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El padre José me muestra muy ufano su bella iglesia en el casco histórico de Diyarbakir, un templo que lleva el nombre de Meryem Ana Kilisesi, o iglesia de la Virgen María. Un santuario tan antiguo que el padre José me señala un rincón del techo, de donde asoma algo así como un capitel que me parece corintio. ‘Es un templo anterior sobre el que está construida la iglesia’, me confiesa mientras saca una voluminosa biblia escrita en un galimatías que me muestra con un extraño gesto de complicidad: ‘es arameo‘, dice enarcando las cejas, ‘la lengua de Cristo’.
Porque el padre José pertenece al credo ortodoxo sirio, también conocido como siríaco o jacobita, y es el sacerdote que asiste a las familias cristianas de esta ciudad conocida por ser la capital de los kurdos. Trabajo, lo que se dice trabajo, no parece que tenga mucho: sólo cinco familias siguen el rito siríaco en Diyarbakir y el padre José, con su cara de Ahmadineyad, pasa largas horas en el patio del conjunto religioso comiendo uvas y discutiendo con los feligreses sobre lo divino y lo humano. A su iglesia vienen cristianos armenios, que no son más que otras cinco familias, o algún caldeo que vive en el intramuros de una ciudad que respira islam.
La iglesia siríaca de la Virgen María en Diyarbakir
La iglesia de la Virgen María es un bello ejemplo de arquitectura cristiana en Oriente Medio, y además me recuerda a otros templos cristianos de la región, en el Líbano, por ejemplo, en Tiro y en Sidon, disimulados en las calles de tal modo que apenas puedes intuir que tras esa pequeña puertecilla exista un gran espacio sagrado y dedicado a lo que sus vecinos consideran un profeta menor. El padre José me enseña el libro en arameo pero no quiere que le saque fotos a la capilla, misterios de la vida, y además de uvas recién lavadas y agua fresca, me pide limosna y me despide con una recomendación: visite la Gran Mezquita, la Ulu Camii, que está en pleno centro, es muy bonita y además, añade con cierta cara de pena, era nuestra iglesia de Santo Tomás hasta que nos la quitaron hace varios siglos… Al salir por los gruesos muros de la iglesia, que parece más un castillo medieval, se acabó la paz: los niños gritan, las calles estrechísimas ofrecen una imagen pintoresca y al tiempo agobiante del mundo islámico y, por si fuera poco, de pronto un muecín alza al cielo su clásica llamada al rezo: Allah U Akbar. Pareciera que dentro de los muros de la iglesia siríaca se haya detenido el tiempo y el espacio. El padre José me despide, parece que sufra porque su antigua iglesia de Santo Tomás sea ahora el quinto lugar sagrado del Islam, pero olvida que su iglesia, la de la Virgen María, era antes un templo con toda la pinta de haber sido helénico.
Los siríacos de hoy día no superan los dos millones de seguidores, son una minoría muy minoritaria en el mundo cristiano, y mucho más en Oriente Medio, y tienen su sede central en la castigada Damasco. Los siríacos tienen obispos, como los católicos, pero no hay autoridad jerárquica superior sobre ellos, y además consideran que Jesucristo no era persona sino solamente, y nada menos, que Dios en sí mismo, de modo que rechazan esa dualidad divina humana que les dan otras orientaciones cristianas. Anatema, por supuesto, para sus primos de confesión, herejía para nuestros abuelos, gente rara al fin y al cabo. Pero algo deben de saber estos cristianos que en la península de la Anatolia resisten contra viento y marea hablando la lengua de Cristo desde su formación, nada menos que en el siglo I.
Dicen que huyeron de Palestina tras la lapidación de San Esteban y que fueron los primeros en ser llamados cristianos, en la ciudad de Antioquía, que no está lejos de la Anatolia donde me encuentro, una ciudad que tiene también la fama de albergar a la primera comunidad cristiana fuera de Palestina y que tuvo en Simón Pedro a su fundador. Ya saben, aquel de ‘sobre ti edificaré mi iglesia…’. Los jacobitas han sufrido tantas persecuciones que me extraña que aún queden esos dos millones. Los bizantinos no veían nada bien eso de que Nuestro Señor Jesucristo fuera sólo Dios y pronto los pusieron contra las cuerdas, aunque los siríacos, o jacobinos (en honor a su legendario obispo Jacobo Baradai, quien provocó el cisma con la iglesia griega ortodoxa) se expandieron a una velocidad tan de vértigo que en la Edad Media tenían ciento tres diócesis, desde Siria hasta Afganistán, habían penetrado en la provincia china de Xingjiang o en el lejano Turquestán. Fueron los mongoles y el sanguinario Gran Tamerlán los que redujeron aquel imperio celestial a poco más que ruinas pero, ya en la actualidad, los ataques a manos de los últimos coletazos del imperio otomano los dejaron tan reducidos que muchos hoy en occidente no han escuchado hablar de ellos jamás. De hecho, el genocidio armenio no fue solamente armenio: los jacobinos sufrieron grandes matanzas de fieles que dejaron esta región desolada y uniformemente islámica. Aún quedan comunidades dispersas, no sólo de ortodoxos sirios sino también de caldeos, de armenios y maronitas, cristianos en tierras del Islam.
Johannes me enseña esta bonita iglesia ortodoxa siria de Midyat
Los campanarios dominan la ciudad vieja de Midyat al tiempo que crean una extraña inquietud entre los visitantes: juraría haber visto una cruz por ahí arriba, dice uno mientras se siente un tanto minotauro en el laberíntico casco histórico. Por fin: una iglesia. Abro tímidamente la puerta y un sacerdote me recibe circunspecto: no hablo más que arameo, turco y árabe, me dice el hombre, y yo le pongo cara de póker. No se preocupe, me indica, este niño habla alemán: se llama Johannes, un nombre muy cristiano pero con cierto regusto a arcaico. Johannes me enseña el templo, que no es cualquier templo porque Midyat, con su lánguida vida, es la ciudad principal de los arameos. En esta ciudad cayeron asesinados muchos de ellos, como Edward Tanriverdi, el último médico arameo de la ciudad, o el concejal Yakub Mete, víctimas de la intransigencia religiosa y, también, de la mala suerte porque hablamos de una zona de guerra abierta entre el movimiento secesionista kurdo y el gobierno turco. Por si fuera poco, el partido de Dios, Hezbollah, al que no hay que confundir con el Hezbollah libanés (que son chíitas frente al Hezbollah turco, que son sunitas), compuesto por kurdos relacionados con sus primos iraquíes, y que luchaban contra el PKK independentista kurdo al tiempo que enarbolaban la bandera antimarxista, dejaron un buen reguero de jacobitas muertos a su paso por Midyat, lo que contribuyó a acelerar el despoblamiento de cristianos de esta ciudad.

 

Idris sale de su clase de arameo para mostrarme su iglesia

 

Entre unos y otros, desde 1980 al menos 18 pueblos han perdido toda su población aramea, muchos emigrados a Alemania, y como prueba de que la emigración no fue un espejismo, nadie habla inglés pero todos los abuelos que me encuentro se me dirigen en perfecto alemán. Mi germánico es tan triste como mi etíope clásico así que nos miramos con mutua curiosidad. Al parecer, muchos emigrados están volviendo, a pesar de que los arameos, como los kurdos, no pueden recibir clases en su idioma porque, recordemos, en Turquía sólo hay un idioma, el turco, y una sola raza, la turca.
Los arameos hoy no suponen más de 15.000 individuos en Turquía, la mayoría en Estambul, y en esta región, con tanta iglesia que tienen y tanto esplendor que tuvieron, no superan los 2.000, la mayoría ancianos y emigrados que se instalan en los alrededores de Tur Abdin, que significa Montaña de los Esclavos de Dios. Lo triste es que en esta ciudad tan llena de kurdos los siríacos eran mayoría en los años sesenta pero a finales del siglo incluso el obispado tuvo que cerrar sus puertas por falta de titular. Tras siglos de matanzas y persecuciones, la guerra entre el estado turco y los kurdos fue la puntilla para la comunidad jacobina.
Saliendo de misa…
Hoy quedan los restos de aquella confesión que llegó hasta la China, monasterios con cuatro monjes, iglesias con dos abuelos, párrocos que ofician ritos para cinco familias, cascos históricos de los que sobresalen campanarios con fantasmagóricas cruces a las que parece imposible llegar en las laberínticas medinas islámicas, antes pueblos de armenios, arameos y caldeos. De hecho, al norte de Damasco está Maalula, una ciudad aramea con una sola mezquita contra catorce iglesias. Los cristianos de Oriente Medio luchan por sobrevivir en la región que fue su cuna mientras que, como decía, en occidente los cristianos tienen la sensación de que no hay más rito que el suyo y olvidan a estas comunidades que se esfuerzan en mantener algo más que una fe. Los abuelos de Midyat se levantan amables para despedirme: Auf Wiedersehen. Simpáticos, los últimos representantes de la iglesia que fundó Simón Pedro, el Príncipe de los Apóstoles y la piedra sobre la que Cristo edificó su iglesia. O una de ellas…