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La paradoja de Pedro Blanco fue el Negro: gracias a él se hizo millonario y gracias a él su nombre retumba por las esquinas de la infamia. Pedro Blanco Fernández de Trava nació en Málaga, sobre el año 1795, y Hugh Thomas destaca que ‘en miseria’. Según Lino Novás, en su libro ‘El Negrero’, Blanco fue hijo de una alta dama y un bajo marinero, un hijo del pecado en una época en la que no se toleraban estos deslices. Creció pobre hasta que uno de sus tíos se apiadó del miserable sobrino y le dio una educación de postín. Pero entre los demás alumnos no pasaba de ser un bastardo y le hicieron la vida imposible.
Le pegaban los compañeros, le menospreciaban los profesores y sólo encontró refugio en la lectura de libros de aventuras. Luego pasó al mundo tabernario para escuchar las exageraciones de los marineros. Finalmente dejó embarazada a su propia hermana y tuvo que huir de Málaga perseguido por una lluvia de piedras. No tardó mucho en enrolarse en un buque mercante y enfilar proa a Cuba. Lo imagino joven y enfadado, aburrido de vivir entre la pobreza y la marginación, sin importar ya si era rechazado por bastardo o aceptado por eso mismo. Y tan cabreado estaba que podía aceptar cualquier trabajo. ¿Marinero? Pues marinero, partamos a donde haga falta. Su personalidad, dura y obsesiva, le convierte pronto en capitán de bergantín. Así que tonto no era. Pero lo que no tenía de tonto le faltaba en escrúpulos.

 Al poco de llegar a Cuba ya trabaja para un comerciante de esclavos, un tal Joaquín Gómez, que perdió la visión cuando un abolicionista le estampó en el rostro un frasco con ácido sulfúrico. Blanco, avispado y trepa como él solo, se convirtió en su mano derecha y se ganó fama de duro. Cambió el concepto del traslado de mercancía. Eufemismo por el de transporte de negros. Compró nuevos modelos de buques con la idea de superar los antiguos bergantines en rapidez y capacidad. Y para eso adquirió los clipper, unos veloces veleros último modelo de la época. Además, para que quedara constancia de su cinismo, los encargó a los astilleros de Filadelfia y Baltimore, en los Estados Unidos, el epicentro del movimiento anti esclavista. Pedro multiplica la productividad y se convierte en uno de los empresarios más ricos del mundo. Por cada esclavo cobra en destino 350 dólares. Y paga en origen 20. En La Habana está bien considerado por la frecuencia de sus viajes. En África le esperan con ansiedad los reyezuelos del golfo de Guinea. Al principio él mismo realiza los cansados viajes, cargados los bergantines de ron y armas, pero pronto se dedica a cultivar los altos ambientes. En la Habana lo encontramos consagrado en cuerpo y alma a su hija Rosa, una mulata producto, dicen, de su relación con una princesa africana. La alta sociedad habanera no acaba de aceptar a una medio negra en su ambiente y Blanco ve reproducida parte de su infancia. Según Lisando Otero, en su libro ‘El árbol de la vida’, el malagueño adquirió un palco en exclusiva en el teatro Tacón pero se encontraba con la indiferencia generalizada. Organizaba carísimos convites pero no acudía nadie. Curiosamente el problema de Blanco era el negro.

 

Pero Pedro no ha alcanzado aún su máxima vileza. La West African Squadron es un hipócrita pero efectivo instrumento para luchar contra la trata de esclavos. Hipócrita porque los negocios de Blanco generan una fortuna que se blanquea en los bancos anglosajones, donde nadie ignora la procedencia del dinero. Efectivo porque peina las costas de África liberando prisioneros. A veces los esclavistas presentan batalla, pero el poderío naval de los británicos es incontestable. Por eso, Pedro piensa en una solución. Los enclaves que utilizan para el intercambio de mercancías son demasiado conocidos, dibujados en los mapas, el ajetreo resuena en todo el golfo de Guinea. Así que inventa una ciudad para almacenar la carga mientras se acumula. Se llamará Lomboko, la erigirá en el estuario del río Gallinas, en Sierra Leona, y sustituirá a las antiguas fortalezas portuguesas y francesas. Lomboko no consta en las cartas marinas, nadie conoce su ubicación y su nombre resuena como una leyenda. Pero existir, existe. El mismo Pedro se ha hecho construir una mansión con harem en una isla, otra para su hermana en otro islote, es de pensar que sin harem, o sí, quién sabe. Lomboko evita a los negreros las largas esperas, fondeados en sitios insalubres y peligrosos. Llegan, cargan la mercancía de noche y salen al alba para no ser detectados por los británicos. El negocio llega a ser tan productivo que el golfo de Guinea nota pronto las consecuencias: es más rentable cazar esclavos que cultivar la tierra y las hambrunas se repiten mientras los cultivos languidecen abandonados.
Mientras tanto, los esclavos siguen poblando Cuba de santeros, llevando el vudú a Haití, la samba a Brasil y la cumbia a Colombia. Uno de sus buques vivió un motín y los africanos se hicieron con el control de la situación hasta lograr la libertad en los Estados Unidos. Se llamaba Amistad y su historia nos ha dejado además una película de Spielberg y una sensación de afrenta entre los españoles. Sobre todo porque Pedro Blanco había levantado un emporio internacional, con ramificaciones en Londres, Nueva York y Baltimore. De hecho, el mismo barco de la película, Amistad, se construyó en un astillero norteamericano y se bautizó como Friendship. Gracias a su olfato había levantado una organización que se extendía desde Lomboko a La Habana, de Nueva York a Londres, pasando por Cádiz. En la Tacita de Plata otro Pedro, pero este Martínez, le daba apariencia legal al negocio, contactaba con los clientes y jugaba con los beneficios invirtiendo en bolsa. Y así, claro, Pedro Blanco se hizo mucho más rico. Pedro Martínez, un gaditano sin escrúpulos, se enriqueció con su patrón y luego le compró la gallina de los huevos de oro, Lomboko, aunque tuvo mala suerte porque al poco tiempo la descubrieron los británicos y saltó por los aires. Corría el año 1840 y Pedro Blanco tenía de conciencia lo que le quedaba de malagueño. Se marchó a vivir a Barcelona, donde comenzó su particular cuesta abajo, convencido de que alguien habría de atacarlo también a él con ácido sulfúrico, susceptible y desconfiado, temeroso de mostrarse en público. Paranoico como estaba, cambió entonces su domicilio a Génova, donde murió rico y medio loco en 1854.

Bibliografía

Lisando Otero, ‘El árbol de la vida’, siglo veintiuno editores, México, 1990
Lino Novás, ‘El Negrero’, Espasa Calpe Madrid, 1993
Hugh Thomas The slave trade: the story of the Atlantic slave trade, 1440-1870, editorial Planeta, Barcelona, 1998