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frontera Gibraltar por Hachero

Cada día cruzan la frontera de Gibraltar entre treinta y treinta y cinco mil personas. Entre ellas están los miles de trabajadores españoles que han encontrado trabajo en las empresas del Peñón, y que son hasta diez mil, entre contratados y los que no lo son tanto, pero también cruzan los matuteros, que son los contrabandistas de tabaco a pequeña escala, y los turistas, que vienen por miles, por no hablar de los propios gibraltareños, que salen asfixiados por una colonia en la que no puedes meter la quinta velocidad y prefieren vivir en las lujosas urbanizaciones del exterior. El tránsito en sí es algo hipnótico, con sus idas y venidas, con los enormes atascos que se producen de cuando en cuando, y según vayan las relaciones bilaterales entre España y Gran Bretaña, o según le vayan las cosas al gobierno de Madrid consigo mismo. O al del Peñón consigo mismo también, o también al Peñón con el de Gran Bretaña, que es el suyo pero sin llegar a serlo.

 frontera Gibraltar por Hachero

‘¿Cuánto vale el autobús para subir a ver los monos?’, pregunta una señora en un kiosko en la entrada de la frontera con Gibraltar mientras un grupo de vecinos de La Línea ondea una bandera de España. Un turista saluda desde el interior de un autobús mientras muestra desafiante, y muerto de la risa, un pasaporte británico. El trasiego de paseantes es constante y el tráfico de vehículo no se detiene jamás. Un espectáculo en sí mismo que tiene algo de mareante.

 

frontera Gibraltar por Hachero

Un agente de la guardia civil detiene un vehículo y se dispone a pedirle la documentación: tiembla el resto de la cola, los coches se detienen varios kilómetros atrás, un señor en bicicleta salva la acera de un salto. Los datos van más allá: cada año son trece los millones de personas que cruzan este paso fronterizo que traslada de la desgana linense a un versión calurosa de Londres con un pedrusco en su interior.

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Los trece millones de personas, eso sí, tienen truco y si consiguiéramos los nombres de todos ellos habría varios cientos que habrán pasado miles de veces: los matuteros, una colorida mezcla de buscavidas que se pasan el día entrando y saliendo del Peñón con tabaco en sus bolsillos. Frente a la entrada, el monumento al trabajador inmigrante, un bronce con un señor vestido un tanto a la antigua con un bicicleta, choca con su fondo: un Mac Auto que parece querer absorberlo. Desde el interior de un vehículo una gruesa señora grita que va a buscar tabaco y desde otro coche le responde un joven que él también. Una pandilla de chavales cruza la frontera a toda velocidad, saltan sobre la acera y se interna en las calles de la ciudad. Un hombre anuncio vestido con una aparatosa versión de un oso de peluche gigante suda bajo el mismo sol del Estrecho que castiga a los pacientes conductores que hacen la cola. Un vehículo no puede más y salta la mediana con una acrobática pirueta. Bajo la techumbre de uralita de la parada de taxis, una familia británica examina las bolsas repletas de chocolates que ha comprado en el interior del Peñón. Una señora que dice ser estanquera se queja ante una cámara de la ruina de su sector.

frontera Gibraltar por Hachero

Un redactor de un canal de televisión escoge como fondo la montaña de la discordia e improvisa unas palabras ante la cámara. El calor aprieta, los agentes continúan con su labor aleatoria. Cuando la acumulación de vehículos comience a descongestionarse, los agentes se darán media vuelta y afrontarán con cierto hastío la misma labor: es la hora de salir y los mismos vehículos que guardaron fila en la entrada aparecen ahora en la salida, muchos de ellos cargados de tabaco, de botellas de licor, de aparatos electrónicos, de productos comprados con una tasa de impuestos muy inferior a la de España. Una cámara instalada en la parte británica de la frontera informa en directo a los gibraltareños de la envergadura de la fila y de cómo de exhaustivos son los controles. La señora que ha desplegado sus carteles reivindicativos quejándose del paro en la bahía de Algeciras se cruzará entonces con los colectivos de trabajadores españoles en Gibraltar, que cuelgan carteles contra los controles exhaustivos. Unos policías de sindicato protestan también porque los gibraltareños les fotografían y suben sus caras a la red. Un falangista pasea una bandera con haces. Un turista se hace una foto.

Cae la noche: el circo se apaga, la función termina, las fieras descansan. Mañana, más.

frontera de Gibraltar por Hachero