de la belicosa defensa con la que los iberos se empeñaron en mantener viva su independencia. Las huestes de Roma dejaron una huella tan profunda que aquella antigua Iberia siguió por muchos siglos la estela que le señalaron los romanos y se identificaron más con ellos que con los bárbaros que les asediaban desde las orillas del gran mar tenebroso.
Tanto que uno de sus reyes más legendarios, el rey Iberio Mihdrat I, dejó inscrita en una piedra una leyenda que hoy nos parece más una rendición que otra cosa: ‘Amigo de los césares’ y ‘rey ibérico apegado a los romanos’.
La Iberia a la que me refiero está en el Cáucaso, vivió pegada al reino de la Cólquida, el país del vellocino de oro que Jasón y los Argonautas buscaron con tanta pasión, y tiene tan pocas noticias de la otra Iberia como los otros ibéricos de ellos. La confusión de los términos, los ibéricos del fin de occidente y los ibéricos del fin del oriente, ha dado lugar a todo tipo de teorías: las hay descabelladas, las hay fantasiosas, alguna que plantea interrogantes serios y otras que desvarían en indescriptibles rodeos mágicos.
El entuerto es antiguo: en la época griega, Estrabón cree que el parecido de los nombres viene de las minas de oro, ya que existen en ambos extremos del mundo conocido, pero no ve más lazos ni étnicos ni culturales que estos. Si acaso que el reino de la legendaria Cólquida, con su ansiado jardín de las Hespérides, sus columnas de Hércules y su oro a espuertas, pudiera ser el de las costas del Mar Negro pero también el que descubrieron en otro impulso viajero en las costas del sur de España, otro jardín de las Hespérides, otras columnas de Hércules, otras minas de oro, pero estas más castizas: podría ser la desembocadura del río Tinto, en la actual provincia de Huelva (Adolfo Domínguez Monedero, Universidad Autónoma de Madrid). En este mundo de paralelos, las columnas de Hércules pueden ser los peñones del estrecho de Gibraltar pero también las poderosas montañas del Cáucaso, donde Prometeo sufrió el eterno castigo de que un buitre le devorara el hígado durante el día para que se le regenerara cada noche hasta que Hércules, el de las columnas, pasó por allí y acertase a liberarlo.

 

Más tarde, en el siglo XI, el escritor y monje georgiano conocido como Jorge del Monte Athos, o Georgi Mthatzmindeli aseguraba que los nobles georgianos de su época tenían especial interés en visitar la península ibérica del extremo occidental para conocer a sus hermanos de nombre (de Iberia en Iberia) y hasta nos llamó, a los ibéricos de España, ‘los georgianos del oeste’. La mutua extrañeza dura hasta hoy y son muchos los que han usado este galimatías ibérico para levantar sus propias teorías sobre el parentesco de ambos pueblos. Hay quien recuerda que en la península ibérica occidental, la nuestra, se establecieron pueblos procedentes del Cáucaso y ven en la misma denominación una prueba irrefutable sobre la hermandad trans ibérica que une los dos extremos de Europa. Para los georgianos es una demostración evidente de que ellos también son europeos, y los carteles alusivos adornan paredes, ensalzan el espíritu continental como opuesto al barbarismo que se le supone al asiático, el desconocido y cruel que invade con hordas devoradoras como los persas, los mongoles o los turcos (olvidando que los europeos tienen una historia también paralela en lo referente a invasiones y crueldades). En España, por su parte, la cuestión sirve como bandera para demostrar otras incógnitas raciales y lingüísticas, como la del pueblo vasco.
Ibérica del Cáucaso ataviada con boina, lo más parecido a un vasco que encontré en Georgia
En Batumi, el Benidorm georgiano del Mar Negro, Pete, el amable vecino que me da cobijo en una habitación, me lo recuerda con orgullo: el georgiano es muy parecido al euskera, asegura, y cada año se producen intercambios entre universidades de la iberia caucásica y la iberia mediterránea. Así, por ejemplo, la universidad estatal de Ilia, en Tbilisi, editó en 2011 una traducción al georgiano de la Historia de la Literatura Vasca. Por su parte, el académico Xabier Kintana tradujo al euskera ‘El caballero de la piel de tigre’, un poema medieval considerado en Georgia obra nacional y la llamó Zaldun tigrelarruduna. Por si fuera poco, en 2006 el entonces lehendakari del País Vasco, Juan José Ibarretxe, fue elevado a doctor honoris causa en la universidad Ivane Javakishvili, de Tbilisi, con el objetivo de fortalecer los lazos de unión entre georgianos y vascos. No me extraña, pues, el entusiasmo con el que mi casero en Batumi me sonríe mientras escruta mi rostro: tal vez vea a un primo lejano de la otra Iberia. Pero la teoría que emparenta ambas lenguas no tiene consenso entre los académicos porque las similitudes, que las hay, no son lo suficientemente sólidas como para asegurarlo sin cortapisas. Los que consideran al euskera la lengua íbera por excelencia dejan paso abierto para convertirlas en primas de las del más allá pero si volvemos a las teorías que aseguran que el término Íbero no denomina a un pueblo en concreto sino a una localización geográfica tumba el chiringuito histórico.
Así son los ibéricos del Cáucaso, si encuentra alguna similitud con los ibéricos occidentales, disfrútela
Unamuno defendió la tesis del ‘vascoiberismo’ y el padre de la lingüística moderna, Von Humboldt, consideró que el euskera era un íbero avanzado. A finales del siglo XX toma forma la idea de emparentar ambas lenguas, con lo que se emparentarían casi que automáticamente ambos pueblos y se demostraría, de una vez, que los vascos tienen más en común con los caucásicos que con los que ahora, ironías del destino, llevan el nombre de ibéricos con orgullo y con jamón. Sin embargo, como decía, similitudes hay, ciertas palabras son idénticas o muy parecidas, tienen el mismo sistema de declinación, son lenguas ergativas y será por eso que hasta Bilbao está hermanada con Tbilisi…
pescando frente a las montañas del Cáucaso…
A decir verdad, el georgiano no sólo me pareció tan inextricable como el vasco sino que tampoco me sonaba muy parecido al euskera, aunque mi oído no es el mejor para entender idiomas. Claro que lo realmente curioso es que el término Iberia exista en dos lugares distintos y alejados y sirva para que los georgianos reinvindiquen su europeidad mientras los vascos, precisamente, apelen a una prueba más que indica su alteridad respecto a los que los rodean.