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CHAOUEN

Mohammed no deja de sorprenderme: ‘queremos la independencia de Marruecos para unirnos a España’. Tenía conocimiento del movimiento independentista de los rifeños, al norte de Marruecos, de la represión con la que el ya fallecido Hassan II impidió cualquier movimiento rebelde, sabía también que los rifeños son bereberes, o más bien tamazigh, y no árabes y también conocía que el citado Hassan apenas pisó el norte de su país porque no se fiaba de esos súbditos tan levantiscos. Pero lo que me confiesa Mohammed suena tan surrealista como lejano: ‘queremos la independencia de Marruecos para unirnos a España’. Era otra España, la verdad, la España de antes de la crisis, y Mohammed, que alquilaba unas casitas muy cucas en Asillah, al borde del mar, sentía escalofríos cuando escuchaba mencionar al rey alauita. ‘Viviremos del turismo, de la agricultura y, sobre todo, del hachís’, decía alegremente y pensé entonces que tal vez pudieran formar una república independiente, algo así como la República Rifeña del Polen. Pensé también que muchos de mis conocidos acudirían en tropel al consulado de tan singular país para pedir la nacionalidad mientras quemaban sus pasaportes españoles en una no menos singular hoguera. República Rifeña del Polen del Rif, con capital en Chawen, o en Ketama, en Alhucemas, o tal vez en Asillah, o, siendo ya algo más serios, en Tánger. Sin embargo, con esa bandera, la del polen, me temo que no llegarían muy lejos en su búsqueda de una independencia, ni siquiera de una autonomía.

Indagando en la historia resulta que la cosa viene de lejos y que ya se jaleaba a Franco en los cincuenta y se agitaban banderas rojigualdas con el águila en su centro como provocación a los marroquíes de Rabat. Y, efectivamente, la región había sido un país independiente, un estado efímero y fugaz, como de juguete, desde 1921 hasta 1926, cuando el jefe bereber Abdelkrim instauró una república que se mantuvo mal que bien en permanente lucha contra los españoles y los franceses, dueños del protectorado en el que habían convertido, y dividido, el hoy reino alauita de Marruecos. Abdelkrim fue el responsable del conocido como ‘Desastre de Anual’ y de que la presencia española en el norte de Marruecos quedara reducida a Melilla, Ceuta, Larache y Tetuán. La República del Rif duró sólo cinco años, hasta que el general Miguel Primo de Rivera desembarcó en Alhucemas y la disolvió enérgicamente y con especial saña por el recuerdo de los veinte mil españoles que murieron en Anual a manos de las guerrillas del líder rifeño, un líder que, curiosamente, había sido funcionario español. Abdelkrim huyó de la venganza hispana y se echó en manos de los franceses para terminar recluido en la isla Reunión y, años después, exiliado en Egipto, donde rechazó la propuesta del rey Mohammed V para regresar a su país y encabezar la renovación. O volvía para un Rif independiente o no volvía, dijo a sus allegados, y no volvió: en 1963 murió en El Cairo Abd-El-Krim Mohammed Ibn Abd Al-Karim Al-Khattabi, Mulay Mohend para sus compatriotas y Abdelkrim para la historia. Un héroe para los rifeños, un ejemplo guerrillero para los revolucionarios de medio mundo y un extremista radical según la visión que hoy tenemos del Islam.

Abd_el-Krim

Abd-el-Krim

Abdelkrim implantó la sharía, o la ley islámica, que castigaba con quince días más de servicio en el frente a los hombres que no rezaran las obligatorias cinco veces, impuso la pena de muerte por sodomía y prohibió, oh, sorpresa, fumar kif a su gente. La leyenda de Abdelkrim viene de su genio militar, que admiró a tanta gente que el propio Che Guevara se acercó a verlo a su exilio de El Cairo para hacerse esta foto con él (es la única que queda porque el Majzen se encargó de hacerlas desaparecer), más que de su genio organizativo: el efímero país tuvo una gran repercusión porque había conseguido derrotar por primera vez en África a una potencia europea y se la comparó incluso a la Turquía de Atatürk. Pero no dejaba de ser un intento de República Islámica, más cercana a la idealizada por el FIS o el GIA en Argelia que a la propia aspiración alauita de Rabat.

 

La república del Rif, o Tagduda n Arif, en tamazigh, estuvo encabezada por un emir, el propio Abdelkrim, tenía un consejo de notables y una constitución con 40 artículos, un vicepresidente (que casualmente era el hermano de Abdelkrim) que creó el Bando del Estado del Rif, a cuyo frente colocó a un economista inglés, anuló las tradicionales deudas de sangre, apostó fuerte por la educación islámica y se decidió incluso construir las primeras cárceles que tuvo el norte de Marruecos.

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La República Rifeña del Polen, pues, no hubiera sido posible con el guerrero Abdelkrim y parece que se encuentra más en la imaginación de Mohammed, o su pipa de kif, que en una reivindicación política. La última demostración de los independentistas rifeños pudimos verla en las revueltas de la primavera árabe, a mediados de 2012, cuando las poblaciones del norte del Rif se enfrentaron a la policía marroquí y hasta se atrevieron a sacar algunas banderas independentistas del Rif, sobre todo en los alrededores de Alhucemas (ver aquí). Las revueltas desde el fin de aquella efímera república de Abdelkrim han sido recurrentes y cíclicas, con algunos episodios durante la guerra civil de España y, sobre todo, en los años 1956 y 1958, cuando la temperatura subió de nivel hasta terminar en un sangriento encontronazo con el ejército del recién independizado Marruecos.

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La bandera de la breve república sigue guardada en muchos armarios del Rif

Los rifeños creyeron tener su oportunidad para recuperar su breve estado pero las potencias coloniales, Francia y España, apostaron por reagrupar todos los territorios en manos de Mohammed V. Ahí aparecen los antecedentes de mi amigo Mohammed porque en 1958 aparecieron carteles por todo Tetuán dando vivas a Franco (y otros a Nasser), algunos incluso sacaron banderas españolas (con el águila y todo), los discursos nacionalistas se multiplicaban por toda la región gracias a la radio y en un arrebato popular una turbamulta mata a los soldados marroquíes que estaban acuartelados en Imzouren, cerca de Alhucemas. La venganza marroquí fue terrible: treinta mil hombres desembarcaron en Alhucemas y Tánger, la aviación alauita bombardeó las montañas con fósforo y napalm, y la revuelta terminó aplastada y el Majzen señoreando unas montañas que odiaba sin disimulo.

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Mercado en el Rif

Desde entonces, y primero por Mohammed V y más tarde por Hassan II, la región cayó en el olvido, el abandono y de no ser por los enormes cultivos de marihuana, el Rif sería el equivalente mediterráneo del desastre somalí o de Biafra porque las todopoderosas y muy rencorosas fuerzas del Majzen, y sobre todo la mala baba de Hassan II, las habían condenado a muerte. Al llegar Hassan al poder  ordenó que cayera la ignorancia y el olvido sobre esas montañas tan levantiscas, hizo desaparecer todo lo relativo a los tamazigh, ordenó la desaparición continua de personajes públicos sospechosos de simpatizar con el independentismo, y las montañas se jalonaron con tumbas de ejecuciones extrajudiciales y asesinatos políticos. Son los años de plomo: . Con Mohammed VI la situación parece haber cambiado aunque los rifeños no terminan de fiarse del hijo del que los condenó al ostracismo, sobre todo porque no hace demasiado tiempo declaró fuera de la ley al principal partido político bereber, el Partido Democrático Amazigue Marroquí, el PDAM. Mohammed, pero el rifeño, no el monarca, sigue soñando con su república del Polen, con unirse a España y tal vez su tío conserve una bandera española con el águila en el centro y una foto de Franco. Pero me temo que la República Rifeña del Polen no existió jamás más allá de su imaginación: Abdelkrim también lo hubiera ejecutado: del bolsillo derecho de su raída chaqueta asoma una pipa de kif…

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Haciendo polen en las montañas del Rif