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El 1 de enero de 1804, los ejércitos desastrados y victoriosos, a partes iguales, del Haití cimarrón habían vencido a sus amos franceses, a los invasores británicos y hasta a sus propios miedos de esclavos. Y envalentonados como estaban tras tanta victoria y destrucción, decidieron que el mundo viviría un rebobinado total y que donde reinaban los blancos gobernarían ahora los negros. En apenas un mes, Toussaints Louverture, el líder de los esclavos haitianos levantados en armas contra sus amos franceses, salta la frontera y expulsa a las fuerzas españolas que mantenían la colonia de Santo Domingo. Los rebeldes, confinados en el extremo occidental de La Española, han roto sus cadenas, han parido un puñado de líderes que siembran de muerte los campos haitianos y se empeñan en extender su revolución a toda la isla.
Derrotados los galos, sus crueles patronos, los africanos son ahora libres y tienen sed de venganza y entonces, aterrorizados sus vecinos, invaden la colonia española soñando una isla sin esclavitud y mandada por negros. En Santo Domingo, Juan José Duarte, un comerciante procedente de Vejer de la Frontera, en la costa de Cádiz, decide entonces que ese no es el escenario más adecuado para educar a sus hijos y huye rumbo a Mayagüez, en Puerto Rico. Tres años después, cuando la invasión haitiana se ha revelado como un fracaso, Juan José regresa para dedicarse a aprovisionar los barcos que frecuentan el puerto dominicano. Y debió de hacer fortuna con las naves y con el único taller de ferretería que la ciudad tenía en ese momento porque sus hijos tuvieron una cuidada educación que fue más allá de los colegios: don Juan José les inculcaba ideas de independencia, amor por la libertad. Y les educaba dando ejemplos.
Busto de Juan Pablo Duarte en la Alameda Apodaca de Cádiz
Primer ejemplo: en 1822, un ejército de haitianos entra nuevamente en Santo Domingo y obliga a los vecinos a firmar un documento de adhesión al proyecto del Estado Independiente del Haití Español. Juan José es el único comerciante que se niega. Segundo ejemplo: un año más tarde, en esa época convulsa de invasiones casi anuales, el de Vejer vuelve a negarse a rendir pleitesía a Charles Herard, el jefe militar y presidente de Haití. Tercer ejemplo: veinte años más tarde, en una nueva visita de Herard, ciertos oficiales haitianos intentaron obligarlo a colocar en su balcón una bandera de la Gran Colombia, a la que en teoría pertenecía ahora Santo Domingo, pero el enérgico Juan José volvió a negarse y levantó murmullos entre los vecinos y promesas de venganza entre los invasores.
De entre sus hijos, Juan Pablo observa a su padre, sus arrebatos libertarios, su alocada independencia y su rechazo a imposiciones. Entre sus clases de piano, guitarra y flauta, su iniciático viaje a Europa y sus devaneos conspiradores en forma de sociedades secretas, como La Trinitaria, primero, y La Filantrópica después, Juan Pablo reproduce de modo inteligente y efectivo el espíritu de su padre, el emigrante gaditano. Un año después de morir de tuberculosis don Juan José, en 1843, su hijo Juan Pablo Duarte lograba la independencia de la República Dominicana y su nombre reverenciado hasta hoy como Padre de la Patria. Un Padre de la Patria caribeño con sangre de Vejer de la Frontera.

Bibliografía

Juan José Duarte, Vejer de la Frontera, Cádiz, 15 septiembre 1768, Santo Domingo, 25 noviembre 1843
Duarte y la independencia, F. Franco/ R. Casa, Ediciones Intec, Santo Domingo, 1976