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Tienen muchos en occidente la creencia de que las mujeres musulmanas están sometidas al hombre en todo su ser, que son sumisas y obedientes, y que los hombres, todos barbudos con cimitarra al cinto y ganas de volar un centro comercial, las maltratan de obra y palabra, por acción y omisión. Sin embargo, en las muchas veces que he compartido espacio con parejas musulmanas he tenido la extraña impresión de que la cosa era al revés y que es el hombre el que está achantado por la desbordante personalidad de la musulmana media. Problemente me equivoque del mismo modo que se equivoca occidente porque la mujer en el Islam ni está tan sometida al hombre, a pesar de tradiciones arcaicas, ni el hombre es tan ogro con ellas como término absoluto. Y todo esto sin perder de vista la amenaza permanente que el integrismo religioso supone para el desarrollo personal y social de las mujeres ni ciertos códigos legales, como el saudí, que les impiden un derecho tan básico como el de conducir un vehículo (por ejemplo). Restricciones que, con matices, también se han impuesto aquí en épocas pretéritas precisamente por la presión de la religión (sin el extremo de conducir pero porque no había coches). Tampoco podemos olvidar las limitaciones que algunos regímenes, como el taliban afgano, imponen a las féminas, a las que no permiten estudiar o trabajar, y los crecientes movimientos wahabitas, salafistas y demás panda de tarados. Pero teniendo en cuenta que el colectivo de musulmanes en el planeta ronda los mil doscientos millones de almas debo concluir que, definitivamente, la mujer en el Islam es mucho más de lo que los cristianos nos pensamos. Y tal vez uno de los motivos por el que nos hemos creado esa imagen, amén de ciertas conductas como las expuestas anteriormente, pasa por la vestimenta. ¿Qué cristiano no se asombra de la parafernalia con la que cubren sus cabellos las más osadas o el cuerpo entero las más recelosas?

Con el ánimo de despejar alguna duda la simpática escritora canadiense Alison Wearing no tuvo otra ocurrencia que viajar con un amigo a Irán haciéndose pasar por una pareja de luna de miel. Alison, después de semanas recorriendo el país embutida en un chador, vuelve a ver un programa de televisión occidental: ‘Perplejos, horrorizados, boquiabiertos, hipnotizados. Por la mujeres que salen en la televisión, cuerpos como palillos contoneándose en ropa interior fingiendo que hacen el amor con el aire. Es un video musical. No pu-pu-pu-pu-puedo creerlo, Dios mío, no sólo es la ropa o la falta de ella o los gemidos o los giros: es la expresión de sus rostros. Había olvidado el aspecto de las mujeres cuando pasan toda la vida intentando resultar sexis: había olvidado cuánta soledad transmiten…‘ Cuando la buena de Alison sale del país, sigue vestida con el hiyab y sometida a una suerte de síndrome de Estocolmo textil: ‘Por soprendente que parezca, sigo vestida con el hiyab. Tras semanas soñando con este momento en que estaría fuera del alcance de la ley islámica y podría despojarme de mi piel negra, no tengo ninguna gana de hacerlo (…)  Luna de miel en Irán
De todos los velos que ven en el expositor de arriba, el más sencillo es el Hiyab, que en árabe significa precisamente eso, Velo, y que no es más que un pañuelo que cubre el pelo y el cuello, una necesidad que también va incluida en la palabra, hiyab, que también significa ‘esconder’, ‘ocultar de la vista’. El hiyab excede al mundo islámico y entre las cristianas no es raro verlo asociado a ciertas modas y dicen los historiadores que antes del Islam las mujeres árabes ya los llevaban para distinguirse de las esclavas. De hecho, dicen esos mismos historiadores, fue el propio Mahoma el que impulsó el uso del hiyab para igualar a todas las mujeres, esclavas y libres, y para que los hombres supieran que no podían tratar a las mujeres como inferiores porque ellas pertenecen al más alto: a Alá. Como ellos, claro.

 

Frente al hiyab aparecen dos velos que no son más que variaciones del modelo original: Al Amira y Shaila. Al Amira es un velo de dos piezas mientras que la Shaila es un velo más largo y cómodo, que se pliega sobre los hombros y que usan muy frecuentemente las mujeres del golfo Pérsico.

 

Conforme avanza el sentimiento religioso, o la intolerancia del entorno, crece la cantidad de tela que las musulmanas usan para cubrirse, incluso en los saludables baños de agua de mar.

En Irán las mujeres acuden en masa al chador, una suerte de capa que cubre todo el cuerpo, incluso con otro velo interior que cubre el cabello. Originalmente significa ‘tienda’ y es que eso parece, un tenderete bajo el que se desarrolla una vida desconocida. Frente a ella, el Khimar, un velo en forma de capa que cubre el cabello, el cuello y los hombros, que cae hasta la cintura pero deja libre el rostro. Por ejemplo, para hablar por teléfono.

Aunque en los momentos dolientes, también les protegen de los manotazos que se dan en la cabeza como muestra de pena: aquí abajo en el entierro de un líder de Hezbollah en el Líbano las mujeres, chiítas, se golpean la cabeza como pesar, y más abajo, ya en Damasco y en la tumba de San Juan Bautista, las peregrinas repiten jugada.

 

‘El chador es un ente vivo’, dice Alison, ‘escurridizo, cuyo hábitat preferido es el suelo. Cualquier mujer que intente cubrirse con él no sólo luchará contra la verdadera naturaleza del tejido sino también contra la gravedad, que se ha conchabado con el chador desde el comienzo de los tiempos. En cuanto una se coloca el chador, se envuelve de la forma adecuada y se cubre toda, empieza su obstinado descenso, escurriéndose por la superficie lacia del pelo, esperando dar un salto limpio al llegar al cuello, donde puede conseguir un buen punto de apoyo para su caída en picado sobre los hombros…’

Para las modelos más tímidas, o más sumisas a las palabras del Profeta (Di a tus mujeres y a tus hijas y a las mujeres de los creyentes que se ciñan sus velos: esa es la mejor manera de que sean reconocidas y no sean molestadas. Dios es indulgente, misericordioso.Corán, 33, 59) están las últimas versiones del Velo: el niqab y el burka.

El niqab cubre todo el cuerpo pero deja descubiertos los ojos. Un lujo con el que soñarán las usuarias del burka, que tan sólo permite cierta visión muy limitada a través de una rejilla de tela. Claro que el niqab también puede sobreponerse a otro velo interior, normalmente un hijab, con lo que la reijlla de tela se convierte en una ténue cortina textil que tampoco permite una visión completa. El burka, por sus connotaciones y el contexto en el que se desarrolla, se ha convertido en el máximo ejemplo de la opresión sobre las mujeres. Pero su historia es otra: se introdujo en el harem del rey afgano Habibulah a principios del siglo XX, como modo de evitar que cualquier macho man se atreviera a contemplar la belleza de sus concubinas: los burkas estaban finamente bordados, llevaban piedras y oro y otorgaban una clase tal a su moradora que se convirtió en un símbolo de distinción: una historia un tanto idílica que se quebró con la caída del régimen soviético y la entrada de los radicales integristas, que lo impusieron para evitar la tentación de esas curvas pecaminosas que tanto los turbaban. A decir verdad el origen del burka hay que buscarlo en la Antigüedad más arcaica, que ya lo usaban en los tiempos de Ciro, el gran conquistador, y en la no menos arcaica Asiria. Reliquia del pasado, en Afganistán es la moda por narices y el infierno para las mujeres, que llevan el añadido de unos siete kilos de media sobre sus cansadas cabezas.

Gráfico sobre los velos musulmanes

 

Claro que, por mucho que se oculten, la belleza va por dentro, y en el mundo islámico más que en otros sitios…